FICHA TÉCNICA



Autoría Margarita Urueta

Dirección Alejandro Jodorowsky

Elenco Farnesio de Bernal

Escenografía Quintín Álvarez

Referencia María Luisa Mendoza, “¿Quién no le teme al monólogo?”, en El Gallo Ilustrado, no. 253, supl. de El Día, 30 abril 1967, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

¿Quién no le teme al monólogo?

María Luisa Mendoza

El monólogo es un género en vías de desaparición como las aguas frescas, las piezas de oratoria, el agua destilada, los quinqués, el agua serena y mil cosas más. El monólogo se nos va porque es una cárcel para el actor, como el soneto apresa al poeta. Nada más que para ser bueno el uno y el otro, oh lógica infalible, tiene que ser bueno. Y el monólogo se nos va, porque el público de hoy quiere ver y oír a muchos hombres iguales a los de la vida real diciendo y sufriendo cosas que les competen en tiempo y preocupación. Es algo así como el teatro de equipo, que en el monólogo queda reducido al esfuerzo de un solo hombre sobre la faz del escenario.

De monólogos sobre todo Antes del desayuno y Los perjuicios del tabaco. Dos joyas de poco hablar o mucho decir en una sola boca. Los demás monólogos apenas algunos cuantos más sobresalen, todos con el teléfono y la voz de la conciencia presentes.

Ahora Margarita Urueta, la excelente autora de aquella La mujer transparente, cuento para niños grandes, quiso incursionar, muy su derecho en el monólogo, aunque quien esto escriba lo considere inútil y tiempo perdido. Y escribió la vida y vicisitudes de un solterón de cuarenta años cómicamente unido al Edipo como Dios manda, célibe, pequeño y medroso. El tema por demás visto y oído la hizo querer hacer sicoanálisis de tablas en dos actos cortos y muchos oscuros. Y apenas Margarita logra una serie de tristes despojos interiores del pobre ser que trató de pintar. Lo que dice el soltero no interesa porque el personaje no es inteligente ni interesante. Y lo que hace sí interesa, porque está planeado por la mano del director Alexandro, el cual se regodea en darle vida al asunto y así echa mano de la mímica, de la música y de la gracia increíble para hacer milagros con nada.

Así, este era un hijo muy fiel que no quería hacer nada sin el permiso de su mamá y tenía miedo de casarse. Sufre el individuo insomnios, terrores, sueños horrendos y celos finales. Y se quiere morir...

El actor es Farnesio de Bernal, un muchacho que fue gran bailarín y que ha ido ascendiendo la cuesta de la actuación hasta atreverse él solo a esta odisea de casi dos horas. Viste su papel con mucha gracia, le saca todo el jugo debido, trabaja desesperadamente, salta, baila, canta, juega, sufre y convence. El público se llega a congraciar con él y le paga la labor con grandes aplausos.

Una escenografía modesta pero funcional de Quintín Álvarez envuelve la trama, y una dirección viva y también desesperada de Alexandro consigue seguir el asunto con eficacia.

No es este un fruto vital y jugoso de Margarita Urueta. Deja ver, sí, su alegre sentido del humor, su vocación de escritora nata, pero no alcanza a salvar los obstáculos fuera de moda que el género le coloca con tanto mal agradecimiento a su intención de contar algo que guste. En el monólogo han desbarrado autores importantes, entonces hemos por ellos visto desfilar a un mago argentino, a María Teresa Montoya, a Carmen Montejo y a muchos grandes actores más y no autores, como Bertha Singerman hace poco, por la desolación de un texto que en momentos aburre y que no da más allá de heroicidades y vanidades.

En fin, lo que pasa es que el monólogo es el único género teatral que rechazo a priori.