FICHA TÉCNICA



Título obra Cuestión de narices

Autoría Maruxa Vilalta

Dirección Óscar Ledesma

Elenco Salvador Zea, Raúl Quijada, Andrea Cotto, Marta Ofelia Galindo, Ignacio Montero, María Wagner

Escenografía Antonio López Mancera

Referencia María Luisa Mendoza, “Cuestión de narices”, en El Gallo Ilustrado, no 222, supl. de El Día, 25 septiembre 1966, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Cuestión de narices

María Luisa Mendoza

Maruxa Vilalta no cesa en su empeño admirable de ser uno de los pilares del teatro contemporáneo mexicano. Y a costa de su tiempo libre lo está siendo en la más grande extensión de la palabra, porque no sólo es ya una dramaturga muy respetabilísima sino también una directora de primera y una jefa de relaciones públicas de insospechada habilidad, y digo insospechada no porque en ella admire alguna de sus muchas virtudes, sino porque en un medio cerrado y arisco como es el teatral de casa puede estar con tirios y troyanos en un igual terreno de conocimientos gentilezas. Aún más explicado el asunto, Maruxa, que es también crítica teatral, converge en los dos extremos de la dramática actual, en la conservadora y en la vanguardista. Su camino como escritora es, desde luego, este último.

Ya hemos visto muchas obras suyas a cual más representativa de su postura blanca y valiente. La penúltima fue El 9, en donde intenta una denuncia feroz del maquinismo y la locura fabril. Ahora prosigue en la línea con Cuestión de narices, que es el conjunto de todos los símbolos de la opresión y la estupidez. Aquí Maruxa se dio gusto con el simbolismo, lo plantea desde una pelota que es el mundo y que se la disputan dos niños, lo prosigue con la lucha del político y del magnate industrial por la preponderancia, y lo culmina con la guerra en sí en un Romeo y Julieta muy del momento. El terror de la bomba atómica no les importa ni a los niños ni a los hombres que pelean por la pelota y por el tamaño de las narices. Sólo hay un inválido que viene directamente del teatro pánico y una pareja del amor que se oponen a tanta estupidez y a tanto dolor ofrendando su propia vida inútilmente.

Es el teatro del esqueleto este de Maruxa, el teatro de lo concreto, el teatro de la línea necesaria, el teatro del hueso, pues, en el que se dice de la manera más simple y para algunos tal vez primaria, pero absolutamente voluntaria, se dice lo más importante de la manera más fácil y natural. Es como un apunte, como un dibujo aparentemente sencillísimo de un pintor moderno y un tanto figurativo.

En las últimas escenas, en los últimos párrafos llega la autora a una repetición obsesiva entre los contendientes, a un dialogar con las mismas oraciones que demuestran cual es la verdadera actitud, en esta obra: la de la renuncia al palabrerío y la retórica.

Además Maruxa fincó su estructura dramática en estampas, en pequeños cuadros que cuentan en el ascetismo una situación conflictiva que tiene, además, como una nota contrastante: la dirección barroca, matrimonio que da por resultado teatro vivo, nervioso y directo.

Como director, Óscar Ledesma realiza un trabajo vital muy interesante, fallido en ocasiones, muy rítmico y con originalidades y lugares comunes también contrastantes. No obstante cualquier falla que pudiera encontrársele, el sólo de manejar en escena a veintisiete actores es ya digno de un aplauso cerrado por lo difícil y angustiante que puede resultar. El hecho mismo de fincar los diálogos uno tras otro entre tanta gente también es heroico, y el hecho de poder unir a tal grado a la multitud, a la obra y al decorado sugerido también se lleva palmas y loas, como diría el antillano. El decorado sube al telar, se esconde entre cajas, entra y sale con una premura magnífica, con mutis ejemplares. Escenografía de Toño López Mancera. Y para terminar, entre tanto actor sobresale Salvador Zea, Raúl Quijada, Andrea Cotto, Marta Ofelia Galindo, Ignacio Montero, María Wagner, etcétera.