FICHA TÉCNICA



Título obra La soñadora

Autoría Elmer Rice

Dirección Luis de Llano

Elenco María Rivas, Andrea Palma, Eugenia Avendaño, Jorge Lavat, Eduardo de la Peña, Carlos Fernández, Raúl Ramírez

Escenografía David Antón

Referencia María Luisa Mendoza, “Entre la cursilería y la entrega”, en El Gallo Ilustrado, no. 260, supl. de El Día, 18 junio 1967, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Entre la cursilería y la entrega

María Luisa Mendoza

La puesta en escena de La soñadora, la última obra de Elmer Rice ha puesto en evidencia varios hechos teatrales muy interesantes y dos de ellos absolutos: el talento para esta clase de obras del escenógrafo David Antón y la sicología de entrega del público de televicentro.

A teatro lleno la reaparición de María Rivas congregó a una inmensa mayoría de empleados, actores y personas conectadas con el trabajo electrónico. Era una gran noche de estreno con un público ávido y bien intencionado desde mucho antes de que el telón se levantara. Este sentimiento poderoso para cualquier aficionado a noches de estreno se sentía en la misma piel precisamente por diferir tanto del aura nerviosa que flota desfavorable y agresiva cada noche de estreno. Y el pronóstico resultó cierto al través de cada cuadro, escena y acto. El público estaba tan rendido a los pies del director y de la actriz que si la obra hubiera sido un fiasco, que no lo fue desde luego, igualmente hubiera reaccionado el respetable: con risas a la menor provocación, alegres justificaciones de fallas, aplausos a mutis y ovaciones finales como si se tratara del Old Vic. Nadie se opone a esta aceptación a priori de parte de un público ajeno, ojalá existiera siempre, siempre y cuando ese público pudiera tener el criterio suficiente de aprobación o rechazo en el curso de la puesta en escena. Pero era lamentable esa noche inaugural de temporada la interminable serie de intereses creados que se expresaban con tan sospechosa buena fe entre los presentes, elogiando lo no elogiable o suspirando ante los rebordes de cursilería que Elmer Rice, con todo y ser Elmer Rice, dejó en su Soñadora, la más modesta de sus obras y ni siquiera comparable con la joya suya que es La máquina de escribir. Porque casi el noventa y cinco de los presentes depende de una u otra manera de la labor de televicentro, de su director Luis de Llano, a quien así demostraban su lealtad y agradecimiento: riendo y aplaudiendo.

Y en referencia a David Antón, una vez más dejó ver este gran profesional de las tablas su nunca traicionada y absoluta vocación a la escenografía escénica. Nada más él pudo resolver con tanta premura, buen gusto y gracia la inagotable serie de cambios que tiene La soñadora, su atingencia, rapidez en los mutis y funcionalismo son asombrosos y tiene la firma de su talento, una vez más.

La dirección de Luis de Llano, personaje ya probado como muy seguro y profesional en otras obras que requerían un nervio y un ritmo más difícil, ahora adoleció de una lentitud que alargó la comedia innecesariamente telenovelísticamente, y en mucho basada esta falla en el lucimiento de la primera actriz la señora María Rivas. María Rivas logra una actuación gentilísima aunque un tanto inexpresiva. Su mona figura es un dulce en escena, y ha adelantado mucho en su trabajo interpretativo, nada más que se vio lejana y fría y en momentos insistente en el canto, por ejemplo, primera vocación suya y que aquí sobra y no viene al caso y se debió cortar en bien de la representación. La acompañan Andrea Palma en el delirio de la gracia como siempre y Eugenia Avendaño, deliciosa en su corto papel de amiga. Sobresalen en el reparto Jorge Lavat, ya como un galán de primera, y la comicidad un tanto gruesa pero efectiva de Eduardo de la Peña. No así Carlos Fernández, a quien se reconoce lastimosamente en un perfil inferior y grotesco olvidando los excelentes papeles que ha dado en obras magníficas desde que se revelo en Rosario la de Acuña, de Wilberto Cantón. Exagerado Raúl Ramírez.

La soñadora, de Rice, se columpia peligrosamente en la medianía de lo cursi y el quiero ser poética... Todos soñamos, no cabe duda, pero ¿valen la pena nuestros sueños de grandeza amelcochada para llevarlos al teatro?...