FICHA TÉCNICA



Notas La autora contesta la pregunta ¿Qué pasa con el teatro en México? y hace un balance del trabajo de Rafael Solana y de ella misma como críticos

Referencia María Luisa Mendoza, “Soy un pobre venadito que habita en la serranía”, en El Gallo Ilustrado, no 220, supl. de El Día, 11 septiembre 1966, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Soy un pobre venadito que habita en la serranía

María Luisa Mendoza

Comentario de María Luisa Mendoza a la conferencia de Rafael Solana del ciclo ¿Qué pasa con el teatro en México?, sustentada el 15 de agosto en el Instituto Cultural Mexicano Israelí.

Respuesta a Rafael Solana con todo cariño:

"Soy un pobre venadito que habita en la serranía..."
Canción popular muy mexicana.

"Maldito corazón me alegro que ahora sufras..."
Otra canción mexicana muy popular.

Querida gente, tanta gente, la gentedad, gente de secta y de secto, gente partidaria de mi amigo Rafael Solana a quien yo tanto quiero, gente mía, mi gente, mi única gente. Dedico esta conferencia bis, esta respuesta postmortem a Sor Juana Inés de la Cruz y a Ruiz de Alarcón y a toda la gente que lo acompaña.

¿Dónde está Godot?, no esperemos gente a Godot porque no va a llegar Godot. Rafael Solana está aquí en sus palabras que todavía no puedo creer y está en la Plaza Roja de Moscú, probablemente contemplando el lugar donde estaba el cadáver de Stalin, o está a la mejor muy cerca de Cracovia en Nowa Huta, –el asombroso centro teatral de vanguardia– tose y tose, porque ya vimos que a mi amigo Rafael Solana el teatro nuevo no le produce taquicardia como a mí. Al fin Rafael se nos fue, pero tuvo antes la bondad de dejarnos sus palabras para que le tuviéramos muy presente, que no se me vaya a olvidar y para hacer sufrir a mi corazón y a mi pedantería.

Rafael nos cuenta primero –mi querido Rafael– su pasado y sus "motivos de lobo" en el teatro de casa, sus inicios precisamente en la Casa de la risa y en tantos otros salones de comedietas españolas donde empezó a hablarse de tú con Sara García, la Conesa, la Rivas Cacho, eran los alegres 20, en los que yo todavía no era imaginada por Dios para nacer en Guanajuato frente a las nueve musas momificadas que hacen visiones arriba del teatro Juárez de mi pueblo, Rafael aplaudía en la platea de su familia en el Ideal. Yo, me había de tardar todavía muchos pero mucho para aplaudir en el tercer piso del Palacio de Bellas Artes la obra Los signos del zodiaco, que Sergio Magaña estrenara y convulsionara con ello mi vida entera, echara a perder la tranquilidad de mis noches y dándome el placer, con el tiempo, de decir emulando a Rafael que me hablo de tú con Nacho López Tarso, Ofelia Guillmain y Carlos Ancira. Conozco siquiera superficialmente el Teatro de Nancy, París, Reins, Varsovia, Roma, Barcelona, Madrid y La Habana, y sobre todo el de Nueva York, en tres temporadas internacionales, en una de las cuales vi Hamlet, con Richard Burton, absolutamente bello, sentada al lado de Rafael Solana después de haber bebido y comido como emperadores en un restaurancito de Times Square, así, más o menos a mano de mi amigo ese de los viajes interoceánicos –miren que habérsele ocurrido irse ahora que tanto lo necesitamos– de las crónicas de estupor que relatan sus penas y mortificaciones, risas y alegrías sin igual en el teatro del mundo, se lanza hoy a exponer con esa amabilidad bien educada, con esa claridad espontánea que le han devuelto un millón de lectores deveras sin dormir ni parpadear. Se avienta a aceptarnos que el teatro mediocre es el que salvará a nuestro glorioso pueblo de Tenochtitlán y alrededores, siempre y cuando esté basado en nuestros problemas ante y posrevolucionarios; en las angustias de los veracruzanos, que ya les anda por venirse a vivir a la capital; en las irremediables solterías de las señoritas celayenses, que suspiran aunque sea por un cadete; en los terrores metafísicos de los hijos de Sánchez, viviendo enfrente de Tlatelolco, lleno de señoras en su balcón; en los asesinos políticos, siempre y cuando la acción pase en un lugar de Latinoamérica; en los diálogos filosóficos de los campechanos, muy enojados con la hija pródiga que vuelve a la casona de helechos y palmeras a revelar su decisión de volverse a casar, aunque ya no sea por la iglesia.

