FICHA TÉCNICA



Título obra Los signos del zodiaco

Autoría Sergio Magaña

Dirección Salvador Novo

Escenografía Julio Prieto

Grupos y compañías Alumnos dela Escuela Dramática del INBA

Espacios teatrales Teatro del Palacio de Bellas Artes

Referencia Armando de Maria y Campos, “Los signos del zodiaco del nuevo autor mexicano Sergio Magaña, en el teatro del Palacio de las Bellas Artes. III”, en Novedades, 28 febrero 1951.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Los signos del zodiaco del nuevo autor mexicano Sergio Magaña, en el teatro del Palacio de las Bellas Artes. III

Armando de Maria y Campos

El Instituto Nacional de Bellas Artes ha presentado en su teatro titular –la sala de espectáculos del Palacio de las Bellas Artes–, la obra Los signos del zodíaco del joven autor mexicano Sergio Magaña, y lo ha hecho con todas las características de un suceso extraordinario, provocando, como es natural, comentarios y discusiones. La presentación de Los signos del zodiaco es magnífica, la dirección excelente, y la interpretación por parte de los más calificados alumnos de la escuela dramática del propio Instituto, irreprochable. Como obra primeriza de autor que casi no había intentado el difícil género dramático Los signos del zodíaco es digna del mayor encomio, anuncia a un escritor de talento y sensibilidad singulares que, si no se tuerce o malogra, habrá de dar gloria y provecho a la dramática nacional.

El tema –o los temas, porque en la pieza de Magaña los hay para varias obras–, los personajes, el escenario en que se desenvuelve la acción, no son nuevos en el teatro, y no es preciso recordar Escenas de la calle de Elmer Rice, Historia de una escalera de Buero Vallejo o El Cuadrante de la Soledad de Revueltas, para hallar coincidencias en la forma de expresar el escenario. Lo que, por otra parte, no restaría mérito y originalidad convencional a la pieza de Magaña. Cierto que en Los signos del zodiaco se advierten resonancias de Dostoievski, o se escuchan hechos de Chejov o Gorki, que se presienten influencias de Sartre, pero todo esto más concierne a las pasiones de los personajes que al escenario propiamente, que de manera tan hábil y bella resolvió el escenógrafo Julio Prieto, reduciendo la imaginación a los límites estrictos de una realidad fotográfica. Antes de este "patio de vecindad" mexicana que ha copiado con fidelidad conmovedora Magaña, apareció en nuestros escenarios el de La vecindad de La Purísima de otro gran autor mexicano, fiel a su época como Magaña lo es a la suya, Eduardo Macedo y Arbeu. Igual que Magaña, Macedo y Arbeu escribió un sainete de costumbres mexicanas, que estrenó en el teatro Arbeu la noche del sábado 20 de agosto de 1898, y con esto dicho está qué costumbres mexicanas reflejaría. La filosofía existencialista de Kierkegaard no había invadido los escenarios de Europa, ni menos los del México porfirista. Imposible que se colara a una vecindad mexicana, todas puestas bajo la advocación de un santo patrono, de una virgen milagrosa. Por eso La vecindad de La Purísima. En la casa de vecindad, con varios patios, que reproduce Magaña, ha desaparecido el retablo característico, con su veladora permanente e incansable, con sus flores siempre renovadas por la fe de los vecinos. Ahora, los vecinos de estas supervivientes aglomeraciones de viviendas, a punto de convertirse en edificios de "apartamentos", viven angustiados, sin fe ni esperanza, sin dinero también, víctimas de una depresión espiritual, de una neurosis producida por el ritmo de la vida, superior a toda posible asimilación fisiológica, complicada con un fenómeno cerradamente patológico, y que seguramente ha sido producido por el galopante y antihumano crecimiento de la vida moderna. Magaña me ha dicho que su pieza Los signos del zodíaco es realista, y como también me ha declarado que "aspira a colocarse entre las obras representativas del teatro universal", es justo, necesario, traer a estas crónicas algunas consideraciones sobre el temor realista, y conclusiones en relación con el nacimiento de autor tan interesante y ambicioso como Sergio Magaña.

Quienes dan por novedad escandalosa las audacias de temas y lenguaje de un Sartre, de un Camus, de un Kanin, de un Revueltas o de un Dorafour, han olvidado, por ejemplo, El poder de las tinieblas de Tolstoi, estrenado en 1887, que contiene todos los elementos del realismo fotográfico documental: pasiones sin freno, una acción brutal, primitivismo en las reacciones... como sucede en Los signos del zodiaco, y vaya por delante la afirmación de que no creo que Magaña haya leído esta pieza de Tolstoi. Parece cosa de agua pasada venir a hablar ahora del naturalismo, del realismo en el teatro. Sin embargo, nada más actual. Realistas son desde Sardou hasta Arthur Miller, el autor de La muerte de un viajante, formidable pieza del mejor teatro contemporáneo, última expresión perfecta del realismo en la escena, pasando por lo que se refiere a estos últimos años, por el Steve Passeur de L'acheteuse, por el Peyret-Chappuis de Frenesí, por el Tennessee Williams de Un tranvía llamado Deseo, expresiones todas de realismo clínico, en que con el instrumental del psicoanalista de hoy, los autores encaran lo morboso con un sentido moderno.

Lejos ya de la época en que autores y directores, estimulados por un detallismo fotográfico y estadístico, y por un exceso de respeto a la realidad como fuente de arte, colocaban cuartos de buey sangrantes y árboles auténticos en el escenario –como una vez lo hiciera Antoine–, se ha caído en el pozo sin fondo de la expresión brutal, de la frase gráfica, de la palabra común, corriente y soez, para encarnar con la máxima fidelidad la copia exacta de la vida sin el aporte creador de la interpretación subjetiva de los hechos. Sergio Magaña se deja arrastrar por la corriente del más crudo y cruel realismo fotográfico, y aunque quiere detenerse a contemplar, tal vez a cortar, las flores puras que crecen al margen de la charca podrida, ésta lo arrastra, y los símbolos de la bondad y la dulzura de la vía –Ofelia Lira, Pedro Rojo, Sofía la rubia, el violinista Soberón, Augusto Popoca– acaban por sumarse a la corriente –como sucede con Ana Romana y Daniel Borja, con algunas de las pobrecitas hermanas Braun.

Se ha dicho oficialmente que Los signos del zodiaco, la discutida obra de Magaña, "plantea en términos profundamente nacionales y realistas, los más trascendentales problemas humanos y universales", y que "hijo de su época, Sergio Magaña, al soltar su imaginación creadora en la forja de sus vívidos personajes, ha inconscientemente sentido ‘en cine’ una atmósfera y una compleja historia", planteando para "su realización arduos y cultivadores problemas al director (Salvador Novo), al escenógrafo (Julio Prieto), a los actores" (alumnos de la escuela dramática del INBA).

Los comentarios que sugirieron al cronista estos y otros factores que han intervenido en la representación de la obra primeriza de Sergio Magaña, merecen mayor espacio y atención.

Nos volveremos a encontrar pronto, lector.