FICHA TÉCNICA



Título obra Sarah Bernhardt

Autoría Enrique Suárez de Deza

Elenco Berta Singerman

Referencia María Luisa Mendoza, “Berta Singerman de Sarah Bernhardt (¡Gulp!)”, en El Gallo Ilustrado, no. 242, supl. de El Día, 12 febrero 1967, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Berta Singerman de Sarah Bernhardt (¡Gulp!)

María Luisa Mendoza

Pues si, había que ir a ver a Berta Singerman la manirosa de la que tanto se habla en el camp y en la vieja aristocracia de los treintas. A verla como va la juventud a los museos de cera, como se lee a Campoamor o se usan los anillos con dos lindos corazones unidos entre argollas de oro e iniciales entrelazadas. Berta Singerman que recitaba muy bien cuando recitar era tan esencial como echarse un discurso político, ofrecer una comida de matrimonio o pedir a la novia con papá y mamá vestidos de negro en la sala de recibir de la doncella de Clavería.

Berta Singerman cuya fama voceril no tiene igual en las floridas superficies de Iberoamérica. Berta-cóndor, Berta-risco, Berta-pampa... en fin.

Berta, muy bien conservada, en escena se parece a su contemporánea la gran María Tereza Montoya. Y deja salir su voz preciosa oscura y uno sabe en momentos de intensidad, cuando sube y baja el tono y lo arrastra y lo junta y lo mueve y lo separa por qué la Singerman es Berta.

Berta nació para declamar, no hay quien se lo quite, ni quien diga nada, ni hablar, así sí. Pero Berta actúa muy modestamente. Es la hermana de la Montoya sin el talento absoluto demoledor de la Montoya para el drama. Entonces...

La Singerman dio dos recitales en México. Uno de poesía, su fuerte, y otro de teatro, mi debilidad. La vi allí. En una especie de monólogo de dos actos escrito infamemente por Enrique Suárez de Deza, Y acaparó la atención porque se trataba de contar la vida de Sarah Bernhardt, nada más, desde ese su primer amor hasta el último instante de su envidiable vida endiablada. Y digo especie de monólogo, porque a pesar de que lo es, está fincado en la quebrada estructura del diálogo a la mitad, del diálogo con la pareja invisible que le sirve con silencios absolutamente lógicos a las monologuistas para ser como toda mujer enamorada: habladora ella sola. A Berta la dejaron hablando sola, ya no el texto impecable de un gran poeta sino la ramplona manera de contar de un señor de Deza. De Deza resuelve el asunto con preguntas de ¿qué pasa? ¿qué ocurre? para que el público entiende que algo pasa y algo ocurre... la Singerman decía, claro está, qué pasa, qué ocurre mil veces y uno se imaginaba ipso facto a Napoleón III, al Príncipe de Ligne, a Tomás Alva Edison, a los muelles de Nueva York (los silbatos de los barcos los oíamos en vergonzosa grabación), a la gente que iba al entierro de Víctor Hugo (las campanadas fúnebres las oíamos), etc.

Claro que en el ínterin oíamos también a la gran verdadera Singerman declamando a Víctor Hugo, a Sardou o interpretando a Fedra como lo habría hecho igualito la Bernhardt cuando la técnica del cine mudo estaba en su apogeo prosopopéyico risible. Y entonces se supo que ella debería declamar y no actuar porque actuando, con la venia del respetable público que la admira. Berta Singerman es pecadora en la dicción. Los diptongos los usa muy mal y no separa bien las palabras (tiadoro, tiodio, miacesmal, nuicenada), y esto que es intolerable en una declamadora no puede permitírsele a una actriz que está interpretando a ¡Sarah Bernhardt!

Se ignora quién habrá dirigido a Sarah digo a Berta, pero parecería que nadie y que ese nadie no se dio cuenta que las pausas en teatro no pueden llenarse con repeticiones insistentes como decir "no me gusta" quince veces mientras se camina por el escenario, ni tampoco para vivir a una mujer caprichosa y encantadora llenarla de mohines cursis y actitudes chimpletas, brinquitos, pataditas, palmaditas, dengue y medio sin parar. Y a la Singerman la viste su peor enemiga, mujer o ave. Porque sus ropas son pobres, mal cortadas, feas y con colores que llevan las actrices sudamericanas y no las francesas como Sarita.

Dice Alfredo de la Guardia quien presenta a la Singerman, que ella tiene afinidades en su vida personal y artística con la Bernhardt. Tal vez. No la vimos nosotros.