FICHA TÉCNICA



Título obra Las sillas

Autoría Eugene Ionesco

Dirección Alejandro Jodorowsky

Elenco Héctor Ortega, Magda Donato, Carlos Ancira

Espacios teatrales Teatro Julio Jiménez Rueda

Eventos Ciclo de la búsqueda

Referencia María Luisa Mendoza, “Las sillas altas tienen permiso”, en El Gallo Ilustrado, no 198, supl. de El Día, 10 abril 1966, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Las sillas altas tienen permiso

María Luisa Mendoza

En la superficie es tu maíz el teatro de vanguardia –cuando lo fue– estuvo condenado al ostracismo [sic]. Los amantes de lo revolucionario se reunían en cuevas sin cartelera a presenciar el ritmo de lo prohibido, de aquello que no le interesa a la masa ni a la política ni a la buena conciencia bien educada. Ver teatro de vanguardia era un riesgo. Se corría el peligro de que llegaran los granaderos, de que el amigo director y los actores fenecieran de hambre, de que los compañeros del periódico –a los críticos– nos llamaran pedantes, y no mafiosos porque no se usaba, pero sí antipatriotas y demás estupideces. Era el tiempo de la ira todavía hace poco, cuando vino a México Alexandro, lleno de enjundia a quedarse por sus méritos poniendo en escena lo que él llamaba Teatro Pánico, el cual le fue cerrado en varias ocasiones después de la primera presentación (La sonata de los espectros, de Strindberg, y La ópera del orden, para recordar algunas obras clausuradas).

Fue la época de La lección, de Fin de partida y luego de los Efímeros, uno de los cuales lo llenó de fama en París el año pasado. Todavía se acuerda el teatrófilo de aquel Efímero en la Sala Villaurrutia que casi interrumpieron con bombas Molotov los estudiantes del MURO de la Universidad, que valientes combatían las malas costumbres de madurar viendo lo que a uno se le antojaba, la libertad de ser libres aunque fuera asistiendo a juegos de humor negro que no eran otra cosa los espectáculos alejandrinos.

Ahora Ionesco y sus iracundos colegas empiezan a pasar a la historia, a la historia del teatro. Este es el momento en el que oficialmente se le reconoce y se le lleva, aunque sea nada más una vez a la semana –cosa que por otra parte es conveniente dado que la obra ionesquiana Las sillas fue muy vista en sus tiempos de persecución. El hecho prometedor y feliz de que el INBA haya instituido un Ciclo de la búsqueda en su mejor teatro actual, el Jiménez Rueda, es ya un respiro y una comprobación de que “esto avanza” (como diría el propio Ionesco) y de que ya vamos a ver cosas nunca vistas y de que todo está muy bien. (Aunque buscar algo todavía en Ionesco es de un optimismo que nos conmueve.)

Pero en fin, Las sillas sube a escena junto con La señora en su balcón, de Elena Garro, pieza absolutamente vanguardista y de una belleza que, cuando la conocimos, harán unos tres años, con Lourdes Canale en el papel protagónico, nos fascinó materialmente (aunque a lo peor fue porque éramos más jóvenes y corrían otros aires de amenaza).

Pero vale la pena hablar de cada uno a su tiempo, por lo que El balcón lo dejamos para después y nos sentaremos en Las sillas por mientras.

La historia de la soledad, de la incomunicación y de un amor que subsiste a pesar de la condena que tendría un faro en altamar, con su luz encendida llueve o truene. La historia de dos seres cada uno con sus vidas propias frustradas y amasando un mensaje que no existe. El absurdo absoluto, la irrealidad con visos de realidad, la pesadilla con sus gotas de risa, la trascendencia disfrazada de obviedad. Las mil sillas dispuestas para una humanidad que no existe y frente a un orador que es mudo. La negación desesperante, la inutilidad y los seres humanos con sus pesares.

Ella Magda Donato, él Carlos Ancira, el orador Héctor Ortega. Y la dirección de Alexandro que cautiva al respetable por primera vez ante ese acto largo de tragedia cómica. Un trabajo profesional, redondo, de virtuoso serio y atrevido, pero que en el contraste de los ayeres parece haber pasado la pieza por agua. Como si el enfermo grave que nos presentara antes estuviera ya sano y fingiera su pavorosa agonía salvada.

De cualquier modo que se vea, estar de nuevo con ellos tres y sus trabajos, antológicos, es un placer rememorado con nostalgia y aplaudido por entero. Aunque después de todo, ¿qué otra cosa puede esperarse de una Magda, un Carlos, y un Alexandro como ellos..? Sólo la grandeza.