FICHA TÉCNICA



Título obra Los signos del zodiaco

Autoría Sergio Magaña

Dirección Salvador Novo

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro del Palacio de Bellas Artes

Notas Semblanza autobiográfica de Sergio Magaña a petición del autor

Referencia Armando de Maria y Campos, “La angustia y la máscara. Los extraordinarios orígenes y la corta vida pintoresca de Sergio Magaña, autor de Los signos del zodiaco. II”, en Novedades, 27 febrero 1951.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

La angustia y la máscara. Los extraordinarios orígenes y la corta vida pintoresca de Sergio Magaña, autor de Los signos del zodiaco. II

Armando de Maria y Campos

Durante uno de los últimos ensayos de Los signos del zodíaco le pedí a Sergio Magaña algunos datos estrictamente biográficos, una simple filiación, útil siempre para quien gusta de acumular antecedentes como materiales de trabajo aprovechables siempre. Pero Sergio Magaña fue más allá de mis deseos y, durante una hora larga y sabrosa de plática cargada de revelaciones, me proporcionó fechas y datos preciosos sobre sus extraordinarios orígenes, sobre sus interesantes andanzas durante el cuarto de siglo que tiene de andar por el mundo. Voy a aprovechar su charla antes de acomodarme en mi butaca para presenciar la representación de Los signos del zodíaco, y revelar al público quién es este inteligente e inquieto muchacho Sergio Magaña.

"Nací en Cuernavaca, del estado de Morelos, el 24 de noviembre de 1924", me dice, dándome tiempo para que anote la fecha sobre el papel. Después ya no hay tiempo para nada, como no sea escucharlo, de sorpresa en sorpresa. "Por parte de padre –continúa– debí ser algo así como el marqués de Rayas. Remotos ascendientes míos fueron dos hermanos que con ese título llegaron durante la Colonia a las tierras de México. Eran dos hermanos, sin duda, llenos de chirlos y cicatrices, que practicaban lindamente la piratería, y desde su cuna fueron dignos de la horca. Eran, pues, dos miserables aventureros españoles. Por la línea materna, la cosa va mucho mejor, Eulalia Hidalgo, que así se llama mi madre, es por línea colateral, uno de los últimos hematites del huidizo Moctezuma II, emperador y señor nuestro. Todo esto lo he venido a saber últimamente, cuando mi padre me habló de sus "cosas", y mi madre me enseñó unas chucherías heredadas de padres a hijos. Así, pues, mis orígenes paternos ilegales, arrancan de dos filibusteros, y por mi madre, soy verdaderamente digno de sentarme en un museo.

"Mi padre, sin embargo, guarda y cultiva de sus parientes un gran legado erótico, de modo que tuve diez hermanos, siendo yo el último. Fue revolucionario, y ahora creo que se le considera como veterano de las revoluciones porfirianas. Ellos, mi padre y mi madre, son católicos, y a eso debo mi primera educación en un seminario de padres jesuitas. Cuando tenía 12 años, influido por Miguel Zévaco y Julio Verne, escribí mi primera novela, cuya acción transcurre en Francia, durante el reinado de Catalina de Médicis. Después entré a la secundaria y enseguida a la preparatoria. Me encantaba la carrera de químico. Me fascinaban las probetas y los humos de colores. Naturalmente tropecé con las matemáticas y el cálculo infinitesimal dio al traste con mis sueños. Renuncié a las ecuaciones y sacrifiqué mis dos años de bachillerato para seguir la carrera de Leyes. Las leyes son hermosas, pero áridas. En 1944 abandoné mis aspiraciones a la toga de abogado, y me decidí por Filosofía y Letras. Entonces escribí mis primeros cuentos y otra novela más leíble que la anterior: Sinfonía absorta. El tema es interesante aunque la forma sea bastante mala. La he guardado para mejor ocasión. Publiqué los dichos cuentos en una revista de horrible formato llamada Tiras de colores. No era suficiente. Escribí otra larga y, para mí, arrebatadora novela: La ciudad inmóvil, que también duerme el sueño de los mutilados en un cajón. Después logré publicar un volumen de cuentos con la ayuda del licenciado Muñoz Cota. Empecé a conocer gente de letras, a intelectuales y a imbéciles. Conocí a personas odiosas, pero también a otras cuya influencia iba a ser decisiva en mi carrera: Emilio Carballido. Él fue quien me empujó a escribir teatro. Nos hicimos grandes amigos, y a él se debe mucha parte de Los signos del zodíaco. Nadie como él tuvo paciencia para escucharme escena tras escena y señalarme errores. El teatro es subyugante y me obsesionó definitivamente.

"Junto con Emilio escribí El suplicante, pequeña pieza en un acto presentada al público durante los festejos de primavera el año pasado. Asistí a las clases de teatro del maestro Usigli, y escribí escenas para el teatro 'Recámara', que se llama así porque su condición era la de ser presentando en un cuarto habitación. Socorro Avelar, Raúl y Olga Cardona, Emilio Carballido, Miguel Guardia y yo, formábamos el grupo, que era de lo más entusiasta. Presentamos El triángulo sutil, de Emilio, y Como las estrellas y todas las cosas, mía. De Miguel, nada: era demasiado para nuestros propósitos. Después vino el estreno, en la Facultad de Filosofía y Letras, de El auto de la triple porfía, de Emilio, Agosto, de Guardia, y un manuscrito horrible mío: La noche transfigurada. Mientras Emilio fue aplaudido, a mí me palmeaban la espalda con cariño. Yo me puse a llorar. Para reivindicarme, escribí de un tirón El suplicante, pieza que asombró a Emilio, y lo decidió a colaborar conmigo en su final; nuestro trabajo fue arduo, pero resultó una joyita audaz, Socorro Avelar se negó a representarla, y entonces se acabó el grupo "Xenia", llamado así porque los compañeros de la Facultad nos llamaban, por burla, "xenios". De cualquier manera estábamos ya en el camino bueno.

"Publiqué enseguida un libro: El ángel roto, que abandoné a su suerte, para viajar. Estuve en Guatemala y parte de Centroamérica. Mi aventura allá es larga y no feliz. Al regresar, busqué a Emilio, y seguimos estudiando y aprendiendo juntos. Vino el éxito de Rosalba, de Emilio, y conocí a quien debía decidir la suerte de mi carrera, a uno de los hombres más inteligentes y de más calidad que tiene México, el maestro Salvador Novo. Desde el primer momento tuvo y demostró confianza en mí. El éxito de Rosalba me estimuló, y empecé a escribir Los signos. Cuatro meses de trabajo duro, de día y de noche. El resultado deberán juzgarlo los demás. La obra está llena de ambición y pienso que deberá revolucionar todo el teatro mexicano. Lleva el mensaje que yo quise y las palabras que yo siento. Es realista, pero no verista; es mexicana, pero no local, y si como creo logré mis intenciones, no será una obra temporal, sino que se colocará más allá de nuestros días. Aspira también, por pretensión muy comprensible a mis años, a colocarse entre las obras representativas del teatro universal. No hablaré de ella. Es ella la que debe hablar por mí".

Ahora, lector, vamos al Bellas Artes a ver Los signos del zodíaco de Sergio Magaña.