FICHA TÉCNICA



Notas El autor cita fragmentos de Stanislavski y comenta su pertinencia en la escena mexicana

Referencia Armando de Maria y Campos, “El teatro como tribuna”, en El Heraldo de México, 23 noviembre 1967, p. 5.




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Referencia Electrónica

El Heraldo de México   |   23 de noviembre de 1967

Columna Escenarios

El teatro como tribuna

Armando de Maria y Campos

Después de la caída del régimen zarista, Stanislavski escribió esta bella página sobre la importancia del teatro en el mundo.

"¿Sabe usted por qué abandoné mis asuntos personales para dedicarme al teatro? Porque el teatro es la tribuna más poderosa que existe; mucho más poderosa, por su influencia, que los libros y los periódicos. Pero esta tribuna ha caído en manos dé la escoria de la sociedad humana que la ha prostituido. La meta que persigo es, hasta donde me alcancen las fuerzas, limpiar a mi grupo de actores de todo lo que huela a ignorancia, mediocridad y estafa al público. La meta que persigo es, hasta donde me alcancen las fuerzas, hacer evidente a la actual generación que el actor es un misionero de la belleza y la verdad. Para lograr esto, el actor debe saber levantarse por encima de la plebe, en virtud de su talento, o de su autoeducación, o de otras capacidades. Un actor debe ser, ante todo, una persona culta, debe ser capaz de ponerse a la altura de los genios de la literatura..."

Cuántos de los que se dedican en México a defraudar al público con inmundas representaciones teatrales, y andan por ahí simulando capacidad y talento para esos menesteres, deben ruborizarse con la palabra orgullosa e implacable del maestro:

"Entre mil gentes mediocres, sin aptitudes y borrachines, quienes se llaman así mismos actores, debemos eliminar a novecientos noventa y nueve y quedarnos con uno solo, que sea digno de llevar el nombre de actor. Mi compañía está compuesta por universitarios, técnicos, individuos que han terminado su educación, y en este hecho reside, como es fácil comprobarlo, la fuerza de nuestro teatro..."

La misión de toda esta pobre gente no consiste en propagar la verdad y la belleza, como creía Stanislavski, sino en facilitar la digestión del aficionado prepotente, del dispéptico con pretensiones intelectuales, de la matrona gorda y satisfecha.