FICHA TÉCNICA



Título obra La mandrágora

Notas de Título Álvaro Arauz

Autoría Nicolás Maquiavelo

Dirección Jorge Godoy

Elenco Eva Norvind, Luis Gimeno

Espacios teatrales Teatro Coyoacán

Referencia Armando de Maria y Campos, “La mandrágora, de Maquiavelo, en el Teatro Coyoacán”, en El Heraldo de México, 3 febrero 1967, p. 3.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Heraldo de México   |   3 de febrero de 1967

Columna Escenarios

La mandrágora, de Maquiavelo, en el Teatro Coyoacán

Armando de Maria y Campos

Imagine el lector cuántos comentarios teatrales ha merecido la comedia en cinco actos de Maquivelo Mandrágora, 1514. Sin embargo, el lector no debe ignorar tema tan audaz y divertido, respetuosamente tratado por Álvaro Arauz.

Callimaco, habiendo oído hablar en París de la belleza de Lucrecia –mujer de Messer Nicia– se traslada a Florencia en compañía de su criado Siro para convencerse de la veracidad de tal juicio. Pero Lucrecia sobrepuja a su fama, y Callimaco se enamora, al punto, perdidamente de ella.

De acuerdo con el parásito Liguro, Siro concibe un plan mediante el cual pueda Callimaco satisfacer sus deseos.

Desde largo tiempo, el matrimonio se ve defraudado en sus repetidos deseos de concebir descendencia, y Ligurio –sabiéndolo– dice a Messer Nicia ser conocedor de un doctor el cual es capaz sin duda de remediar tal falta.

El doctor no es otro que Callimaco, quien asegura a Nicia que podrá engendrar en su mujer un hijo con tal que ella tome antes de acostarse una pócima que él le confeccionará con jugo de mandrágora. Pero le advierte, a continuación, que debe tan sólo procurar no ser él el primero que con su mujer se goce después de haber ingerido el tal medicamento, pues quien así lo haga ha de morir sin remedio antes de los ocho días. Cuando Messer Nicia le dice que no ve la manera de remediar tan grave inconveniente, el falso doctor le dice ser ello fácil con tal de conseguir que sea otro y no él quien con su mujer ame en el transcurso de aquella noche.

El cronista no es hombre pudibundo, y no se asusta ni de ver al diablo. Pero hay cosas que es preferible mantenerlas en reserva. El jugo de la mandrágora surte su efecto mediante ingeniosas artimañas de quienes intervienen en la deliciosa trama. Pero hay temas que se deben tratar con voz baja, aunque pueda escucharlos cualquier persona con criterio. Nuevamente ha vuelto a representarse La Mandrágora, y el público de gustar tan picaresco tema. Lo demás queda a la imaginación del lector. El cronista actúa, esta vez, como notario. Da fe de esta representación e invita a sus lectores a verla representada por un excelente grupo de actores, que merecen que sus nombres se divulguen, pero como el espacio es corto, igual que el deleite de La mandrágora se debe ceñir a los más destacados intérpretes.

El director Jorge Godoy le dio a la acción un movimiento de pantomima o ballet que no era indispensable: distrae la acción del diálogo y vuelve acróbatas a los actores. El personaje de Callimaco lo desempeña un actor en un tiempo famoso y lo hace con discreción. La bella Eva Norvind luce su primaveral escultura y actúa con la ponderación de quien da sus primeros pasos en la escena. Destaca el actor profesional Luis Gimeno, y el resto se limita a cumplir. La representación tiene un inconfundible aire de experimentación. El público se divierte y sonríe benévolo, sin desconcertarse ante el texto del autor de El Príncipe.