FICHA TÉCNICA



Título obra El malentendido

Notas de Título Le Malentendu (título en el idioma original)

Autoría Albert Camus

Dirección Jebert Darien

Elenco Socorro Avelar, Julio Taboada, Luz Salinas, Carlos Ponce

Escenografía Antonio López Mancera

Grupos y compañías Actores el INBA, del Teatro Estudiantil Autónomo (TEA)

Espacios teatrales Teatro del Sindicato Mexicano de Electricistas

Referencia Armando de Maria y Campos, “Malentendido de Albert Camus, en el teatro del Sindicato de Electricistas”, en Novedades, 7 febrero 1951.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Malentendido de Albert Camus, en el teatro del Sindicato de Electricistas

Armando de Maria y Campos

Un grupo de actores procedente del Instituto Nacional de Bellas Artes y del Teatro Estudiantil Autónomo, dirigido por un joven y entusiasta animador de empeños teatrales, Jebert Darien, también actor alguna vez dirigido por Luz Alba, se ha atrevido con una difícil y discutida obra de uno de los autores franceses más cotizados, Le malentendu de Albert Camus. Si mi memoria no falla, Darien hizo sus primeras armas como director presentando, casi en privado, en el teatro del Sindicato Nacional de Telefonistas (febrero de 1948), la primera obra de Sartre que se representó en México, La putain respectuese (La prostituta respetuosa), insistiendo con otra obra del mismo autor –septiembre del mismo año– Huis clos, o A puerta cerrada.

Para representar Malentendido, Jebert Darien contó con la colaboración de Pilar Souza, Socorro Avelar y Julio Taboada, del INBA; Luz Salinas, del TEA, y Carlos Ponce, Antonio López Mancera, escenógrafo del INBA, colaboró para resolver el problema que significa no producir decorados normales o arbitrarios, imposibles de montar en la plataforma que hace veces de escenario del llamado teatro del SME. Las señoritas Souza y Avelar, más experimentadas que sus otros compañeros de aventura escénica, dijeron sus papeles con suma discreción, pero actuaron demasiado rígidas, engreídas en el tono sombrío a que conduce necesariamente el clima tenebroso del drama de Camus. La señorita Salinas se movió con mayor soltura, y Julio Taboada acertó a darle a su personaje el calor, la desenvoltura y la simpatía necesaria al único elemento sano que interviene en acción, descontado el criado, cuya intervención es meramente episódica.

Si la presentación e interpretación en español de la primera obra de Camus no pasó de discreta, ni merece en justicia más que el registro informativo correspondiente, la personalidad de Camus obliga al cronista a más, siquiera por lo mucho que su nombre suena al lado del de Sartre y en relación al teatro llamado existencialista.

Dos obras, Le malentendu y Calígula, representada en versión inglesa el año pasado en la Sala Latino, colocaron a Albert Camus entre los pioneros del drama nuevo. Calígula data de 1937, en tanto que Le malentendu está fechada en 1943. Con Los justos, su más reciente obra (1949), afirmó su crédito como autor teatral. Sin embargo, fue con su tratado Le mythe et Sisyphe y con su novela L'etranger, obras clasificadas como exponentes de la doctrina filosófica existencialista, con lo que mayor revuelo causó en Francia, aumentando la popularidad de su nombre, respetado y conocido del gran público desde que se reveló como editorialista de Combat, donde mantuvo altivo el espíritu de la resistencia, lo que define su ideología y acredita su valor.

Como autor de teatro –de Calígula y Le Malentendu– más bien está apartado del gran público, porque nunca es grato el eco de los gemidos de angustia de las inquietudes morales y metafísicas de nuestra miserable época. No me atrevo a asegurar que el teatro de Camus sea... "existencialista". Confieso que no está la filosofía entre mis disciplinas más frecuentes, y no me parece honrado opinar sobre lo que no conozco a fondo. Para mí, Camus es simplemente un autor muy interesante, en particular en Calígula, y menos en Malentendido. De Los justos no pudo opinar, porque no conozco esta pieza.

No me explico por qué se nos presenta Malentendido, estrenada en 1943 en París, sin ningún éxito por cierto, y no porque sea francamente mala, sino porque es confusa, inconexa y, sobre todo, aunque hubiera sido totalmente lograda, porque la entraña de sus principales personajes es tan perversa que tiene, inevitablemente, que repugnar y rechazar.

La acción de Malentendido se desarrolla en una modesta pensión de una indefinida ciudad de Bohemia. Allí, una madre de alrededor de sesenta años y una hija de más o menos treinta, viven alejadas de su destino y deseando ávidamente tener dinero, no por su valor en sí, sino porque es lo único que les permitirá irse a vivir junto al mar. Son personajes rígidos y ásperos, que ellos mismos observan que nunca sonríen y no recuerdan cuántos años hace que no se besan madre e hija. Ambas se dedican a la espeluznante industria de matar a aquellos huéspedes que albergan en la pensión y que, por su aspecto o sus antecedentes, consideran acaudalados. La premeditación es tan pavorosa que cuidan de alojar al nuevo cliente que acechan en el piso bajo, porque recuerdan que en el último crimen les costó mucho trabajo bajar el cadáver del piso alto, lo que les ocasionó molestias innecesarias. La sorpresa eriza al espectador cuando se da cuenta de que el nuevo cliente que esperan –y que llega– es hijo y hermano de las protagonistas, respectivamente, si bien éstas lo ignoran, pues partió hace veinte años. Aquí falla el dramaturgo. El hijo no dice por qué se fue ni por qué vuelve; ni la madre ni la hermana lo reconocen. Se produce toda la preparación del envenenamiento, y se consuma éste. Las dos mujeres comprueban la muerte y preparan los detalles para trasladar el cadáver al cañadón próximo. Momento de anhelosa curiosidad dramática es el de la revelación. Por los documentos que encuentran las mujeres entre las ropas descubren la identidad. ¡Y no hay lágrimas entre esos seres tejidos de sombras! La madre va a suicidarse junto al cadáver, porque una madre que no es capaz de reconocer a su hijo, ha terminado su misión en la tierra. La hija también se suicida, no como impulso espontáneo de remordimiento, sino por el egoísmo de no quedarse sola, después de decirle a su cuñada, con la que tiene violenta disputa: "Pide a Dios que te haga dura como la piedra".

Tal es el desarrollo de esta pieza, con entradas y salidas arbitrarias, largos monólogos y un tercer acto de apretada fuerza dramática, escrita en una prosa de escueta sobriedad, que muchas veces traiciona la versión, harto ampulosa, tal vez de origen argentino. Es lógico pensar que el autor, tan inclinado hacia las especulaciones intelectuales, no ha podido elegir esta trama guiñolesca, para limitarse al enredo de los hechos externos, sino que ha cargado éstos de alegorías de sentido más profundo y amplio. Sería aventurado intentar sugerencias o interpretaciones. Lo que parece evidente, es su mensaje simbólico. ¿Interesa este mensaje, político o filosófico, a la reducida curiosidad que México siente por un teatro preñado de problemas europeos? ¿Lo capta el público que, invitado por el INBA y el SME, llena, algarábico y familiar, el amplio anfiteatro?

El Sindicato Mexicano de Electricistas dice que con esto, cree contribuir, una vez más a la elevación moral y cultural de los trabajadores y del pueblo". Pero... a la salida hay una procesión de caras largas.