FICHA TÉCNICA



Notas Breve relato de lo que sucedía en los corrales españoles y con los cómicos de esa época

Referencia Armando de Maria y Campos, “Corrales de comedias y comediantes”, en El Heraldo de México, 26 noviembre 1967, p. 6.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Heraldo de México   |   26 de noviembre de 1967

Columna Escenarios

Corrales de comedias y comediantes

Armando de Maria y Campos

Empezó el año 1634, con un escándalo mayúscu­lo en el Corral de la Montería de Sevilla, al que Sánchez Arjona alude en sus curiosos anales.

Fue el caso que un grupo de jóvenes, en su ma­yoría estudiantes, se propuso entrar sin pagar. Co­mo es natural, los cobradores de la puerta se opusie­ron, gritaron los cómicos y golpearon de lo lindo los estudiantes.

Acudió un alguacil, hizo alarde de autoridad y, en vez de imponerla, salió herido.

Como este escándalo no era el primero y se te­mía no fuese el último, el teniente de alcalde de los Reales Alcázares de Sevilla nombró a Esteban de León para que con vara alta de justicia y séquito de golillas asistiese al Corral de la Montería y pren­diese a los que intentaran entrar sin hacer pago exi­gido.

El 8 de marzo de 1634, el rey Felipe IV, tan fa­vorecedor de los escritores dramáticos, como visita­dor de camerinos de bellas comediantas, otorgó el hábito de Calatrava al poeta Antonio González de Solís, a quien la opinión elogiaba por su traducción de Las troyanas, del cordobés Séneca.

Fernán Sánchez de Vargas, autor de comedias, bastante popular, renovó su compañía con el fin de aspirar a representar los Autos Eucarísticos en Ma­drid, y a ese fin, en el mes de marzo, contrató a Luisa Ortega con su marido Juan de Santa María, a María de Herrera con su esposo Francisco de Va­lencia, a Diego de Munilla, que se comprometía a representar, tañer, cantar y poner la música a las co­medias, sólo por el mezquino sueldo de cuatro reales de ración y cuatro por representación, contando apar­te con la caballería mayor para los viajes. Se concertó, además, con Francisco Bravo, célebre por cierta aven­tura amorosa, que le hizo dar con su cuerpo en la cárcel de Alcalá.

Pero no debió contar Fernán Sánchez con dinero bastante para sostener su compañía, y acudió a la bol­sa de su compañero Juan de Malaguilla, con el cual celebró contrato de sociedad el 14 de marzo del dicho año de 1634, con la condición de que los pri­meros papeles se habían de repartir a Manuela de Quesada y Francisca de Vargas, hija esta, si mal no recuerdo, de Fernán Sánchez.