FICHA TÉCNICA



Título obra Amor a la francesa

Autoría Gabriel Aront y Jean Locher

Notas de autoría Eleazar Canale / traducción y adaptación

Dirección Raúl Ramírez

Elenco Marcela Daviland, Alicia Echevarría, Raúl Ramírez, Luis Manuel Pelayo, Sara Luz Herrera

Espacios teatrales Teatro Ofelia

Referencia Armando de Maria y Campos, “Amor a la francesa, en el Teatro Ofelia”, en El Heraldo de México, 28 mayo 1966, p. 7.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Heraldo de México   |   28 de mayo de 1966

Columna Escenarios

Amor a la francesa, en el Teatro Ofelia

Armando de Maria y Campos

El cronista no cree que esté mal adoptar la fórmula que en algunos jurados extranjeros se usa para asegurarse de la verdad de cuanto va a decir el reo. "La verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad". El reo, a veces, no la dice, pero el juez se cree obligado a usar la fórmula y ambos cumplen con la Ley.

El cronista de espectáculos viene a ser un reo ante el juez, que es el público. Debe decir la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad, o se traiciona a sí mismo. Diciendo la verdad se queda con una paz periodística interior que tal vez beneficie a las víctimas, en este caso autores y adaptadores, actores, actrices y escenógrafos.

El cronista dirá la verdad sobre la pieza, comedia en tres actos, de Gabriel Aront y Jean Locher, cuyo traductor y ya sabemos por experiencia que adaptador es don Eleazar Canale. Amor a la francesa es una vieja comedia que no por vieja es buena, porque le pasa lo que a los malos vinos, que con el tiempo se convierten en vinagre. Su trama arranca de una situación original y el primer acto es bueno en términos generales. Un hombre ama a dos mujeres que se complementan entre sí y pide un consejo a un viejo condiscípulo, que se lo da, en provecho propio. A partir de ese instante, los actos siguientes, segundo y tercero, se desploman lamentablemente. Las situaciones se vuelven vulgares y los protagonistas, uno tonto de remate y el otro cazurro e hipócrita, juegan al pin pon con el tema de las dos mujeres en juego. Este de en juego va en serio, porque las dos mujeres son verdaderos juguetes de las diversas situaciones de tan desafortunada comedia.

La interpretación es, sencillamente, lamentable. La señora Marcela Daviland, padece el lamentable complejo de exhibirse casi en cueros. Al cronista no le parece mal este complejo, pero al público acaba por aburrirle. De origen italiano la señora Daviland, su dicción española es pintoresca. Otra actriz aparece, Alicia Echevarría, pero para ser realmente actriz le falta un largo camino que recorrer. Raúl Ramírez, protagonista y director, se muestra desorientado y Luis Manuel Pelayo más seguro de su oficio se salva del naufragio. Al final aparece una linda chica, de nombre Sara Luz Herrera, que habla con la elocuencia de su escultura juvenil. No dice una palabra. Sólo Dios sabe lo que será en el futuro como actriz. La escenografía sin ningún detalle relevante. Como decimos la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad, nada nos impide declarar que el público no se divierte.