FICHA TÉCNICA



Título obra Juego de reinas

Autoría Herman Gressieker

Dirección José Solé

Elenco José Gálvez, Lilia Aragón, Virginia Gutiérrez, Meche Pascual, Georgina Barragán, Marta Navarro, Leonor Llausás

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Tepeyac

Referencia María Luisa Mendoza, “El gran Juego de reinas”, en El Gallo Ilustrado, no. 275, supl. de El Día, 1 octubre 1967, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

El gran Juego de reinas

María Luisa Mendoza

Estamos en la época de las reposiciones. Muchas se han efectuado y son precisamente aquellas que más público lograron en otros años. Da un poco de flojera volver a verlas, ni hablar, pero también es necesario mirar en ellas a las nuevas figuras que ya son muy refulgentes en el teatro mexicano y que tienen una oportunidad novísima. Como ahora con Juego de reinas, de Herman Gressieker, la preciosa aguda deleitosa obra que en el Seguro Social se escenificó. Ese Gambito real maravilloso en el que seis mujeres de la historia van conformando con sus matrimonios la vida tempestuosa de aquel hombre moderno que fue Enrique octavo, el señor de horca y cuchillo, el gran amador y el primero de los divorciados hoy sus seguidores a montones sobre la faz de ya saben.

Enrique Tudor era un hombre que soñaba y hacía la libertad por el puro gusto de tener mujer una y otra vez. Y como no era un común hijo de vecino, sus líos se volvían páginas de la historia de su país y del mundo. Así se casó primero con una española a la que le encontró el pretexto mejor para dejarla: que no le daba hijos varones pues. Tenía Enrique Tudor una predilección absoluta por las damas de compañía, como sus seguidores las tienen ahora por las sirvientas. En fin. José Gálvez está, estuvo, está espléndido. Tiene el temperamento real, la voz, la ironía todo eso que Enrique poseyó. Y va poseyendo a sus diferentes esposas escénicas con una ironía que el público agradece y aplaude. Sus esposas pues son seis excelentes actrices a las que encabeza Lilia Aragón en el papel de la esposa legítima por la Iglesia y las demás por la ley.

Lilia Aragón vuelve a conmover con esa seriedad suya y feroz elegancia que ya se le vio en papeles anteriores. Vuelve a ser toda una gran actriz de voz que atraviesa el escenario y vuela por la luneta hasta la última butaca del Tepeyac lamentablemente a medio llenar. Da grima ver este esfuerzo de actores de veras apenas con respuesta a medias de un público que por lo visto no los merece.

Virginia Gutiérrez otra vez. Maravillosa ella tan sorpresiva en su talento tan digna de retener en la escena, tan madura ya. Meche Pascual que sabe también expresar la inteligencia escénica, Georgina Barragán que es toda la alegría intencionada de un personaje cómico por excelencia, y Marta Navarro, ya profesional y todavía con el defecto de quienes carecen de experiencia o sea el ceceo que en su caso debe desaparecer porque tiene todo el talento necesario para ello. Dejo al final la reaparición de Leonor Llausás, alejada del teatro muchos años, pionera de la gran época dramática mexicana, ahora madura ya, plena de potencialidades emotivas, con el arribo de una ternura que no tenía y la virtuosidad de una coquetería sólo encontrable en los grandes salones palaciegos. La Llausás es ahora distinguida, fina, dulce. Muy bienvenida a las tablas y ojalá que nunca se vuelva a retirar porque hace mucha falta, es en una palabra insustituible y lo es por su tipo tan femenino y tan arrobador, tan profundo en galantes poses y lleno de señorío.

La dirección de José Solé repite aquella misma felicidad que en el espectador se vacía cuando comprende cuánto conocimiento hay en ese trabajo. Aquí vemos un significado en cada paso, y en los jugadores de ajedrez será aún mayor. Cada reina ocupa su cuadro blanco o negro y cada paso es un acercamiento al triunfo o a la derrota. Solé nos distrae con este también virtuosismo y lo hace notar cuando debe. Bravo a la dirección y bravo a la escenografía del maestro Julio Prieto.