Dice Rafael Solana, con esa ambivalencia que lo caracteriza, hija muy hija de la inteligencia, sobrina política del talento, que al teatro mexicano le han salido padrinitos nacionales que lo empujan mechudos y beatleanos al preciosismo ridículo y a la pedantería. Dice Rafael que el teatro no puede ser de camarilla, de camaradas, de camaristas, de cámara en una palabra. A mí, en lo personal, me extraña mucho esta afirmación de mi dilecto amigo; porque con la venia, él siempre ha pertenecido a grupos exclusivísimos llamados mafia –antecedentes ilustres de la hoy capacaidísima mafia actual, que ya no sirve ni para un barrido ni para un fregado. Pero sí, yo conocí a Solana cuando era cabeza sin canas de aquel brillante grupo que formaba con Wilberto Cantón, –aquí, en la valentía presente– Luis G. Basurto y muchos otros más; todos muy inteligentes, todos dueños de mi amor, mi cariño y mi admiración... pero en fin, ahora le da a Solana por pegarle a las nuevas casas que no son de la risa sino de la ira; a la Casa del Lago, tan inocentemente torcedora de cuellos de cisne, de Ionesco, de poesía norteamericana, de Brecht y demás enemigos de lo nuestro, fuerte, telúrico; a La Casa de la Paz, en guerra con la intrascendencia en punto de ebullición, como el último laboratorio de la cultura que nos queda en el DF, región claúdica [sic], casa de abuelos y de señores míos muy amados. Pero Rafael no debe afligirse, a esas casas no va el pueblo, ese pueblo de la raza de bronce, vamos unos cuantos pedantes y osados y nos gusta, nos gusta lo que ahí pasa: el experimento, la inquietud. Y es de nosotros –yo hablo en primera persona porque soy la representante nacional, gracias a Rafael, de la legión de los críticos pedantes. Amo el teatro tanto como él, porque ¿quién le dio a Rafael Solana la exclusiva del amor? Y lo amo más porque amo la parte sana del teatro, la parte inteligente, la parte culta, la parte que me hace pensar, que me irrita, que me asusta, que me conmueve, que me aflige el espíritu, que me saca de la mediocridad, de lo gris que es vivir sin pensar. Pienso en el teatro, exijo mi derecho inalienable de pensar, motivo por el cual le concedo a Rafael Solana su derecho de calificarme por eso, de pedante; al final de cuentas sigo su ejemplo, aquel de su juventud rebelde, ese que lo lleva a ver teatro en todos los idiomas, a sentirse honrado al asistir a una obra suya representada en Alemania en alemán, tanto como le agrada que la representen en una carpa en el interior de tierra adentro.

Dice Rafael que el teatro de cámara que yo aplaudo no permite que le caiga encima la mano del pueblo, esa mano que hace su propio teatro y aplausos nutridos como en tortillería, una tortillería mayúscula, una tortilleriota, fábrica de redondos maíces molidos tiernitos, ricos para taquear. Y yo le pregunto: –Oye Rafael, tú que estás allá en Europa, tú que te paseas por el estalinato, por la vieja ciudad de Varsovia reconstruida por los hombres con la asiduidad minuciosa que nos reconstruimos aquéllos que fuimos alguna vez bombardeados, destruidos, pero que queremos seguir viviendo; yo te pregunto: –¿Qué conceptúas como pueblo?

Yo voy al teatro mucho, demasiado; y eso a veces es una maldición. Veo a mí alrededor y no veo al pueblo en ninguna parte. Veo una clase media en las temporadas de Manolo Fábregas. En las de Lerner, un público formado por señores de chaleco y señoras peinadas de salón para verse guapetonas. Veo un público de estudiantes en la Universidad; y hoy, en Bellas Artes, ahora que dirige el Departamento de Teatro Héctor Azar, que es la juventud misma –amigo mío de mi vida–, veo a la gente que va a los espectáculos de Alexandro, a la sala de estar de la dicha Casa del Lago. ¿Éste es el pueblo? Yo diría rápidamente que no, ni ese ni el de la taquilla comercial, ya sea la que representa una comedia broadwayana, policiaca, intelectual, estudiantil, etcétera. Entonces deduzco que se trata del pueblo que tú miras en las temporadas del Fábregas, a espaldas del Correo Mayor. Y en ciertos aspectos tienes razón. Ese es un público pueblerino al que le gusta oír teatro en español con modismos mexicanos; a mí, también me gusta cuando es bueno, cuando es una Debiera haber obispas una Detrás de la puerta, una Las alas del pez, una El gesticulador... pero rechazo ir a indignarme con otras comedias que en absoluto maduran, ayudan a crecer al pueblo o lo impulsan a ver teatro, a exigir teatro de primera.

