FICHA TÉCNICA



Título obra El viajero sin equipaje

Autoría Jean Anouilh

Notas de autoría Teba Bronstein / traducción; Charles Rooner / revisión

Dirección Charles Rooner

Elenco Luisa Rooner, Beatriz San Martín, Emma Finkf, Juan Orraca, Carolina Barret, Manuel Trejo Morales, Elodia Hernández, Ricardo Adalid, Félix Samper, Ché López, Jaime Calpe

Escenografía Antonio López Mancera

Espacios teatrales Sala Molière de La Casa de Francia

Referencia Armando de Maria y Campos, “El viajero sin equipaje de Jean Anouilh, en la Sala Molière, por Luisa Rooner, Beatriz San Martín, Emma Fink y Augusto Benedico”, en Novedades, 14 febrero 1951.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

El viajero sin equipaje de Jean Anouilh, en la Sala Molière, por Luisa Rooner, Beatriz San Martín, Emma Fink y Augusto Benedico

Armando de Maria y Campos

Otra vez Anouilh –ahora en la Sala Molière, de La Casa de Francia–. Y más veces de seguro. Porque en él se halla lo más interesante acaso del teatro francés actual, que es tanto como decir del teatro europeo de hoy. Aunque Jean Anouilh (nacido en Burdeos el 23 de junio de 1910, y para el teatro con el estreno de L'hermine, en París, el 26 de abril de 1932) resulte para muchos un escritor difícil de encasillar en el devenir del teatro francés contemporáneo, no es aventurado derivarle de ese feliz hallazgo que Jean Giraudoux supone en la escena francesa. Tiene la finura, la intención del autor de La loca de Chaillot, y en sustitución de aquel sentido lírico formidable, una gran capacidad para las negaciones y los deseos modernos. Ocupa actualmente el primer puesto de los autores contemporáneos franceses. Su teatro anuda una fantasía esclarecida, con un mensaje inteligente cuajado de sutilezas y de inteligente verdad. Desde el estreno de El armiño, a los veintidós años, las obras de Anouilh han tenido el deseado y doble buen éxito de público y de crítica.

Su teatro, particularmente en sus comedias "negras", se opone a la riqueza y al conformismo burgués. Le voyageur sans bagage es una prueba irrefutable de cómo Anouilh injerta en el conocido cañamazo clásico inquietudes y preocupaciones de primera categoría al aire de una eficacia lírica y teatral interesantísima. En 1935 estrena J'avait un prisionnier. Ya el espíritu de la guerra del 14 al 18 había penetrado en el cinematógrafo, en la novela, en el teatro, y desde allí enviaba su mensaje, casi siempre amargo, angustioso, desalentador. Conviene recordar algunos títulos: El hombre que yo maté de Maurice Rostand, Las mercaderas de gloria de Paul Nivaux y Marcel Pagnol, La tumba bajo el Arco del Triunfo de Paul Raynal, El viajero sin equipaje de Jean Anouilh (París, 17 de febrero de 1937) que el director alemán Charles Rooner ha elegido para incorporarla al plan de teatro francés en castellano que viene desarrollando la representación diplomática francesa en su pequeño teatro de cámara desde hace dos años, que encontró en la Antología del teatro francés contemporáneo, publicada por la editorial Argonauta, de Buenos Aires, en 1945, según una traducción "al argentino", de Teba Bronstein, y que revisó él mismo. "En El viajero sin equipaje –dice Alfredo de la Guardia en el estudio prologal que aparece en dicha Antología–, cuyo protagonista sacrifica el amor, la riqueza, la dicha, para mantener la razón de su existencia, al igual que el personaje central de La sauvage, se precisa la clara desobediencia por una repulsión total a la vida equivocada y una ansia de regenerarla gracias a una generosa utilidad espiritual". El viajero sin pasado, que tanto equivale a sin "bagage", es un amnésico de la primera gran guerra, que se disputan varias familias de distintas categorías sociales, movidas por diversos y encontrados móviles e intereses. Los temas del retorno del pasado y de la personalidad cambiante son viejos en el teatro, pero tratados por Anouilh bajo las influencias principales de Giraudoux y Pirandello, se funden y multiplican en este drama de conciencia, que se resuelve por un depurado, voluntario e imprevisto teatralmente, avatar, que denuncia la gran habilidad del autor para mover personajes de complicada psicología. Conviene tener presente que Le voyageur sans bagage, fue escrita bajo la dominación extranjera y en época propicia al despotismo, y que por eso es más significativo el valor de la protesta que Anouilh halló por los caminos más disimulados para expresarse dramáticamente, y con fina gracia, además, en otras escenas que encajarían perfectamente en sus comedias "rosas". El asunto es sencillo: un viajero de la vida recorre los caminos que ha devastado la guerra sin equipaje, o mejor, sin pasado; ha olvidado todos los dolores y todas las contrariedades que causó a su familia antes de ser enviado al frente. Cuando se reconoce en el adolescente perverso que su familia procura encontrar sin desearlo en verdad, sufre el horror de quien fue, se siente otro totalmente, repudia a los suyos, egoístas y perversos, y halla inesperada solución para su vida sin equipaje adoptando, alegremente, los deudos que más le convienen, por cierto, todos ellos muertos en un naufragio.

La dirección escénica, por Charles Rooner, acucioso en matices internos y externos de los personajes que crea respetando el texto, habría satisfecho plenamente a Jean Anouilh, de tal manera que se ha ajustado a la manera que éste tiene del teatro. No hubo necesidad de recurrir a ningún "productor"; unas cortinas sabiamente colocadas, muebles, luces discretas y... ¡la obra! La obra, y la interpretación, que nos ha reservado una triple sorpresa: Augusto Benedico, Luisa Rooner y Beatriz San Martín. A Benedico nunca le he visto actuar con tanto dominio de su personaje. Luisa Rooner, actriz de algunos teatros de Alemania por los años 32 y 33, hizo una duquesa Dupont-Dufort, señora que padece la chifladura de localizar a los presuntos deudos del amnésico y devolverlo a sus parientes, elegante y divertidísima. Beatriz San Martín, muy bella, muy joven, dio al difícil papel de Valentina, cuñada y antigua amante del "viajero sin equipaje", el elocuente verismo, la entonación y el gesto, siempre adecuado y con justeza admirable, que precisan para componer un carácter tan singular, clave en la vida del amnésico y de la comedia, Emma Fink completó el cuarto ángulo de los protagonistas con excepcional acierto, Juan Orraca, que por primera vez pisa un escenario; Carolina Barret, Manuel Trejo Morales, Elodia Hernández, única actriz de oficio del reparto; Ricardo Adalid, Félix Samper, el ché López y Jaimito Calpe, colaboraron eficazmente en el triunfo escénico y son acreedores al aplauso y al elogio.