FICHA TÉCNICA



Título obra Kayoi Komachi

Autoría Kannami

Notas de autoría Kasuya Sakai / traducción

Productores Instituto Nacional de Bellas Artes

Notas La temporada de Teatro Noh incluyó la obra Tsuhemasa

Referencia María Luisa Mendoza, “El Noh en México, D. F.”, en El Gallo Ilustrado, no 230, supl. de El Día, 20 noviembre 1966, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

El Noh en México, D. F.

María Luisa Mendoza

Legendario es el teatro Noh y más todavía para nosotros que nunca habíamos tenido la oportunidad de contemplarlo. Apenas unos intentos absolutamente contemporáneos en El Granero que nada absolutamente tenían qué ver con la realidad de este género teatral tan absolutamente tradicional y antiguo, producto de los siglos X al XVI en el Japón.

Para un occidental, un americano en nuestro caso, la contemplación del mismo es en definitiva una sorpresa y un desconcierto, un esfuerzo interior para comprender lo que pasa –no pasa, mejor dicho– en escena, y la actitud final del contemplador ante una obra de museo.

Muchos pensamientos se agolpan en el cerebro ante la inmovilidad que sitia la inteligencia y la hace imaginar otras ideas que revolotean y se mueven en contrapunto con el estatismo de canto y levísimos parpadeos musculares que constituyen el Noh en su integridad... por ejemplo que el teatro Noh no tiene caso de existir más que como dato cultural, que si bien es cierto que La Comedie de France o el Old Vic nos han parecido en momentos caducos como compañías y no-movimientos, este Noh es la sublimación más alta de la inutilidad.

No-teatro basado en un canto monocorde acompañado de dos tamborcitos y una flauta que emiten música monofónica, en donde se cuentan cosas de ultratumba, los actores, todos hombres, no muestran el rostro, lo cual hace todavía más duro de entender ese tema que ya no nos interesa hoy como elemento de vida, esa muerte y esa resurrección, tan alejadas de nuestro sistema de vivir la vida contemporánea.

No por ello debiera uno alejarse de la posibilidad de ver de cerca una representación Noh, ni mucho menos, pero verla una vez en la vida y ya. El INBA en ese aspecto ha cumplido con su cometido y se le agradece, lástima que el Noh sea tan aburrido.

Los actores caminan en escena arrastrando lenta, lentísimamente sus pies en calcetines, duran mucho tiempo más del de una cámara lenta para moverse, apenas, en la ira, dan mínimas patadas retenidas por poderosos músculos, suben los brazos simbólicamente, a la frente por ejemplo, como llanto, y cuentan cosas de cerezos y noches heladas, que son acompañados por el retumbar del tambor y los gritos emitidos por dos tamborileros, gritos guturales en contrapunto con el canto lúgubre de un coro de sacerdotes arrodillados y también estáticos.

Claro que es hermosa, hermosísima la ropa sacada del devenir de los siglos, regias telas, brocados sin igual, sedas retenidas en moldes rígidos que las levantan. Claro que las máscaras tradicionales conmueven en su belleza innegable, pero, con franqueza y sin pedanterías ¿qué puede a uno importarle de esos mitos si no que eran sólo los grandes espectáculos de los hombres de ayer?

Aquí vimos Kayoi Komachi, de la autora Kannami (1333-1384), traducida por Kasuya Sakai, con la historia del comandante que se enamora de la bella Komachi, una poetisa que tuvo la crueldad de exigirle a su enamorado comandante que pasara cien noches fuera de su puerta, y el cual, claro, a las noventa y nueve murió tal vez víctima de un pulmonía. Como retribución a su malvada actitud la señorita Komachi es condenada a vivir y morir en la soledad. Ambos amantes vuelven a la tierra en espíritu, alegan y son perdonados rumbo al sendero de Buda.

Y vimos Tsuhemasa, otra historia de un guerrero muerto que platica cosas de su vida oyendo másica y se vuelve al infierno sin ser salvado.