FICHA TÉCNICA



Eventos Festival de Otoño

Notas La autora comenta las obras participantes en el Festival de Otoño

Referencia María Luisa Mendoza, “¿Quién le teme a los festivales?”, en El Gallo Ilustrado, no 228, supl. de El Día, 6 noviembre 1966, p. 3.




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Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

¿Quién le teme a los festivales?

María Luisa Mendoza

Vinieron de todos los picos de la República los muchachos actores, los directores, las gentes que quieren hacer el teatro en este país nuestro tan de teatro. Vinieron al Festival de Otoño, a concursar en el Teatro Hidalgo, del 17 al 29 de octubre que ya pasó en estos fríos de casi-invierno. Y el festival resultó muy interesante aunque no entusiasmante. Es decir que, cuando uno va a él no espera encontrarse ni mucho menos grupos a lo Stratford-upon-Avon, pero sí un cierto interés en la dramaturgia contemporánea, en la de casa sobre todo porque México tiene ya obras muy dignas de escenificarse y éstas además están mucho más de acuerdo con la idiosincrasia de los jóvenes provincianos.

En resumen el concurso se dignificó en su totalidad con dos grupos sobresalientes, uno de ellos, el de la Zona de Oriente (Veracruz) presentando a ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, acaparó premios, y el otro, el de la Zona Sur (Chiapas) con una puesta en escena correctísima de Los cuervos están de luto.

Hubo así dos directores entre todos: Ernesto Díaz Reyes con la obra de Edward Albee, y Gustavo Acuña Gómez con la de Hugo Argüelles, y por lo tanto dos grupos, los comandados por cada uno respectivamente.

Por lo que de nuevo muy seriamente y breve porque no puede ser largo, ustedes entienden, un análisis somero del asunto:

Para empezar con:

Vamos a contar mentiras

De California los muchachos. De España la obra. De la mediocridad el origen. No obstante un buen grupo, un grupo homogéneo y disciplinado, un tanto en la exageración pero con el ritmo que necesita una comedia ligera. El público primero asorpresado[sic] de que en un concurso estuviera una obrita tan banal, siguió con atención y luego gustó las peripecias de la risa que el señor Alfonso Paso cocina para la burguesía madrileña del 66. Lástima de esfuerzo, y qué pena que hayan tirado tanto talento en saco tan roto, tan obvio, tan comercial, tan de taquilla. Eso lo que menos se quiere de la provincia, imitar a los reyes de la españolada como ambigú teatral. Lástima, porque la Bernardina Green tiene mucho camino por recorrer.

El juicio

Muy recomendada venía la obra original de un joven autor de Chihuahua. La iban a representar los inquietos teatreros de la Zona del Norte, los estudiantes del Teatro Universitario de Chihuahua. Y vimos sí, la búsqueda, la alegría de ir tras de una meta trascendente. Pero vimos también, empezamos a constatar, que los autores de hoy, los que empiezan, han perdido parece que para siempre el sentido del humor y no hacen más que recorrer en dramaturgia el sentido del honor. Es terrible que en las obras de bisoños autores brille por su ausencia esa gracia de la inteligencia, el alma verdadera del valor para vivir y para decir cosas terribles o filosóficas. Empezamos a darnos cuenta que todos quieren ser Becket sin lograrlo, sin conocerlo, sin haberlo visto puesto en escena, como si el recuerdo de Esperando a Godot, que alguna vez pusiera aquí el maestro Salvador Novo para memoria de nuestra juventud (además el gran autor arranca la sonrisa aún en amargura), los hubiera marcado como meta.

En El juicio Ignacio Santos Fernández abusa de la retórica y se sumerge en la perogrullada, se vuelve impenetrable y produce aburrimiento. Pero tiene talento, tiene posibilidades inapreciables de diálogo y de estructura dramática. Santos debe seguir escribiendo. Le sirvió y muy bien el director Fernando Saavedra, aunque cayó en momentos en la arritmia que cansa (como hacer seguir al público a un actor reptante, de un extremo al otro del escenario). Saavedra posee igualmente un innegable talento de director, y tuvo instantes de honda belleza plástica.

El universo microscópico del doctor Flagg

José María Pino Méndez se llama otro autor que vio subir a escena, por los jóvenes de la Zona del Centro, su obra en dos actos y de largo título. El también peca del desesperado error de querer ser trascendente y escribir así como así una obra de envergadura sin tener ni la experiencia ni los conocimientos necesarios para ello. Sitúa a tres actores en una especie de cárcel abstracta y simbólica a esperar algo que es como Godot. Los hace así hablar sin parar durante mucho tiempo diciendo frases caóticas que poco expresan y sí confunden el lógico desarrollo del teatro que se presencia. A veces piensa uno que Pino escribió automáticamente lo que se le iba ocurriendo por lo que a veces acierta en el hallazgo y otras resbala en lo obvio o sin sentido. Claro que aquí también la risa fue condenada por el autor como una mancha, pensando que todos los hombres son tristísimos y las mujeres no existimos. La dirección tuvo aciertos, ritmo, pero tropezó con escenas de muy mal gusto, torcidas y pasadas de moda, que evidencian influencias deplorables. Francisco Guerrero Medina no balanceó las voces de sus actores y permitió que todos hablaran igual, con idéntico sonsonete que cansa e identifica los estilos, los temperamentos, los talentos mismos.

