FICHA TÉCNICA



Título obra Yo también hablo de la rosa

Autoría Emilio Carballido

Dirección Dagoberto Guillaumin

Elenco Socorro Avelar; Angelia Peláez, José Alonso, Felio Eliel, Sergio Jiménez, Ángel Martínez, Socorro Merlín, Sonia Montero

Escenografía Guillermo Barclay

Coreografía Guillermina Bravo

Música Rafael Elizondo

Referencia María Luisa Mendoza, “Yo también hablo de la rosa”, en El Gallo Ilustrado, no 200, supl. de El Día, 24 abril 1966, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Yo también hablo de la rosa

María Luisa Mendoza

Este suplemento está dedicado respetuosamente a Miguel de Cervantes Saavedra, Señor de los Señores. Un genio sin mano izquierda, lepantiano glorioso. Sus estudiosos hablarán largo y tendido de grandeza sin igual, y cuando lleguen al teatro no les quedará otro remedio que decir que, Cervantes, no era precisamente un dramaturgo excepcional, a pesar de su Numancia. Escribió El gallardo español, El trato de Argel, Los entremeses, Pedro de Urdemalas, El juez de los divorcios, etc. Por lo que, con todo el respeto el Quijote de Alcalá de Henares, pasamos al teatro de nuestro tiempo, máxime si este es bueno y es mexicano.

A Yo también hablo de la rosa. La última obra de Emilio Carballido, que empieza con esta apretada dedicatoria: "Para Yolanda Guillaumin, actriz. Porque dio vida y amor a Toña y a esta obra. Porque dio vida y amor a muchas otras, porque dio vida y Amor". La rosa Yolanda, que vuelve a la memoria toda ella talentosa en la figura de la protagonista que se le parece Yolanda Guillaumin...

Una obra tan hermosa, tan adelantada, tan significativa, tan de plenitud y tan humildemente nada... Para Yolanda, que ya no está, Carballido ha dado a luz un acto largo y hondísimo que trae su estilo de diálogo claro, sencillo, directo a la inteligencia y a la razón. En él se disecciona una acción juvenil en distintos terrenos, el hecho implacablemente delictuoso de dos muchachitos desocupados, puros y pobres, que es analizado por todas las esferas sociales en su tono de deformación profesional. Visto por la burocracia, la burguesía, la clase despojada, el sociólogo, el psiquiatra, el marxista, etc.

Este tema, tan interesante, tan vigente, sirve de pretexto al autor –el cordobés del teatro mexicano– para desarrollar brillante y certero tales tesis, en las que se da vuelo, y particularmente en la psiquiátrica, dolorosa en su certidumbre y llena irónica, mordaz crítica cómica... es esta la mejor caricatura y la única posible de aceptar con sonrisa de tan seria ciencia de claridades.

Todo esto lo desarrolla Emilio en incontenible serie de escenas con relator brechtiano, tal vez, y rapidez cinematográfica perfectamente ayudada por una escenografía sensacional y funcional al grado mayor. Sus influencias son las de la inteligencia ya que no es hora de ponerse a decir que Carballido está descubriendo el teatro de vanguardia, ni tampoco que está basándose en las más elementales reglas de las tragedias griegas... Sino declarar que, lo que hace para el teatro de nuestro país, es altamente valioso e importante. Porque: toda su obra en general está basada en un sutil y efectivo, dramático y bello mensaje social. Porque del clasicismo más exigente ha pasado, no gratuita o insensiblemente, sino con disciplina y un lógico camino, a la madurez que da el insistir sin descanso en la especialidad preferida, a la naturalidad de poder decir en pocas palabras –como Picasso en dos líneas de carbón– lo que antes le llevaba años de minuciosidad –como Picasso antiguamente en sus óleos complicadísimos. Lo que Carballido hoy dice en una hora antes lo insinuaba en tres. Es en este momento el más sólido escritor teatral que se inició por el camino del costumbrismo, porque no se ha traicionado a sí mismo jamás, ni por modas ni por tendencias.

Emilio habla de nuestros problemas, de las clases sociales en sí, de la situación, denuncia, impreca, hace reír, emociona y toca el amor, el amor de una rosa, el amor a una amiga como lo fue suya Yolanda Guillaumin. Si alguien hubiera alguna vez querido escribir para ella su mejor homenaje, aquí está, en la muerte temprana, la obra de arte para la actriz.

La Rosa magistralmente dirigida por Dagoberto Guillaumin, un verdadero especialista en teatro mexicano (Silencio pollos pelones ya les van a echar su maíz). Su sentido del ritmo, de la contemporaneidad, del “tiempo”, es asombroso. Y allí está el resultado: un trabajo de equipo, sin vedetes, y del que se hacen notar irremediablemente: Socorro Avelar; Angelina Peláez (toda una revelación inolvidable, fresca, joven, niña, grande), José Alonso, Felio Eliel, Sergio Jiménez, Ángel Martínez, Socorro Merlín, Sonia Montero, etc.

Hay que hacer notar la integración total, al teatro, de la danza. Guillermina Bravo supo entender el llamado del dramaturgo y crear una coreografía directísima y que sirve sin sobrenaturales pasos al deseo del autor, a su mensaje. Y la música de Rafael Elizondo, tan genuina y mexicana. Todo para La Rosa, como esa escenografía, mágica, suntuosa, sugerente y lírica, tan profesional no obstante, de Guillermo Barclay.

El INBA, con esta Rosa “amago de la humana arquitectura”, como diría sor Juana Inés de la Cruz, se lleva la mejor rosa de su vida, una vida tan sirviendo a México y a su escena. ¡Bravo!