FICHA TÉCNICA



Título obra El mago de Oz

Autoría Lyman Frank Baum

Grupos y compañías Marionetas de Estocolmo

Referencia María Luisa Mendoza, “Oz y Ópera”, en El Gallo Ilustrado, no 226, supl. de El Día, 23 octubre 1966, p. 4.




Título obra La ópera de 3 centavos

Autoría Bertolt Brecht

Grupos y compañías Marionetas de Estocolmo

Referencia María Luisa Mendoza, “Oz y Ópera”, en El Gallo Ilustrado, no 226, supl. de El Día, 23 octubre 1966, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Oz y Ópera

María Luisa Mendoza

Pasaron por México las Marionetas de Estocolmo. Las marionetas que vienen desde quién sabe cuándo conformando el gran espectáculo del teatro, y que son los muñecos que hablan a los niños. Hay marionetas de todas las nacionalidades y colores desde complicadísimas en goznes y expresividad hasta las chiquitas manonas que un hombre enseña a la concurrencia urbana detrás de un forito miserable. Como esas de hule y vida que una vez en Santiago de Cuba vimos hacer la delicia de la chamacada: dos boxeadores, uno negro y el otro blanco, y dos gladiadores rubios y tártaros. Los movimientos de los muñequitos tenían la vida nerviosa y rítmica del luchador del ring, eran una verdadera delicia y los niños cubanos les gritaban cada uno a su partido, aunque el morenito guajiro que estaba detrás de mí me explicó en su español tragado y dulce de eses inaudibles que iba a ganar el negrito porque siempre a través de sus diez años el negrito había ganado.

Así vinieron hoy los estocolmosos a darnos una cátedra de cómo se incorpora la marioneta clásica al tiempo presente y de cómo ha crecido hasta ser del tamaño natural del hombre y de cómo vive en la oscuridad con vida propia iluminada con luz también negra para hacerle juego, y de cómo van y vienen en el aire ellas las marionetas y todo un mundo de utilería mágica. En El mago de Oz, aparecen sortílegamente pájaros, perros, ciudades, ríos, corazones, lunas, jaulas, coronas y cuanto hay, de pronto así como cosa de magiedad... y vemos unas marionetas primorosas de cuento de hada deambular, cantar, bailar, volar y hacer irónicas piruetas en el aire acompañadas de un león cara de león inmenso con un señor adentro que se llama Michael. Y vemos sus vidas chiquitas en escena negra y sabemos que los inventos en el teatro no han terminado y que puede salir una villa de un paraguas todavía aún.

Los estocólmicos nos dieron un Oz bellísimo de veras, inolvidable, aunque haya estado dicho en inglés, y sensacional para los niños que no lo borrarán nunca de su memoria.

Y nos dieron en cambio una representación fallida en contraste con esa primera deslumbradora: La ópera de 3 centavos, de Brecht, que ya empieza a tenernos hartos en tablas y pantallas y que ahora se hizo insufrible en un escenario ayer hecho poesía viva con Oz y su Toto, su espantapájaros, su hombre de hojadelata, su bruja del Oeste y la Buena...

Porque, para empezar, los estocolmados prescindieron de la luz negra y a luz cenital se movieron detrás de máscaras y muñecos de cartón muy bellos, muy guerniquianos, muy Picassos, muy Cuevas, pero demasiado estáticos –y no hay otro remedio– para soportar ellos solos la atención de un público que oía interminables diálogos en inglés sobre el tema de la Ópera, que no es precisamente de mi gusto más absoluto y esto es mi responsabilidad, porque aquí es en donde no encuentro el mensaje social de Brecht y me pierdo en las garras de la miseria y el engaño y la pobreza y el aburrimiento matrimonial. (Es decir que para mí, la sátira brechtiana no está lograda en La ópera, y de esto respondo, ni modo).

Demasiado texto para muy pocos monos... monos que dejaban salir a veces las manos enguantadas de los marionetistas, los pies o las piernas empantalonadas... entonces uno se pasaba horas pensando en verlos a ellos, a los hombres, harto de ver a ellos, a los muñecos...

Muy bien dirigida, eso que ni qué, en el más puro estilo y escuela de Brecht... es decir que la ilusión era rota a cada rato, que algún marionetista dejaba caer al muñeco y desaparecía tras cajas con él bajo el brazo, u otro se volvía en pleno escenario y mostraba su espalda y su técnica para mover al instrumento de trabajo. Bien, pero... era largo y era aburrido, ni modo.

De cualquier modo los estocolmudos nos encantaron, su profesionalismo, su ritmo, su rigor, su gracia y sus dos ramas de actuación tan distintas y tan respetables ambas.