Una pura y dos con sal

Para esta representación no hay calificativos porque se quedó en el intento. Puso en evidencia la pobreza de la obra en sí, su inexistente originalidad, y lo que es peor: subrayó la vulgaridad de la misma, lo cual es culpa directa del director que volvió gruesos muchos aspectos apenas descarnados de las situaciones de una vecindad que vista y probadísima en Los signos del zodiaco [sic]. Jesús Luna Tenorio desaprovechó cualquier oportunidad que pudieran brindarle sus actores, inclusive Virginia Chichia, hiperbólica, pésimamente maquillada y absurda, pero permitiendo salir a veces un talento insospechado.

La obra de Antonio González Caballero la pusieron los jóvenes de la Zona del Suroeste.

Los cuervos están de luto

La juventud de Chiapas siempre se ha significado por su amor a las tablas. Posee un talento especial para decir en escena muy bien lo que se propone, y si el año pasado se vinieron abajo sus esperanzas con la escenificación de un mal poema, este año se llevaron muchas palmas. Los distinguió la dignidad, y sus actrices propias y graciosísimas, como es Piedad inolvidable a cargo de Cristina Muench Navarro, una Mariana lindísima en el perfil maya de Socorro Cancino Utrilla.

El director Gustavo Acuña Gómez merece las fervientes felicitaciones por su inteligente trabajo, lucidor, brillante, por la rítmica presencia de sus actores, porque cada uno de ellos estuvo en papel. Merece loas el escenógrafo que es él mismo por funcional su decorado y cumplidor. Chiapas habríase llevado el premio si no hubiera venido hoy esta justa lid Veracruz.

Miralina

La obra de Marcela del Río, tan exigente de ritmo, de vivacidad, de gracia en la escenificación, ahora con los actores de la Zona Centro-Oriental se vio debilitada en su contenido de análisis y esquizofrenia, salvación y amor en última instancia. Lo que profesionalmente llamó ayer la atención en Miralina, hoy tomó las riendas de un caballo que no las acepta y se desbocó. Los actores, muy jóvenes naufragaron en un palabrerío inútil. La escenografía de Gustavo Velázquez era sugerida y poética. La dirección de Carlos Olvera se acercó muchas veces al cumplimiento del deber.

La noche de los asesinos

Antes de hablar de la triunfadora, nos posaremos levemente en esa obra de José Triana, cubano, para decir que: tiene las fallas del primerizo en teatro, querer decir mucho sin decir algo, trascender, ridiculizar, zaherir a los hombres, hacerlos viles, malvados, neuróticos, locos, desamorados, encarcelados, etcétera. Como su nombre lo indica La noche de los asesinos acabó con el brillo de la noche. La Zona del Noroeste puede muy bien escoger autores de vanguardia de la nacionalidad que sea (y nos felicitamos íntimamente de que haya caído en suerte en un cubano) pero... debe seleccionar mejor, no se puede perder el tiempo en tragedias de tan mal cuño, ni hacerlo perder al público.

¿Quién le teme a Virginia Woolf?

Y para terminar, este ejemplar grupo. Ya el maestro Novo y los jurados que fuimos hoy no exterminadores, dijimos, dijo: "La absoluta perfección con que este grupo logró montar una obra particularmente difícil, lo hace no sólo merecedor del premio que le concedemos (grupo, dirección, actriz, actor) sino señaladamente valioso como ejemplo del nivel a que debe aspirar el teatro de la provincia –y aún de la Capital–".

Ante el público Veracruz probó que sólo Veracruz es bueno. Con una actriz del tamaño de la catedral, una Martha excelentísima, llena de matices, de oscuridades y clara dicción: Alva del Llano, muy mejor actriz entre actrices, desgarrada visión del personaje de Albee que exige una verdadera capacidad dramática y una memorización antológica. Y la señorita Llano sobresalió por la dirección atinada que le dio Ernesto Díaz Reyes, un muchacho que se parece a Gurrola y que Gurrola respetará si ve su trabajo premiado en la temporada que le corresponde en el teatro Jiménez Rueda del INBA. Pocas veces hemos visto en un teatro experimental el uso tan exhaustivo de las arias [sic] de actuación, el sentido innato de las orientaciones que debe tener cada parlamento, la fuerza de los comediantes en cada momento. ¡Bravo por él! Y por Vicente Gómez Bretón en el papel de Jorge. Y por Maricela Lara, y por Ulises Delfín. Y por la escenógrafa Araceli Altamirano. Todo un logro en un Festival que se honra en haberlos tenido de huéspedes y de triunfadores.