Desde luego yo comprendo que un tipo de teatro menor debe existir, como debe existir el vodevil y teatro de revista, pero no encuentro por ninguna parte tu razón para colocarte en las huestes que tanto daño han tratado de hacer al mundo sin lograrlo. Aquellos del grito: ¡Muera la inteligencia!

Sí, de acuerdo, hay que crear el público, sin público no hay teatro; pero hay que crear un público que sepa distinguir qué es teatro bueno o malo, un público entusiasta pero que también se atreva a gritar, patear, silbar y recular en último caso, saliéndose al primer acto; y esto –otra vez con la venia de Solana– no es factible si no hay comparación posible.

Rafael Solana mismo acepta esta lógica irrebatible: a más conocimiento, más exigencia. Por eso en sus declaraciones hay tanta contradicción.

¿Cómo se levanta de su asiento para exigir mediocridad? Porque a pesar de que disfraza su sentencia con una especie de lucha abierta en contra de los enemigos del pueblo, de los enemigos de lo mexicano, y que parece que solamente quiere él que haya teatro mexicano en las carteleras (lo cual ojalá fuera posible), en el fondo está haciendo una loa desmedida indigna, de él, de la anticultura. Parecería que emula a aquel sádico asesino alemán que dijo: "Cada vez que oigo la palabra cultura le quito el seguro a mi revólver".

Yo francamente, no quiero ver en toda la juventud que me queda el resto de mi vida puro teatro mexicano. Porque cumplir los anhelos de Solana de crear un mal público para que luego haya un buen público, se llevaría unos 50 años y en ese lapso se me antoja conocer muchos autores del mundo entero, clásico o por venir, junto con las obras de mis hermanos chichimecas los cuales aplaudiré a rabiar como una posesa cuando considere que en mi verdad, tal vez equivocada, se lo merecen. Cosa que por otra parte he hecho mucho desde que ejerzo el oficio de crítica, lo cual a Solana el autor le consta.

Quiero ver teatro, anhelo ver teatro, necesito ver teatro, me urge ver teatro del mundo, por lo cual no puedo ni mucho menos estar al lado de Rafael Solana, mi querido amigo de mi vida.

El teatro feíto, chorreadito, negrito, mugrosito y mal educado, si yo fuera la madre de vecindad de la que habla Rafael, lo lavaría, lo educaría, lo enseñaría a comer en la mesa con corrección y amaría apasionadamente su color moreno, negrito, por ser ese mi color y el de mis padres, mis hermanos y el de mis amigos. Entonces haría un teatro digno de ser visto en cualquier lado: invitado, respetado y escuchado. Porque un teatro que sabe hablar de lo que su propio espejo refleja y lo habla con el lenguaje del arte, es un teatro que habrá de llegar a la masa, al público totalmente, así nos opusiéramos los 3 ó 4 pedantes que infectamos la crítica teatral de mi país.

Por ese teatro estoy luchando y por ese teatro jamás haré una sola concesión mientras me alcance la vida y no emita mi último suspiro, suspiro del alma, que Rafael subraya para hacer más visible aún mi soberbia y mi pedantería.

Y otra cosa: no podemos respetar a un público que no sabe escoger ni distinguir entre lo bueno y lo malo. Si prefiere nada más esto, es su problema, no el mío.

Mientras en México se alabe y se instituya la mediocridad, lo peor es nada, no habremos dado un paso saludable hacia ninguna parte. Para vivir hay que nacer. Para vivir cuando se es ya maduro hay que volver a nacer. El teatro de México ha nacido ya, nació de un padre pedante y culto: de Villaurrutia, de unos hacedores pedantes y cultos Los Contemporáneos y ya empieza a estar grandecito; no podemos tolerar las majaderías y torpes balbuceos. Yo no le veo en ninguna parte al teatro la mamila y el pañal. Veo a un teatro joven, criollo, moreno y mexicano, al que le hablo de tú a tú como estudiante de filosofía –dijéramos– que es.

