FICHA TÉCNICA



Notas La autora evalúa su labor como crítica de teatro

Referencia María Luisa Mendoza, “Confesiones de tribulación”, en El Gallo Ilustrado, no 211, supl. de El Día, 10 julio 1966, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Confesiones de tribulación

María Luisa Mendoza

Atribuladísimamente atribulada, la encargada de esta escénica sección, cuyo lema villaurrutiano de "La escena está servida..." ha dejado de funcionar, se dirige a ustedes frente a infinitas mesas vacías que, semana a semana más recuerdan aquella novela de La balada del café triste, que Trece a la mesa... Entonces, y pensando optimistamente que lo óptimo me es dado en lectores, trataré de pegüeñar [pergeñar] una excusa, un mea culpa, un acúsome padre, y expresar de pasada, que es, después de todo de lo que se trata, mi trauma antiteatral.

Una vez más suplico me sea excusada la libertad de usar la primera persona del verbo, más no es aquí una presunción, un atrevimiento (quien me enseñó periodismo obligóme lenta, pero inexorablemente a no decir "pienso y aseguro", sino "se piensa" "se asegura”... luego salté al "uno piensa", etc., porque como que se disimula...), sino que es precisamente a esta entidad mujer a la que le ocurren las tristes cosas de las mesas y los cafés.

Harán unos quince años empecé a escribir críticas de teatro, recién salidita de la escuela de Bellas Artes. Pero a escribirla exhaustivamente como si el teatro se fuera a acabar. No había obra nacional o extranjera, profesional o aficionada, estudiantil o de concurso que no atestiguara. Empecé a tener enemigos y de entre ellos adquirí a mis mejores amigos. Lo que me parecía bien lo elogiaba sin medida igual que destrocé, inútilmente, claro está, lo que a mi entender le hacía daño al desenvolvimiento de ese gran arte heroico y sobreviviente del teatro. Todo esto, naturalmente inútil del pe al pa.

El tiempo, con todos sus símbolos de tránsito: el reloj de arena, el viejecito de fin de año con guadaña, etc., pasó y el teatro capoteó cuanta crisis le sobrevino..., la última fue el cierre de los teatros del Seguro Social. Pero a mí se me fue acabando la gasolina..., los males se repetían, la irresponsabilidad no cesaba jamás, y el setenta por ciento de las obras llevadas a escena eran verdaderos bodrios sin exoneración ni absolución posible.

Entonces empecé a experimentar algo que por lo general les ocurre a muy pocos de mis respetabilísimos colegas: mientras más teatro veía, aquí y en el extranjero, menos ganas me daban de ir al teatro... Es decir, que con la comparación sensacional de las grandes puestas en escena, las obrillas menores sufrían un menoscabo que se merecían y la preferible ausencia de quien esto escribe, a su cara larguísima de aburrición. Empecé a hacer, traté de llevar al cabo lo que Fausto Castillo recomienda: salirme del teatro al primer acto. Una horrible pesadilla, porque no era gran pesar, me invadió al recurrir a este subterfugio, porque si bien es cierto, que la ausencia, como el sueño, la carcajada y la tos, es también una opinión, me parecía que pecaba de irresponsabilidad. Entonces, ante la perspectiva de sentir que se me asestaba un acto intolerable, y que si me retiraba me remordía la conciencia y si me quedaba, el sacrificio me parecía más allá de mis fuerzas, empecé a faltar a muchos estrenos. Tal vez a demasiados. Hasta que me encontré de buenas a primeras, en el camino de la madurez intelectual –valga la presunción otra vez– con que ya casi no asistía al teatro, más que a una obra a la semana. Yo contemplaba con envidia a mis colegas, a Juan Tomás que no se pierde nada, a Marcela del Río, incólume a toda la cartelera, a Rafael Solana que hasta viaja a los suburbios de la capital, al norte, al sur del país... ¿Y yo?.. Con los espectáculos del INBA, con los de López Miarnau, con los de Gurrola, con los de Alexandro, con los universitarios me conformaba... ¿Y mis lectores que no están cansados, que lo mismo miran Libertad, libertad que Los cuernitos? Es esta pues, la razón –si me asiste– por la que mi Gallito no ha dado sus cacareos teatrales. No trataré de enmendarme, creo que por nada volvería a mi adolescencia de todo por montones. Pero sí, buscaré, entre lo menos malo, algo que pueda yo analizar, dentro de mi posibilidad y verdad. Pero, no podía pasar un domingo más sin confesar, a los que me leen –gracias mil– las angustias, penas y mortificaciones que me han alejado de la escena, para la que vivo y sirvo, perdonen pues.