FICHA TÉCNICA



Título obra Pic nic

Autoría Eugene O’Neill

Dirección Dimitrios Sarras

Elenco Beatriz Baz, Rogelio Guerra, María Cristina Ortiz, Lola Tinoco, Alicia Bonet, Felio Eliel, Humberto Enríquez, Aurora Alonso, Lucha Palacio, Queta Lavat

Escenografía David Antón

Referencia María Luisa Mendoza, “El Pic nic de la exageración”, en El Gallo Ilustrado, no. 256, supl. de El Día, 21 mayo 1967, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

El Pic nic de la exageración

María Luisa Mendoza

Pic nic es una historia de amor con implicaciones de costumbrismo. Es una flor del verano de Kansas con raíces en la tierra dura de Eugenio O’Neill. Es una obra que se llevó el premio Pulitzer hace años cuando la dio a conocer William Inge. Muy bien lograda y metida en el capelo de una estación calurosa con apenas algunas corrientes de vidas destrozadas y deseos subterráneos. Una obra que casi no vale ya la pena de volver a ver porque envejeció prematuramente. La escogió Dimitrios Sarras para que subieran a escena muchos de sus alumnos. Y quedó una vez más la escuela de Sarras, profesional, barroca, intensiva y tan llena de detalles hermosos ahora oscurecidos por interpretaciones exhaustivas que se salieron de sus papeles y apretaron la acción haciendo grotesco los momentos que debieron ser dramáticos.

Este es el pecado al que puedo llegar al barroquismo. Y aquí, en Pic nic, la interpretación de Beatriz Baz subrayó esta falta de delicadeza del director. Sarras fincó dos turbinas ardientes, dos motores exaltados en escena, el de Rosemary Owens y el de Hal Carter (Beatriz Baz y Rogelio Guerra). A ellos añadió el motorcito exagerado también de Millie Owens (María Cristina Ortiz). Entonces cada uno por su cuenta añadió volutas y curvaturas a su trabajo interpretativo dando por resultado esas tres fuerzas desatadas en el escenario. En primer lugar trazó en el personaje de Beatriz Baz todo un derroche de acciones vivas agravadas con la exigencia de una voz que no es la de la actriz y posturas agrandadas que no son las del perfil de la solterona de Pic nic. Le implantó una altura emotiva desde la primera aparición en escena, un exceso de temperamento que no midió, no dibujo en graficas de abajo hacia arriba y el descenso lógico. Beatriz Baz siempre estuvo en las alturas, y cuando le llegó el instante más dramático y sollozante no pudo con la escena, perdió a grandes luces la voz y desbarró lamentablemente. Porque todos estábamos viendo el gran talento interpretativo de la señora Baz, su posibilidad de ser la mejor actriz cómica del teatro de casa y su desajuste, su falta de cordura y discreción, su incontinencia permitida y admitida por Sarras sin respeto alguno por el dibujo original de Inge e imitando en el terreno más grotesco, en la caricatura, el trabajo de Rosalind Rusell en cine.

Por su parte Rogelio Guerra pecó y mortalmente en la dicción, también exageró las postura de su garañón y derrapó en el momento en que debería representar de veras el hombre, hombre que era, aunque tonto, tonto. La jovencita Ortiz por consiguiente (¿quién le dijo a Sarras que una adolecente que empieza a vivir y una solterona que está acabando caminan ambas como lobos de mar y hablan con gargantas de masticadores de tabaco?). La más centrada de todas las actrices fue Lola Tinoco, contenida y segura, aunque a veces demasiado desarraigada o mexicanizada. Y le sigue la linda Alicia Bonet todavía muy verde en expresividad pero por buen camino teatral. Entre los señores, Felio Eliel en el galán destrozado y sobre todos y entre todos Humberto Enríquez. Humberto Enriquez siempre ha sido, en su cortísima carrera dramática, el perfecto profesional que encarna a estos tipos medianos y mediocres de cualquier parte del mundo. Su rostro hermoso en camino de la madurez vieja, expresa como ningún otro joven del teatro mexicano, la grisura, la impasividad. Una felicitación muy grande a Enríquez y que salga muchas veces más a dar esas lecciones de seguridad que hoy en Pic nic pone en evidencia.

La palma de la risa se la llevaron Aurora Alonso y Lucha Palacio, deliciosas. Y el premio a la labor ingrata Queta Lavat, aunque a veces esté demasiado lenta.

Escenografía de David Antón, muy acertada como todas las suyas.