FICHA TÉCNICA



Título obra Aguardiente de caña

Autoría Luisa Josefina Hernández

Dirección Fernando Torre Lapham

Elenco María Luisa Mancilla, Socorro Avelar, Ada Lea Loza, Farnesio de Bernal

Grupos y compañías Grupo Atenea

Espacios teatrales Teatro Arbeu

Notas Obra del Segundo Concurso de Teatro Festival de Primavera 1951

Referencia Armando de Maria y Campos, “Viaje alrededor de un concurso de grupos teatrales. Un acierto: Aguardiente de caña de Luisa Josefina Hernández. Un error: Los semilocos de Aurora Durán. IV”, en Novedades, 20 abril 1951.




Título obra Los semilocos

Autoría Aurora Durán

Dirección Hernán de Sandozequi

Grupos y compañías Grupo Blanca Estela Pavón

Espacios teatrales Teatro Arbeu

Notas Obra del Segundo Concurso de Teatro Festival de Primavera 1951. En el texto el autor se refiere a Los semilocos como Torbellino cuando ésta es de Magdalena Mondragón, dirigido por Antonio Longoria y del grupo Teatro Mexicano, como lo dice la crónica del 29 de marzo de 1951 del mismo crítico

Referencia Armando de Maria y Campos, “Viaje alrededor de un concurso de grupos teatrales. Un acierto: Aguardiente de caña de Luisa Josefina Hernández. Un error: Los semilocos de Aurora Durán. IV”, en Novedades, 20 abril 1951.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Viaje alrededor de un concurso de grupos teatrales. Un acierto: Aguardiente de caña de Luisa Josefina Hernández.

Un error: Los semilocos de Aurora Durán

Armando de Maria y Campos

Las primeras escenas de Aguardiente de caña –obra en tres actos de la señorita Luisa Josefina Hernández, muy joven a lo que denuncia su linda presencia, estudiante en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNA–, parecen conducir a una auténtica revelación de autor. Poco a poco los personajes adquieren perfiles humanos, el conflicto en que viven cobra realidad, el ambiente toma color y alcanza sabor, se va perfilando una trama lógica. Todo hace presumir una buena comedia. De pronto –ha concluido el primer acto; al levantarse el telón para el segundo se traslada el lugar de la acción, aparecen otros personajes–, todo cambia, la promesa se tuerce, la esperanza se desvanece; la autora exhibe otro conflicto y la acción cambia su curso. Aparecen otros personajes, y nace otra obra, porque la joven autora universitaria salva las tres unidades que dicen deben observarse en la comedia: unidad de lugar, unidad de tiempo, unidad de acción. En el tercer acto las aguas vuelven a su cauce, al lugar en que se inició la acción; salen los personajes que tan bien perfilaron en el primer acto, pero, a decir verdad la gran promesa se ha convertido en balbuceo.

¡Y todo, por no haber respetado, guardado, esas malditas reglas del arte!, dirá algún inconforme. Y así es, en efecto. Así debe comprenderlo una joven autora que si estudia para hacer teatro es porque no confía sus facultades a la intuición. La señorita Hernández debe tener noticia de un tal Clavijo, José Clavijo Fajardo, un escritor español del siglo XVIII, que ha dejado memoria, más que como escritor, como hombre, a causa de cierta aventura con una hermana de Beaumarchais, que aprovechó Goethe para su drama Clavijo, que Charles Rooner exhumó hace poco con motivo de fausto recordatorio. Este Clavijo luchó en España, en época de desorientación teatral, por implantar en la Península las normas austeras del teatro tradicional, abogando por las reglas de los maestros que nacieron después del arte, porque precisamente por haber nacido del arte las reglas, se demuestra que nacieron por necesidad, y que el arte de los buenos supo fijarlas. "¿Y quiénes son esos maestros, esos doctores, cuyos documentos y lecciones debemos seguir ciegamente?", se preguntaba Clavijo, "Aristófanes, Menandro, Plauto, Terencio y otra cuadrilla de condenados. Lindos modelos, por cierto. Unos hombres que están ardiendo en los infiernos..." Y luego: "Si al señor don Terencio y al señor don Plauto se les hubiera antojado poner cinco, seis, veinte y cuarenta unidades en cada comedia, ¿el mismo número habíamos de conservar nosotros?" Entra enseguida el recordado Clavijo a criticar humorísticamente el famoso dístico de Boileau sobre las tres unidades que, traducido al castellano dice poco más o menos:

