FICHA TÉCNICA



Título obra La Gatomaquia

Autoría Lope de Vega

Dirección José Luis Ibáñez

Elenco Raúl Dantes, Rosa María Moreno, Jacqueline Andere, Sergio Jiménez

Escenografía Octavio Ocampo

Música Alicia Urreta

Espacios teatrales Teatro Julio Jiménez Rueda

Referencia María Luisa Mendoza, “Magia, magia Gatomaquia”, en El Gallo Ilustrado, no 215, supl. de El Día, 7 agosto 1966, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Magia, magia Gatomaquia

María Luisa Mendoza

“¡Oh Musas! Este gato había leído
a Ovidio y por ventura
de la fábula de Hércules quería
el ejemplo tomar, pues trevido,Hércules se figura...”
Licenciado Tomé de Burguillos.

Remitámanos a las notas de Agustín del Campo, las cuales publica el programa de La gatomaquia, sobre La gatomaquia, y como no tenemos otra información más culta, leamos cuidadosamente lo que dice Agustín, ya que no encontramos otro Agustín al cual citar:

“En 1634 aparecía a la luz pública el volumen intitulado Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos, que además de un crecido número de sonetos y alguna composición suelta, incluía un curioso poemita jocoso. La gatomaquia. El pretendido Tomé de Burguillos no era otro que el más eminente de los poetas tradicionales de España, Lope de Vega Carpio, el cual se había encubierto ya con aquel nombre en las justas poéticas celebradas en Madrid para conmemorar la beatificación (1620) y canonización (1622) de San Isidro. Al publicar La gatomaquia se encontraba Lope en la cumbre de su popularidad y de su prestigio, pero también en el declinar la vida, estragada por ímpetus irrefrenables y por continuos disgustos familiares. Iba dirigida la obrita a uno de sus hijos, Lope Félix del Carpio, “soldado en la Armada de Su Majestad”, joven díscolo y de carácter aventurero. No es ociosa la noticia pues acaso haya pocos, poetas que se dejen influir tan arraigadamente como Lope por la adecuación de la obra al espíritu, del destinatario...”

Y le paramos al licenciado porque si no se nos va a ir todo el espacio en sus explicaciones. José Luis Ibáñez, el gran amante del teatro clásico, ha vuelto a las andadas, a las lengüetadas ahora de los gatos parlabuenos, bienhablados, dicharacheros, recitadores, rescatadores de diptongos, maestros de la palabra absolutamente exacta, silva, y con medida. José Luis Ibáñez, con La gatomaquia, llevándola a escena, atreviéndose en lo que él llama un encuentro, no una adaptación, confirma que es el único en el teatro mexicano que sabe cómo se habla el español. Su espectáculo teatral, inmenso ejercicio teatral, impecabilísimo noble empeño de hacer del teatro un concierto de cámara para oídos avezados y atentos, ha tenido el acierto muy respetable de hacer de La gatomaquia, que es para ser leída, una epopeya cómica, como él mismo lo reconoce. Es cierto que en el primer tiempo el tiempo se alarga más allá de la paciencia del espectador teatral, pero también es cierto que el tiempo lo recupera en el segundo y en el tercer actos, hecho y dicho para ser escuchado, con una escenografía casi de insinuaciones, que no distrae en absoluto la belleza del texto, la impenetrabilidad en ciertas escenas, y que exige de uno una verdadera actitud de trance. Otro decorado habría dado al traste con el asunto, otro vestuario habría terminado con el hechizo.

Sus cuatro sensacionales actores están en pleno estado de gracia palabreril. Entre ellos, dos de la camada de oro de una generación cada vez más asombrosa: el perfectísimo Raúl Dantes y la adorable Rosa María Moreno, catedrales de la vocalización que sale sin que ellos se oigan y para ser, repito, oída. Dos maestros, con dos nuevos elementos admirables: la bella gatita Jacqueline Andere que es la coqueta novia de Micifuz Narciso, la mudable y cruel Zapaquilda, eterna perturbadora de Marraquiz, y el gato romano loco y apasionado. Este gato adorado y neurótico es nada menos que Sergio Jiménez en el maullido alerta del triunfo y la grandeza por delante, en tejados de oro y calles abiertas a su carrera que se abre.

Su dirección, gatuna Gatalea de amor, es prodigiosa. Su decorado de sensacional niño Octavio Ocampo. Su música de Alicia Urrueta. Todo delicioso, original, fresco gran experimento de la irrespetuosidad en forma de homenaje. Aquí sí, en La gatomaquia, se ve la correspondencia del idioma, y la situación gatohumana, con la puesta en escena del año 1966 por la gracia de Dios. No pretende Ibáñez, nunca lo hace, epatar ni pedantear, hace en su estilo de cristal de roca, de acero macizo, un experimento de laboratorio que honra su juventud y alienta a tomar otros caminos desconocidos: los de la imaginación y la inquietud, la cultura y la perfección. Si bien es cierto que en muchos momentos el idioma se hace incomprensible por culto, y antiguo este es un problema de nosotros los espectadores que hablamos el español de hoy y no estamos avezados al de ayer. Problema que, Ibáñez, con mucha soberbia hace a un lado y hace bien, en su afán de dar a conocer de las mil y quinientas y tantas, a saber, comedias Lopianas, la que no es comedia ni tampoco se le ocurriría a otro, por poema escenificar.

La ironía del parangón entre circunstancias gatunas y humanas, es encantadora. Lope le da una lección a su hijo, y de paso Ibáñez a nosotros, y todos muy enseñados. Hablan los gatos en lengua culta “que es en la que ellos se entienden”, los gatos Boquifleto, Colituerto, Zurrón, Lameplatos, Trebejos, Rodamonte (porque rodó de un monte), Mizilda, Raposo, etcétera.

El mejor enemigo de Ibáñez, puede ahora, echarle a perder la escenificación: con sólo llevar varios perros al Jiménez Rueda... los gatos saldrían volando... Yo, en personal, nada más les platiqué La gatomaquia a mis canes primogénitos... en honor de Ibáñez, claro, y que perdone Gironella si el consonante sale al paso.