FICHA TÉCNICA



Título obra Las rondas. Las rondas

Autoría Héctor Azar

Dirección Óscar Ledesma

Elenco Carlos Vázquez, María Luisa Alcalá, Manuel Armenta, Miguel Trejo

Escenografía Antonio López Mancera

Coreografía Héctor Fink

Notas de Música Guillermo Villegas / dirección musical

Espacios teatrales Teatro del Palacio de Bellas Artes

Referencia María Luisa Mendoza, “Ronda, ronda del niño”, en El Gallo Ilustrado, no 197, supl. de El Día, 3 abril 1966, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Ronda, ronda del niño

María Luisa Mendoza

¿Quién no sabe que del teatro infantil sale el público del mañana? Entonces explotar ese punto resulta inútil y obvio. ¿Quién no sabe que el teatro infantil es una de las especialidades más inoculadas de duendes y hadas y príncipes y consortes?

¿Y que una de las carencias en el mundo son escritores entregados a los niños para darle lo que luego habrá de ser un pan maná hecho en las alturas del cielo, si está amasado con talento y buen gusto, y por lo que aprenderán así a rechazar aquel que sea sólo piedras como en el cuento de Judas?

Bueno, pues en Bellas Artes la temporada de teatro infantil que hay cada año ha adquirido de pronto un nuevo perfil, el de México con un montón de cosas deliciosas de México. De pronto, salido del amor por la escena de Héctor Azar, un entretenimiento para niños que van todavía a los jardines en donde empiezan a saber contar, leer, jugar y platicar, es escenificado con toda clase de buenos humores y gracias sin igual.

Las Rondas. Las Rondas, una de ellas de Gabriela Mistral, con canciones que la Secretaría de Educación exige para los kinders, unidas por el texto simple que hace que la chiquillería penetre en la trama con toda facilidad. Por primera vez vemos cómo es posible de la nada hacer el todo. De los nombres de los dulces y los pasteles, las paletas y lo que engullen los escuincles, sacar escenas de canto y baile que los chicos corean, aplauden y gozan porque saben de qué se trata.

Hay merengues, listones, inditos, zapotes, muñecas, patos, tecolote y sapo. Y una escenografía fastuosa e infantil, con tamaño solesote, grillos que salen de la pared, la clásica casa llena de cosas maravillosas, y continuo bailoteo de los actores que, acompañados de un piano, un organillo (porque los chicos solamente aceptan estos instrumentos aparentemente simples), etcétera, cantan en coro inocentes tramas de la niñez.

Indudablemente que aquí el folklore está presente, pero es uno de los casos en que es necesario para que el pequeño vaya conociendo lo que es su país. Es decir que aquí toda mistificación, exageración y prosopopeya son de utilidad para atrapar la mirada del público menor de edad, el cual se distrae a la menor provocación y se olvida de que está en el teatro, cuando ese teatro no le corresponde.

No tiene un pero la dirección de Óscar Ledesma, tan evidente en su ternura y deseo de agradar, tan movida, ágil, certera, nerviosa. Y la coreografía sencilla de Héctor Fink tan en contraste con el barroquismo que puso en la escenografía Antonio López Mancera, y la buena puntería de la dirección musical de Guillermo Villegas.

Y las actuaciones de Carlos Vázquez, María Luisa Alcalá, Manuel Armenta, Miguel Trejo, y las bailarinas y cantantes que son muchas pero que merecen un aplauso cerrado.

Como un completo éxito puede considerarse esta temporada matinal y vespertina que llenó materialmente el palacio dichoso de gritos, aplausos y risas bellísimas.