FICHA TÉCNICA



Notas La autora evalúa su labor como crítica de teatro durante quince años y el aburrimiento al que la ha conducido realizar ese trabajo

Referencia María Luisa Mendoza, “Quince años de una vocación inútil”, en El Gallo Ilustrado, no. 271, supl. de El Día, 3 septiembre 1967, p. 4.




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Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Quince años de una vocación inútil

María Luisa Mendoza

El teatro es el termómetro de la cultura de los países. El teatro es la ventana del alma de los pueblos. El teatro, etcétera. Hay vocaciones que se reciben como entradas de cortesía para la vida entera, una vocación para amar al teatro, por ejemplo. Entonces se descubre primero el trasero del teatro cuando de niña se va en fila a visitarlo como monumento –ejemplo: El Teatro Juárez de Guanajuato. Palacio morisco de mal gusto y deleitoso recuerdo en tecnicolor. Luego se le empieza a vivir entre cajas y descubriendo camerinos al arribar al festival infantil en el que se debuta vestida de tehuana, tocando unos cascabeles en la orquesta infantil que parece tocar, haga usted de cuenta. En un mercado persa, o desmechada en el papel de Juana la Loca que llora un Felipe muerto que no es otro que Eloy, el compañero de segundo año que habrá de morir efectivamente de una tifoidea cuando apenas empezaba a vivir su papel verdadero de capitán del equipo de beisbol en San Renovato. El teatro como vocación se va quedando en la sangre, y se repite en la primera gran obra vista profesionalmente en un segundo piso de Bellas Artes con el hermanito Manuel, hoy médico ausente del teatro para siempre. Los signos del zodiaco. ¿Cuántos años teníamos? no lo sé. Mis amigas todas menores que yo, naturalmente, madres de generales retirados a los cuales dieron a luz a los dos años, según sus volterianas cuentas propias bajo la pintura Pallete en el pelo y las restiradas hollywodianas en el seno de su hogar, ellas: la sabrán. Pero eso no importa. Quince años de asistir a los telones que levantan y a las cortinas que cierran. Quince años de conocer al dedillo las lunetas de las salas de arte dramático de México. La vieja cazuela del Caracol inicial con Isabela Corona en El niño y la niebla. El caballito de antes con Poesía en voz alta y allí Tara Parra inolvidable. El caso de la mujer asesinadita en El Arena ya desaparecidísimo, Despertar de primavera en la Universidad, los estudiantes de Coapa al aire libre, La llorona de Carmen Toscano en Chimalistac, y allí el amor. Viejos recuerdos de cuando se empezó a vivir la vocación. Los estudios. Los concursos. Los estrenos. Las cien representaciones. Los debuts. Las despedidas. Jean Louis Barrault. Vittorio Gasman. Margarita Xirgu. Richard Burton. Los triunfos. Los chiflidos. Las levantadas en el primer acto. Las groserías de los taquilleros, de las acomodadoras, del empresario, del director, de la actriz, del escenógrafo, del amante de la debutante. Etcétera. Nuestra historia. El sansebastianismo que es ser crítico de teatro con mil puñales encajados y tan pocas gracias, tan pocas, las gracias por ejemplo de Andrea Palma, la mala educación de Luis de Llano, la amistad de Beatriz Aguirre, la traición de la mejor amiga, la muerte del peor enemigo. En fin. Nuestra historia de vacaciones coincidentes dentro del teatro de México.

Todo esto por no haber escrito en un mes una sola critica de teatro. ¿Por qué? Quienes han creído en uno deben una explicación. Por cansancio. Por fatiga. Por astenia ante la labor propia, año tras año quince, inútil, sin que se componga nada de lo que se ataca, repitiéndose lo más malo que se critica. Indiferente vocación la del crítico de teatro. Envidiable la constancia de Rafael Solana. Uno se cansa tanto del mal teatro, de tanta vaciedad, de gritar en el vacío, y de recibir como satisfacción después de quince años de servir a su verdad la triste burla aparente de La soñadora que a uno le carga su éxito ruidoso, uno que se escribió feroz diatriba contra su estulticia... Así, no importa. Se reitera la que ya se sabe, que el empresario se carcajea del crítico, y tal vez con razón, del crítico que no puede ni comprar ni adular ni darle atole con el dedo con una chambita en su reino electrónico.

Mea culpa mi cansancio. Un mes de no ir al teatro. Una deuda con El Gallo. Con el lector. Con la escena de mi país. Perdón, Mea culpa. Trataré de levantarme otra vez de esta gran tontería que es la cartelera teatral.