FICHA TÉCNICA



Título obra El Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín

Autoría Federico García Lorca

Dirección André Moreau

Elenco Perla Aguiar, Francisco Jambrina, Magda Donato, Carmen Manzano, niñas: Azucena Rodríguez, María Victoria Llamas

Escenografía Antonio Gago

Espacios teatrales Sala Molière de La Casa de Francia del IFAL

Notas Soirée de gala dedicada a la niña Cluade Moreau

Referencia Armando de Maria y Campos, “El Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, en el teatro Molière de La Casa de Francia”, en Novedades, 20 diciembre 1950.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Novedades

Columna El Teatro

El Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, en el teatro Molière de La Casa de Francia

Armando de Maria y Campos

Durante una "soirée de gala", dedicada a la niña Claude Moreau, hija del ilustre actor André Moreau, en el teatro Molière, del Instituto Francés de la América Latina, se representó por primera vez en México, y formalmente, por lo que se me alcanza, la estampa poética de Federico García Lorca Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, con Perla Aguiar, Francisco Jambrina, Magda Donato, Carmen Manzano, Azucena Rodríguez, María Victoria Llamas y dirección de André Moreau. La representación resultó excelente. Moreau pudo vencer al parecer insuperables dificultades de espacio disponible, fuera y dentro de las cortinas que limitan las tres paredes de la escena, para habitar con personajes de este divertissement lorquiano, férie y travesura teatral, contando con la colaboración del escenógrafo Antonio Gago. Movió, hizo danzar a sus personajes mejor dicho, con un suave ritmo de ballet animado por el soplo de una pantomima muy al modo de la Comedia del Arte dieciochesca e italiana.

La hermosa y atractiva Perlita Aguiar, que no obstante su condición de "estrellita" cinematográfica es una excelente actriz de largo porvenir si no se tuerce o malogra, estuvo deliciosa de gracia, picardía y donaire en la Belisa enamorada del amor, y su voz cálida, rica en matices sensuales, sus ojos de luto y fuego, sus labios de granada partida en dos, animaron el difícil, por humano, personaje lorquiano.

Francisco Jambrina, en la madurez de su carrera hecha paso a paso, papel a papel, interpretó con singular aplomo el difícil papel de don Perlimplín, sin quebrar la línea cómica en trazo de caricatura. La Marcolfa de Magda Donato fue muy sobria, y discreta estuvo la madre de Belisa, al cuidado de Carmen Manzano. Las niñas Azucena Rodríguez y María Victoria Llamas dijeron el parlamento de los duendes con soltura y graciosa picardía.

Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, aleluya erótica en un prólogo y tres cuadros, de Federico García Lorca, data de 1931, con lo que ya está dicho que es una de las primeras producciones teatrales del poeta de Granada. Es una farsa, como La zapatera prodigiosa, la pieza inmediata anterior e inspirada seguramente en El sombrero de tres picos; su idea central es rica en fantasía y no deja de ser profunda. Tal vez la circunstancia de que Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín fue escrita para un teatro íntimo, llevó a García Lorca a trazarla de prisa, a escribirla en volandas de la inspiración espontánea, malogrando una concepción tan sutil como llena de sugerencias. Esta farsa de Lorca es lo menos española que se pueda imaginar. Pudo Federico haberla arrancado de La Celestina, pero no recuerda nada de la famosa joya clásica. Si acaso, tiene un ligero aire español cuando recuerda aquel "paso" de Lope de Rueda, que se llama Cornudo y contento, o algunos pasajes de la vida española del reinado de Felipe IV, que tan admirablemente refleja en su libro La mala vida en la España de Felipe IV, José Deleito y Piñuela. Las raíces de Amor de don Perlimplín están en la antigua farsa italiana, la Comedia del Arte, vista a través de Carlo Goldoni, e inevitablemente en Crommelynck, modelo, ejemplo e influencia de todos los autores que después de él han tocado el tema de los celos desde un punto de vista tragicómico, o cómico simplemente. Y puestos a señalar, no influencias, sino raíces y savias, es preciso tener presentes algunas faces de los "esperpentos" de Valle Inclán.

Don Perlimplín es un solterón tímido y maduro a quien su ama aconseja casarse con su vecina, la ardiente Belisa. La misma noche de bodas –que vigilan dos duendes picarescos– descienden de la alcoba nupcial hasta cinco amantes de distintas partes del mundo. Don Perlimplín amanece con frondosas astas que envidiaría un ciervo en su mejor edad, y como ignora la existencia de Calderón de la Barca, toma las cosas con calma; él no podrá ser jamás el amante de su esposa, en consecuencia, decide dotarla de un amante, que... será él mismo. Fíngese el galán que ronda y enamora a su mujer, por la que él también suspira, y llega hasta Belisa, en su jardín, embozado en capa grana y herido por su propia mano. Mueren a un mismo tiempo, a los pies de Belisa, marido y galán, y nace un recuerdo perenne para el esposo que se sacrificó y otro menor para el amante que no llegó a ser. La idea del desdoblamiento del esposo viejo y feo en el amante joven y galán es nueva en el teatro español. Sin embargo, el tratamiento teatral es inferior a la idea central de la concepción; la idea original y sustanciosa se queda en una farsa demasiado ingenua, eso sí, muy graciosa y erótica. La sensualidad característica del teatro de Lorca luce espléndida en esta farsa escrita para divertir a unos amigos, que después hizo subir al tablado andariego, y que ahora está reservada a representaciones de teatro de experimentación.

Un reducido público de calidad, en su mayoría franceses de origen, escuchó con curiosidad y vio con interés la representación de Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín. Repito: escuchó y vio, porque esta bella farsa es para verse y para escucharse. García Lorca gustaba hablar del sentido musical de sus dramas, que, como tantos de Lope de Vega, parecen hechos para bailarse. Lope hacía de una copla una comedia; García Lorca hace bailar a Belisa y a don Perlimplín un minueto, al final tráfico. Gustó a todos ver cómo iba Belisa al lecho nupcial en tiempo de minuet; cómo le creían las astas a don Perlimplín, que parecían enroscarse en un aire de minuet, y cómo, finalmente, don Perlimplín, herido por su propia mano, caía muerto a los pies de la sensual Belisa, trenzando incoherentes pasos de minuet.

Lo que le sorprendió un poco al público –que después rió a sus anchas con Cantinflas, durante episódica intervención–, fueron algunas palabras de Belisa, Marcolfa o Perlimplín, con sabor a menta y espíritu de cantárida, tal vez por que ignora que García Lorca, al subir sus personajes al tablado, propuso una protesta por el estado de postración y servidumbre teatral en que se hallaba el teatro español: "Tenemos el teatro de espigas frescas, debajo de las cuales vayan palabrotas que luchen en la escena con el tedio y la vulgaridad a que la tenemos condenada..."