FICHA TÉCNICA



Título obra ¡Paren el mundo, quiero bajarme!

Autoría Leslie Bricusse y Anthony Newley

Dirección Héctor Ortega

Elenco Alfonso Arau, Virma González

Escenografía Benjamín Villanueva

Coreografía Colombia Moya

Notas de Música Orquesta de Mario Patrón

Vestuario Pedro Coronel

Productores Emily Gamboa

Referencia María Luisa Mendoza, “¡Paren el mundo que quiero bajarme!”, en El Gallo Ilustrado, no. 254, supl. de El Día, 7 mayo 1967, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

¡Paren el mundo que quiero bajarme!

María Luisa Mendoza

Ante los ojos del público una escenografía fabulosa, tan bella y sensacional que bien se puede decir que nunca antes en El Bosque había habido un decorado igual. Un circo con su pista y sus bancas y su red y su trapecio y sus listas clásicas rojas y blancas saliendo de la boca escena para cubrir la mitad de la sala, esa sala fría, inhóspita y sin acústica. Benjamín Villanueva se llevó el primer gran aplauso por su sentido del decorado, arquitectónico, atrevido, revolucionario. Benjamín Villanueva es hoy el mejor escenógrafo que tenemos, junto con Alexandro.

Y perdón por hablar nuevamente de Alexandro. Parecería cantaleta, tic, obsesión, pero si se es un crítico responsable en México se tiene que hablar de ese señor a la menor provocación. Y es que Alexandro hizo falta, su nombre corrió de boca en boca toda la santa noche en que vimos ¡Paren el mundo, quiero bajarme!, la comedia musical de Newley-Bricusse (¿what?), que acogió Alfonso Arau para su nuevo salto al escenario al lado de esa absoluta sensación, de esa maravilla amarilla que es Virma González. Y empieza el trago amargo de toda crónica, empieza el lamento en contra de tanto hallazgo, de tal producción pocas veces vista en casa, debida a Emily Gamboa, del esfuerzo inusitado de los actores, del trabajo lleno de cosas hermosas, gags, atingencias de Héctor Ortega. Héctor Ortega, creemos, creo, es el principal culpable de que Paren el mundo haya durado más de tres horas la noche de estreno, sin cortar una palabra ¡sobrándole tanta!, sin quitar tantas escenas ¡habiéndolas hasta para aventar para arriba! Y por eso su labor se vio menguada en cuatro crecientes porque se le colgaron por lo menos ciento ochenta minutos. Héctor Ortega es un muchacho esplendido en talento y creación, mimo, actor, escritor y director. Este es su verdadero primer intento profesional y está lleno de estrellas y nubarrones, hay momentos en que se reconoce su mano de asombrosidades y otros en los que nada más se ve su inexperiencia. Porque en una comedia musical, si no hay nervio y agilidad, ritmo y secuencia ultrarrápidas, no hay comedia musical. Dejó en momentos el escenario vacío en mutis eternos, en segundos kilométricos, sin música, y con los nervios en ese estreno muchas cosas dejaron de funcionar. Se entiende que era eso, una noche de estreno, pero eso fue lo que vi y no pude dejar de juzgarlo porque Ortega merece todo el respeto y toda la severidad de un profesional nato y brillantísimo.

Luego, la culpa recae en el autor, como se llame, que ha hecho la sátira de Inglaterra, Rusia, Alemania y Estados Unidos con argente eficacia pero colores demasiados fuertes que pecan de vulgaridad o ríspidos ataques a gobiernos ya de por sí bien apaleados. Ahora bien, la obra no la conocí en su puesta en escena en Broadway o Londres pero dudo que haya tenido tanta imaginación; igualmente ignoro si el instaurarla dentro de un circo sea símbolo inventado y ordenado por el autor o por Ortega, el cual se va justificando al correr de la obra y tiene muchos aciertos. Uno de ellos es convertir al narrador, resto brechtiano, en payaso de anodina e igual voz, lástima que dijera chistes tan sutiles o alejados de nuestra mecánica de la risa. Asimismo pienso que Ortega abusó mucho de la pantomima ¿o fue Arau?

En fin, en medio del desritmo está la orquesta de Mario Patrón dando la buena batalla, y la coreografía de Colombia Moya sembrando el desconcierto. El vestuario de Pedro Coronel, aunque tendiendo a lo espacial no es muy afortunado.

Y está la actuación de Arau, fenomenal, viva, feroz y entusiasta, y la Virma, todo un deleite que uno no puede perderse porque su sola presencia es todo el placer de los teatros del mundo, por su gracia infinita, su deleitosa manera de hacer reír, su baile, su canto, su brinco, etc.

Es seguro que, con la poda, ¡Paren el mundo, que quiero bajarme! vaya a ser un trancazo de taquilla, lo deseo, y como no queda otra en lo de la recortadera: recomiendo esta obra, lo merecen todos quienes en ella tan categóricamente han trabajado.