FICHA TÉCNICA



Notas El autor hace un recuento de las obras y de los directores que participan en el Festival de Verano 1967 en honor a Luigi Pirandello

Referencia Armando de Maria y Campos, “El festival dedicado a Pirandello y los grupos experimentales”, en El Heraldo de México, 24 agosto 1967, p. 7.




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Referencia Electrónica

El Heraldo de México   |   24 de agosto de 1967

Columna Escenarios

El festival dedicado a Pirandello y los grupos experimentales

Armando de Maria y Campos

Los grupos experimentales que participan en el Festival de Verano 1967 en honor y memoria de Luigi Pirandello indudablemente están desorientados. O se han ido por lo más alto o han descendido a piezas de escasa importancia. La mayoría prefirió Seis personajes en busca de autor y muchos se conformaron con piezas de menor importancia como La morsa. pasando por El hombre de la flor en la boca, Vestir al desnudo y hasta Enrique IV. Está muy bien la ambición, pero hay que responsabilizarla.

Hemos visto la ambición de los jóvenes que para este festival recorren toda la gama del teatro pirandelliano. De los difíciles seis personajes que ocupan tres grupos. De La morsa, tres. De El gigante de la montaña, uno. De Enrique IV, otro. Vuelta a El Gigante de la Montaña y en seguida Así es... si así os Parece.

El cronista se cree en la obligación de registrar los nombres de los directores que con toda fe se atreven con la obra pirandelliana. Estos son:

Rafael Massan, Julio Castillo, Jesús Muñoz, Domitila Pérez, Carmen Monroy, quien dirige dos obras, Humberto Proaño, Adam Guevara, Matilde López S., Abraham Oceransky, Nicolás Pérez Ramirez, Fernando Rubio, Hugo Galarza, José Brun y Satilda González, Bennholdt Thomsen, Alberto Moreno C., Luis Vega y Roberto Aguilar, Atalo Pérez Nuñez y María Albina Miranda.

No prometemos al lector de esta columnilla asistir a todas las representaciones. Sería fatigoso para ambos. Pero a todos les deseamos la mejor suerte en su noble empeño de difundir una obra tan difícil que en su tiempo fue tan discutida y llenó al mundo de asombro.

Pirandello se desentiende de los problemas morales. La conducta de sus personajes no aspira a generalizarse en norma. No se preguntan éstos ¿qué hago?, ¿que debo hacer? Se preguntan ¿qué soy?, ¿cómo soy?. Se preguntan ¿qué sé de cuanto me rodea?, ¿que puedo saber? Así, las flechas que dispara desde el escenario apuntan, unas a un blanco ontológico, el del ser en sí mismo; otras, a un blanco gnoseológico, el del conocer. Y estas últimas –dado el escepticismo del autor– desbaratan cualquier indagación lógica.