FICHA TÉCNICA



Título obra La pareja dispareja

Autoría Neil Simon

Dirección Manolo Fábregas

Elenco Mauricio Garcés, Manolo Fábregas, Lupe Andrade, Judith Velasco, Pedro D'Aguillón, Víctor Alcocer, Gonzalo Correa, Héctor Herrera

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Manolo Fábregas

Referencia María Luisa Mendoza, “El éxito de Manolo Fábregas”, en El Gallo Ilustrado, no 191, supl. de El Día, 20 febrero 1966, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

El éxito de Manolo Fábregas

María Luisa Mendoza

Uno de los aspectos más descuidados en teatro comercial, el teatro pensado para los grandes públicos bien intencionados y fáciles de contentar, es la dignidad de la presentación en general. Manolo Fábregas es de los muy pocos que tiene la buena educación de dar platillos suavecitos pero tan bien condimentados y de aspecto apetitoso, que la carencia de vitaminas y especias inteligentes quedan olvidadas con la comida ligera y deliciosa que acostumbra servir.

Fábregas tiene en su haber el logro del calentamiento del Teatro Insurgentes cuando estaba a su cargo. Ahora no le pide nada a su antiguo acierto con solo asistir una noche a la salota que abrió en los linderos de San Cosme, el Teatro Fábregas precisamente, el Manolo, no el Virginia, uno se convence del ojo avizor de este hombre de la escena por herencia y vocación. No hay una butaca desocupada, y el respetable va y va y ahí se queda carcajeándose de lo que la obrita de Neil Simon, muy bien planteada, dialogada y resuelta, les dice.

¡Caramba! es de veras de quedarse de a seis. Sólo teniendo la consigna de la mala fe o del cuatismo o de la envidia se podría hacer a un lado la mención del éxito fenomenal de Manolo Fábregas. Además, él actúa, y esto es siempre garantía de que va a marchar por buenos estómagos el menú preparado. Porque Manolo es un actor espléndido, simpatiquísimo, suave y en quien la cierta única línea de voz viene a ser un invento de sus detractores puesto que en Mi bella dama cantó, en El baile envejeció y ahora es un real esposo divorciado con toda la alegría de la supuesta libertad que ese estado civil regala. Por ejemplo hay una escena de Manolo que lo consagra como actor y como director, cuando trata de atraer al amigo a la conversación con unas chicas bonitas, sin conseguirlo, claro está, porque el compañero es un neurótico obsesivo verdaderamente intolerable.

Y lo encarna Mauricio Garcés, quien sigue teniendo esa facultad de espontaneidad que dejó ver desde la vez primera en que se subió a las tablas, esa simpatía gruesa pero tan efectiva, y es como actuar su propia vida en ciertos instantes, virtud o defecto que lo hace muy atractivo para las damas en general, que piensan estar viviendo un poquito de su intimidad porque él así lo pretende al dejarlo ver tal vez hasta subconscientemente.

Ahora Garcés no abusa de sus acostumbradas morcillas. Las echa, sí, pero con mesura, bajo el mando de Fábregas que posee buen gusto innegable y que apenitas lo rompe con menciones comerciales que sabe encajar como si nada, como obleas sobre la cajeta, y hacerlas tragar hasta al más exigente. Mauricio Garcés contenido, prosigue su línea y lo hace muy bien. Entonces vemos aquí el ejemplo de alguien que tiene positivos ángulos escénicos y los explota sin abusar y sin dejar ver en cambio sus muchos defectos, defectos que por otra parte a Garcés le importan muy poco y no pretende ni de chiste cambiarlos o corregirlos. Es un prospecto de actor. Un intérprete en bruto. Pudiendo ser un relevante protagonista de comedias finas. Lástima.

Manolo unió a su triunfo a Julio Prieto, pidiéndole que hiciera esa escenografía asombrosa, tan propia, tan sabrosa, que denota una vez más el talento y profesionalismo de ese maestro insuperable. Y encajó muy pero muy bien a dos chicas, Lupe Andrade y Judith Velasco, fingiendo (¿o no?) ser cubanitas, y con esto dando el toquecito caribeño de picardía, como si de pronto en un lunch Manolo sirviera enchiladas, que no eran esperadas, que pican, pero que hacen pensar en una comida más formalita y llenan un vacío de supuesta hambre.

El público feliz, come tacos a la entrada, a la salida y en el interior del teatro que tiene su propia taquería. Come taquitos en escena, como quien dice, y aplaude a rabiar. Desde que aparecen Pedro D' Aguillón, Víctor Alcocer, Gonzalo Correa y Héctor Herrera.

Un triunfo innegable para Manolo Fábregas. Un teatro calentado y todo estupendo, a pesar de la malcriadez de un inspector sabatino que asuela el espectáculo con su majadería proverbial no haciendo juego, ni mucho menos, con todo lo que Manolo Fábregas toca con tanta distinción.