FICHA TÉCNICA



Título obra Luv. Amoooor

Autoría Murray Schisgal

Notas de autoría Raúl Zenteno / traducción

Dirección Manolo Fábregas

Elenco Ariadne Welter, Emilio Brillas, Manolo Fábregas

Escenografía Julio Prieto

Productores Manolo Fábregas

Referencia María Luisa Mendoza, “¿Quién le cree a Amoooor? ”, en El Gallo Ilustrado, no. 238, supl. de El Día, 15 enero 1967, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

¿Quién le cree a Amoooor?

María Luisa Mendoza

Luv es una obra original de Murray Schisgal que ha causado sensación en el mundo. En ella, dos actos largos, se expone el grave ingente problema de la incomunicación comunicada, del engaño en el que incurren los seres humanos para huir de la responsabilidad y el amor. Se trata de exponer en escena vidas frustradas en las que domina el desaliento. Hay en ella una pareja que plantea su pasado con el estilo llano que a muchos puede asustar cuando no han visto verdaderas obras "fuertes" como Quién le teme a Virginia Woolf, El gato sobre el tejado caliente, Largo viaje del día a la noche, etcétera, todas obras de grandes dramaturgos que miran la vida de frente con las palabras exactas. Por lo tanto, Luv, Amoooor, como aquí subtituló Manolo Fábregas el empresario, cuenta cosas muy disimuladas de alejados cónyuges, sazonadas con la somera pincelada de un enfermo mental grave con todas las lacras de la neurosis como el fracaso absoluto, la ternura lastimosa y la impotencia total.

Con estos tres personajes Murray detiene el tiempo en uno de los célebres puentes neoyorkinos. Con mucha inteligencia, aquella que sobreviene al avance de la censura, esa que nace cuando se quiere ser leído por la burguesía sin que ésta sufra sobresaltos, los va haciendo hablar de sus motivos del lobo. El diálogo según los que lo conocieron originalmente, en inglés, en Broadway, expone las circunstancias culturales de un hombre común y corriente y una joven marisabidilla. En la traducción de Raúl Zenteno oímos parlamentos recortados por un concepto concesionario al gran público, en los cuales la ironía con la que el autor trata a su personaje femenino haciéndolo dar clases, como quien dice, a la menor provocación, desaparece. Entonces Elena recita en dos ocasiones especies de lecciones guerreras y deportistas, quedando por ello como una latosa declamadora de hechos más comunes que corrientes y muy de acuerdo con la idiosincrasia del marido, lo que hace más increíble su desunión.

Manolo Fábregas escogió esta obra guiado como siempre en los éxitos neoyorkinos pero en esta ocasión con prurito de dar una obra pseudo cultural a su público, lo cual es, aparentemente, muy agradecible. Escogió también a dos intérpretes muy encastillados en estilos propios, Ariadne Welter demostrando un impresionante avance en su profesión histriónica, muy bonita y en el pleno terreno de la superación, y a Emilio Brillas, a quien mucho se conoce sobre todo como actor cómico, y el cual falla en el papel de Paco porque está hecho para alguien que tenga un profundo sentido del drama y una gracia fresca para la comedia, es decir: todo un actor. Y si Ariadne consigue una presencia bastante efectiva, un perfil que es el que más cree en lo que dice y hace, en cambio Brillas desbarranca porque ni se le cree ni él cree nada contenido en su voz mal educada y viciada.

Manolo Fábregas por su parte se reservó el papel del galán del triángulo, del hombre con un profundo sufrimiento interior que verbaliza en palabrería sin cuento y en acciones falsas que luego le traen más angustia y mayor soledad. Y él, como los otros (ya dije que Ariadne en menor escala) también peca en la poca autenticidad, en el actuar sin amar a su personaje, en el decir algo y no parecer que lo está sintiendo. Quien esto escribe siempre ha elogiado a Fábregas como hombre de teatro y ha aplaudido muchas actuaciones suyas sensacionales e inolvidables, como aquella de El baile, El ojo público, o Mi bella dama. Ahora es imposible el aplauso porque por desgracia quien esto escribe no creyó a Fábregas el actor.

La dirección es viva pero en momentos se cuelga por lejanía de los intérpretes. La escenografía es espléndida y se debe a Julio Prieto.