FICHA TÉCNICA



Elenco Marcel Marceau

Espacios teatrales Teatro del Palacio de Bellas Artes

Notas La autora comenta la trayectoria de Marcel Marceau y su personaje Bip

Referencia María Luisa Mendoza, “A veces recordar es Marceau”, en El Gallo Ilustrado, no. 272, supl. de El Día, 10 septiembre 1967, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

A veces recordar es Marceau

María Luisa Mendoza

Ha vuelto Marcel Marceau. Hace años lo conocimos cuando era más joven y estaba ya en la cúspide absoluta de su talento. Marceau sigue sin un competidor, porque en ese tiempo entre su vez primera y hoy, han desfilado por el escenario de Bellas Artes muchos mimos y ninguno tiene siquiera un ápice de la característica visible y adorable de Marcel: su ternura.

La pantomima es un drama y una comedia y una risa y etcétera. Todo el mundo ya sabe qué es la pantomima y cómo la definen las gentes, con qué calificativos. Todo el mundo sabe sus orígenes y todo el mundo dice pantomima y dice Marceau. Marceau es nuestro cuate porque es Bip, y Bip es el amor. Es además Marcel quien trajo a Alexandro que tanta guerra ha dado como director de teatro y cine, escritor, conferencista, dibujante, inventor y precisamente mimo. Entonces por medio de Alexandro ya sabemos todo lo que una pantomima es, los ejercicios, la mecánica y el final.

Tal vez por eso Marceau ahora no desgarre como antes. Y puédase pensar esto: que la mímica es esencial en la educación de todo actor contemporáneo, que su técnica no tiene comparación como manejo de todo el cuerpo y subrayamiento de las acciones: beber una copa, servírsela, ponerse las ropas, abrir ventanas, subir escaleras, pero que la mímica debe integrarse al teatro contemporáneo hasta la raíz porque a secas la maravilla, si no es ofrecida por un virtuoso como Marceau, se queda en acto grotesco, aburrido y hasta inútil.

A Marceau, ya se dijo, lo salva la ternura. Y el buen gusto. Su elegancia para decir sin palabras todo lo que en ahorro de sonido más significa con un solo movimiento de dedo. Escultor de acciones vivas Marceau.

Ahora el público de teatro que encuentra Marceau es más inteligente y culto, y conocedor, no porque haya crecido en edad pero sí en experiencia, ya que en el INBA ha enseñado una buena serie de pantomimos y el alumno del maestro nos ha dado buenos banquetes (Alexandro sí, Héctor Ortega, Alfonso Arau, etcétera, etcétera). Trajo M. M. varios números muchos nuevos, muchos más ya vistos (es que en pantomima es muy difícil la renovación y la creación misma reviste problemas casi insalvables por estar tan atados al género en sí. El propio Alexandro hizo para Marceau varios números que el francés paseó por todo el mundo). Y entre la novedad y el reencuentro sobresalieron El papalote, La envidia, La ira, Adolescencia, Madurez, Vejez y muerte. Y al arribo de Bip (monito enharinado de cara aternurado, torpe y fracasiento, frustrado siempre, en la castración de todo y por todo. Niño grande con pantalones largos que huele la flor del sombrero para mirar la guerra) el programa se estremeció con el recuerdo y todo lo de Bip fue bueno (Bip es el hijo primogénito y único de Marceau), Bip músico callejero, Bip torero, Bip se suicida, Bip en el baile, Bip soldado, Bip, Bip, Bip.

Mimo: vino de Roma, de Grecia, del juglar, del acróbata, de la Edad Media, de donde salió la Comedia dell'Arte. El mimo fue Pierrot con patadas en el trasero y la luna que entonces era nada más luna testigo blanco y no la luna lunera de Lorca. Arlequín, con pedazos de trapo el traje y pedazos de lluvia lo de adentro. Scapin y sus travesuras, ¿te acuerdas Jean Louis?, también fue el mimo del principio, de la Roma entre leones te veas, fuegos el fuego y los pinos como detalle folklórico.

Público de pantomima: almidonado en sus balcones y candiles y espejos para ir a una recepción seria con un señor francés por quien verle cuesta mucho dinero. Señor calvo y señora peinada de salón que se sientan en Bellas Artes luciendo su dinero. Marceau y risa y ellos serios sin entender cómo se puede nadie reír por cien pesos. No entender nada. Y de pronto Marceau penetra en sus cerebritos y empiezan a imaginar, que el hilo, que el dolor, que el llanto, que la risa, qué todo. Y entonces el público se vuelve público.

Afuera era tarde y llovía, tanto.

Y en el estacionamiento de automóviles los crímenes continuaban.