FICHA TÉCNICA



Título obra El rufián dichoso

Notas El autor comenta El rufián dichoso, de Cervantes, a propósito del centenario cervantino

Referencia Armando de Maria y Campos, “[El rufián dichoso]”, en El Heraldo de México, 29 abril 1966, p. 7.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Heraldo de México   |   29 de abril de 1966

Columna Escenarios

[El rufián dichoso]

Armando de Maria y Campos

Es oportuno recordar, durante este centenario cervantino, cómo pintó Cervantes la Nueva España de Fray Juan de Zumárraga y del virrey Luis de Velasco en su obra El rufián dichoso.

Se cree que Cervantes escribió esta pieza de su raro teatro, tan poco estudiado, en Sevilla, después de 1596, fecha en que salió la Historia del P. Dávila, que le sirvió de base, posiblemente en los últimos años de la vida del autor, si se atiene al espíritu de religiosidad y de unción cristiana que esta comedia de santos respira. Es El rufián dichoso de esta corte, tan en boga en la segunda mitad del siglo XVI, según informa este magnífico reportero de su tiempo que fue –sin saberlo– el ingenioso Agustín de Rojas, en su célebre Loa de la Comedia.

La crítica cervantina encuentra graves defectos en la comedia de Cervantes, que tanto nos interesa porque la mayor parte de la acción ocurre en la Nueva España del primer virrey Luis de Velasco, aún examinada a la luz de los gustos del siglo en que fue escrita, pero, "a mi modesto entender –dice Cotarelo Valledor– es, sin embargo, de las más levantadas y majestuosas piezas del teatro cervantino". Si a grandeza de concepción y alteza de asunto vamos, no puede anteponérsele ninguna obra, salvo La Numancia. En El rufián dichoso hayamos la cantera primitiva de lo más desgarrado de la jácara quevedesca y un feliz intento de trasladar al teatro los tipos y escenas de pícaros, ya vistos en la novela de su tiempo.

El primer acto o jornada de El rufián dichoso es un vivo cinematógrafo palpitante de la vida jacarandina de Sevilla en el siglo XVI, en sus usos y lenguajes, en sus vicios y costumbres. Los dos restantes ocurren en La Nueva España, y no peca de indocumentado Cervantes al referirse a nuestras costumbres y describir nuestros conventos y colegios.

La unidad de acción de El rufián dichoso, en cuya figura algún crítico ha creído hallar el mito del Tenorio es perfecta. Todo cuanto ocurre en la comedia es marco o fondo de la vida, primera turbulenta, después ejemplar de quien en esta tierra del pecado fuera Cristóbal de Lugo y, Cristóbal de la Cruz, cuando se consagró a Dios.

El relato detallado del argumento llevaría mucho espacio. En el acto tercero, cuya acción abarca ocho años, Fray Cristóbal está atacado por el mal de la lepra. Aparecen en el escenario todas las potencias infernales, que nada pueden contra la inquebrantable firmeza de virtud del siervo de Dios. Cuando avecínase la última hora del Santo, llegan las Animas del Purgatorio, que Cervantes represéntalas "vestidas con túnica de tafetán blanco, veloz sobre los rostros y velas encendidas". Muere Fray Cristóbal de la Cruz, y termínase la comedia con el entierro del virtuoso arrepentido. Traen el cuerpo tendido en una tabla los primeros personajes de la Nueva España, y síguele infinita muchedumbre, en primer término el virrey don Luis de Velasco, con quien el Santo tuvo amistad y respetuoso trato.

Así termina la magnífica comedia de Cervantes, nunca representada entre nosotros, la mayor de cuya acción ocurre en México y que inició, sin que otro autor lo superara, las de hombres extraviados y aún perversos que luego hubieron de convertirse a Dios.