Ese teatro quedará y vivirá, siempre y cuando haya en él obras que queden y vivan. El Quijote fue leído en su tiempo por los pedantes. Sigue siendo leída por los pedantes. El Quijote es El Quijote: con la premisa de Rafael no había de ser escrito puesto que no llegaba al pueblo. El Ulises de Joyce lo leen los pedantes. El Ulises de Joyce quedará para ser leído dentro de 500 años por los pedantes.

Si sumamos a los pedantes que leerán a Joyce dentro de 500 años habremos descubierto que habrá sido leído por más lectores que por los que ahora se refocilan con Pérez y Pérez, Spota, Rubén Romero y López y Fuentes. Los espectadores que han visto en los siglos Edipo Rey, suman millones de pedantes, quiero para mi patria esos millones de pedantes diseminados en los siglos y no una bola de gente contemplando extasiada: Como se muere el macho –de Edmundo Báez. Porque comió un aguacate.

Rafael sostiene una inusitada teoría de la mediocridad que sólo es comparable con las teorías sobre arte que perpetran los chinos y que propugnan por condenar todo elemento intelectual y de vanguardia para que llegue a los obreros, campesinos y soldados sin contaminación y en las que se asesina todo aquello que aleje el fin didáctico y pedagógico; teoría que alguno podría justificar como elemento de propaganda en su primera etapa, pero que es rechazable en todos los puntos libertarios que se vea.

Solana se aleja así de ese prodigioso experimento llevado a cabo en Cracovia, Polonia, en la ciudad de Nowa Huta, fundada por los alrededores del 49 y que tuvo que resolver sobre la marcha, la institución de un teatro para el pueblo, primario y didáctico, o adelantado, o clásico y de vanguardia.

Los polacos se inclinaron por esto último para sus obreros y campesinos y hay que ir ahora a esa ciudad para enterarse de las obras que ahí se escenifican y del índice cultural dramático que posee el público iniciado con los más altos del teatro universal, a pesar de haber sido ese público prácticamente analfabeta.

Y por último, de un maquinazo, Solana desmiente su propia formación culta y además intelectual, su amorosa persecución del gran teatro en las capitales europeas. Quiere ser entonces el único que compare, que tenga la vara de medir, el único mexicano que ve teatro en Japón, Finlandia, Rusia o Puerto Rico y venga a decirnos a nosotros que estamos condenados a darle vueltas a la noria en México, que tal obra le vendría que ni mandada a hacer a Fernando Soler, pero qué bueno que no haya fecha en ningún teatro azteca para tal placer sin igual, dado que Cada quién su vida, tiene acaparados todos los foros para darle gusto al público de la Merced, la Portales, la Sifón y la Banjidal.

Hoy no estoy de acuerdo con Rafael Solana, que lo quiero mucho al Rafael Solana de hoy; sigo yo estando con Rafael Solana el de la poesía, el del soneto impecable, el de la obra escénica de altos vuelos. Y sé, absolutamente lo sé, que él entenderá mi comentario; porque lo que yo pienso también es de su propiedad, en mucho me lo ha enseñado.

Creo que Rafael Solana va a darle al teatro de México muchos otras "obispas", ya que él nos contó que le va muy bien con los empresarios y que sus obras apenas las está terminando cuando ya están siendo ensayadas. Eso es lo malo. Si Rafael dejara dormir en el horno sus comedias y luego las puliera, le estaría yo contestando al más grande dramaturgo de México.

Así, en espera de las obispas que debía haber, ya me voy despidiendo. Sé que puedo contar aún con la amistad de Solana porque él me dio la gran lección en mis inicios de crítica: Roberto Soto le puso una obra en el teatro Sullivan, era tan mala la pieza que en mi comentario dije que Rafael Solana debería irse a sembrar maíz en la hacienda de Soto para reparar el mal hecho. Rafael me encontró al día siguiente de publicada la nota agresiva y juvenil y me saludó con el mismo amor que me ha demostrado año tras año de mi vida.

Éste es Rafael. Ésta es su conferencia de hoy. Ésta es la polémica. La escena está servida.