FICHA TÉCNICA



Título obra ¿Cuándo se casa usted con mi mujer?

Autoría Jean Bernard-Luc y Jean-Pierre Conty

Notas de autoría Antonio Haro Oliva / traducción

Dirección Nadia Haro Oliva

Elenco Nadia Haro Oliva, Alejandro Ciangherotti, Guillermo Orea

Escenografía Antonio López Mancera

Espacios teatrales Teatro Arlequín

Referencia María Luisa Mendoza, “¿Cuándo se casa usted avec ma fame [sic]?”, en El Gallo Ilustrado, no 212, supl. de El Día, 17 julio 1966, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

¿Cuándo se casa usted avec ma fame [sic]?

María Luisa Mendoza

Sí, sí es un auténtico vodevil éste de J. B. Luc y P. P. Conty seguidores dignos y métricos –del Metro– de Feydeau. Aquí le titularon ¿Cuándo se casa usted con mi mujer? y está basado en suposiciones, situaciones equívocas, graciosos contratiempos, puertas abiertas y cerradas, señores que se esconden en clósets, baños y despachos, y señoras que llegan una trás otra creyendo siempre lo contrario de lo que son las demás.

El reinado de la risa y de la supuesta nunca efectuada infidelidad. Es como la caricatura con buen humor de lo que en la vida es siempre una horripilante insoportable tragedia que acaba en muertos y sepultados, autoviudas y demandas de criadas en conciliación y arbitraje.

El vodevil, en última instancia, viene a ser el género más moral del teatro, más efectivo que cada quien se quede con su pareja, que un canto de carmelitas descalzas o un Port Royal con monjas que agonizan palmeando la atmósfera en son de paz y virtud, celibato y fe en Dios.

Es decir que el vodevil, se antoja para vivirlo si así fuera de fácil vivir. Son siempre un montón de maridos complacientes que nunca creen que sus mujeres los engañen y ellos sí engañan y los amantes creen que no y las amantes se aguantan un montón de desengaños y acaban acostándose en camas matrimoniales, matrimonios ayer mal avenidos y amantes que se juntan y forman trimonios bien avenidos...

El vodevil es el género de la vida eterna, es el sueño de un burgués, es el suspiro de la matrona envejecida, es la ilusión de las señoritas de buena familia, es el placer del hombre más casado que Bonaparte, es la esperanza de las señoras que están a punto de ser agarradas en la movida... con el vodevil como base, la vida sería un agradable corre que te alcanzo, escóndete en el consultorio, debajo de la cama, ponte mi pijama, hazte para allá, no pasa nada tía, dime que sí mi vida, casémonos otra vez, qué nos pasaba, pues siempre estás más guapa que la otra... y así.

Pero para hacer vodevil se necesita, en México por lo menos, un ingrediente básico: Nadia Haro Oliva. Ella es la única que tiene talento para sacar adelante la espuma del champagne que toma desde Francia hace años con la naturalidad que nosotros el tepache desde Toluca. Nadia es el vodevil en sí, por guapa, por intrascendente, por pujoncita, brillante, joven eterna, por talentosa, bien vestida, coqueta, dulce y por tener buen gusto. Nadia siempre es Nadia, lo cual en otro género sería el desastre, pero en el vodevil de casa es la base. Porque su público fiel va a verla a ella nada más encantado de ver cómo cambia de vestuario, no de figura joven. Siempre está en el mismo papel. Y solamente una vez la vimos a la altura del arte histriónico cuando actuó de viejecita con anteojos... y tal vez hoy, en que vive el papel de una tía abusada y moral digna de todo respeto de parte de cónyuges y amantes, y la cual, para desgracia de las señoras competidoras, está más guapa que ninguna. En esta pieza fácil y chistosa. Nadie finca la increíble pregunta de cómo es posible que Cianguerotti, el galán de edad, prefiera a una su sobrina feúcha y a una amantita más feúcha, teniendo en sus garras a esa tía formidable y primorosa que, en el camisón más sexi del último sexenio, no le produce ni un tic nervioso siquiera, casi se desconchinfla viendo a las otras en paños nada de menores.

En fin. Bravo a Nadia. Bravo a Cianguerotti. Bravísimo a Guillermo Orea, formidabilismo en la carcajada. Y ya. Los demás son bocadillos para la delicia. Incluyendo la ágil dirección de la misma Nadia, la escenografía de López Mancera y la traducción y adaptación del mayor Haro Oliva.