FICHA TÉCNICA



Notas El autor reflexiona sobre la crisis que vive el teatro en ese momento.

Referencia Armando de Maria y Campos, “El público y el teatro”, en El Heraldo de México, 2 diciembre 1967, p. 2.




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Referencia Electrónica

El Heraldo de México   |   2 de diciembre de 1967

Columna Escenarios

El público y el teatro

Armando de Maria y Campos

Actualmente forcejea el teatro bajo la opresión de una angustia mortal. No se trata sólo de las dificultades económicas que le abruman: estas dificultades existen en todas partes. El teatro padece un empobrecimiento espantoso de su propia substancia. Ni la literatura, que fue su alimento exclusivo durante muchos años, ni los verdaderos elementos dramáticos que se le han agregado en estos últimos tiempos puede salvarle. La crisis es mucho más honda.

No escasean los primeros actores. La grandeza de su arte no se ha visto disminuida, pero el único elemento creador, verdaderamente creador del arte dramático, asoma muy raras veces, y nuestra época, acerca de la cual nadie puede decir si ha habido otra más dramática, sólo se refleja en aquél de un modo triste. El genio creador del hombre abandona el teatro, no se sabe si para siempre. Pero no hablamos del día de mañana; se trata de nosotros, de nuestro teatro, del momento actual.

De los actores únicamente puede venir la salvación. A los actores y sólo a ellos corresponde el teatro. Todos los dramaturgos eminentes fueron actores de nacimiento, lo mismo si ejercieron o no ejercieron la profesión.

Sería difícil, mejor dicho, imposible, hallar entre la gente de teatro síntesis más armónicas, más perfecta que Shakespeare. Fue al mismo tiempo, autor, actor y director. Bastaba su palabra para colorear paisajes o edificar ciudades majestuosas. Nadie imitó al Creador como él. Construyó un mundo fantástico y perfecto: la tierra, con todas sus flores; el mar, con sus tempestades; el cielo, el sol, la luna, las estrellas, el fuego, todo el espanto del fuego; el aire y todos sus espíritus, los elementos desencadenados y luego los hombres en su primitiva grandeza, pero auténticos, sin embargo. El poder de Shakespeare no tiene límites. Él es Hamlet y Claudio, Ofelia y Apolonio. En él vive el mundo de los Otelos y de los Yagos, de Falstaff y del príncipe Enrique, de Shylock y de Antonio, con todo su acompañamiento de locos melancólicos o pícaros. Todos son Shakespeare; todos forman parte de su inagotable yo. Invisible; como un dios, los rodea, los envuelve.