Que en un lugar y en un día,
un solo y único hecho
tenga el teatro ocupado
y al auditorio suspenso.

Pero, si según creo, la señorita Hernández, como alumna puntual, sabe todo esto, no hay para qué seguir recordándolo, que ya llegará la hora en que nos dé una obra, en la que por propia conveniencia y disciplina, meta acción y personajes dentro de normas que facilitan la labor de un buen autor, y bueno será advertir ahora –para no tener que caer en la tentación de hablar de la pieza Torbellino, que siguió en turno de representación a Aguardiente de caña, y que es un despreocupado sainete que no resiste un análisis serio– que si los innovadores innovan por no gustarles lo antiguo, es porque no lo conocen, y cómo si saltan a la despreocupada torera unas reglas, es para ir más allá y no quedarse detrás, y cómo si olvidan unas normas es porque las supieron algún día, que mal puede olvidarse lo que nunca se supo. La señorita Hernández debe saber muchas cosas referentes a la forma y manera de hacer comedias, que no debe olvidarlas. Por conveniencia. De no haber olvidado a don Terencio o a don Plauto, ahora mismo tendría en su bolsa de mano un bello premio, que perdió al caer el telón del primer acto de Aguardiente de caña.

Al día siguiente se representó Torbellino de Aurora Durán, por el grupo Blanca Estela Pavón, que dirige el joven Hernán de Zandozequi. Lástima de esfuerzo de director y de intérpretes, todos pertenecientes a las clases obreras. Un observador imparcial, uno del público comentaba durante esta representación: –No es posible hacer comedias sin el sentido del teatro, de lo que es viable en la ficción escénica, de lo que puede durar una situación dramática y de la graduación y distribución que debe darse a los efectos; no se puede escribir de anda sin conocer siquiera sea de oído, por haber vivido y por haber hablado, el idioma en que se escribe y el valor de sus palabras; no se puede pintar sin saber mezclar los colores en la paleta, ni se pude construir una casa, aunque tenga el arquitecto fantasía para ponerle un friso más hermoso que el del Partenón, si se ignoran las leyes fundamentales que impiden a una fábrica venirse abajo con todo el aparato de su belleza mal sostenida... Conformes en todo con el hombre del público, ni crítico, ni jurado, ni miembro del comité organizador de los grupos teatrales de las Fiestas de Primavera. A propósito: ¿Por qué permitir la representación de obras que son simples ensayos de teatro? ¿Por qué malgastar la afición a representar de tantos jóvenes entusiastas? Es aun forzoso como urgente modificar la forma en que seguirán desarrollándose estos concursos de grupos teatrales. Porque no es posible hacer concursos de teatro, sin un sentido de lo que es traer a concurso obras, es decir, autores; actores que quieran serlo, directores que están en formación.

La interpretación en la comedia de la señorita Hernández por el grupo Atenea, que dirige el señor Torre Laphan, fue correcta. La señorita María Luisa Mancilla mereció un primer premio por la creación del personaje que fue confiado a su fino temperamento y claro talento, además, lució muy bella. También destacaron las señoritas Socorro Avelar y Ada Lea Loza. El joven actor Farnesio de Bernal logró un triunfo personal en el papel de Nelo, personaje muy a propósito para impresionar, que le valió un premio especial, porque en la clasificación de actores que se impuso al jurado, no había modo de encasillar su destacada actuación, reveladora de un verdadero actor en potencia.