FICHA TÉCNICA



Título obra Oklahoma

Autoría Richard Rodgers y Oscar Hammerstein

Notas de autoría Rosa Avigdor y Gisela K. de Zavala / traducción; Eugenio Zavala / traducción de letras

Dirección Javier Zavala

Elenco Guadalupe de Gual, Patricia Jiménez Pons, Hermanos Zavala

Escenografía Kramer

Coreografía Eugenio Zavala e Isabel Zavala

Referencia María Luisa Mendoza, “Todo es afición en Oklahoma”, en El Gallo Ilustrado, no 190, supl. de El Día, 13 febrero 1966, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Todo es afición en Oklahoma

María Luisa Mendoza

Casi cien personas toman parte como actores, cantantes, bailarines, técnicos, etcétera, en la producción de Oklahoma, la hermosa comedia musical de Richard Rodgers y Oscar Hammerstein, que en un intento muy juvenil llevan a escena cinco de los innumerables Hermanos Zavala.

El ambiente es de fiesta escolar desde que la orquesta grabada inicia la apertura, y esto que podría ser un defecto se convierte en una cierta virtud de inexperiencia y entusiasmo, puesto que todos y cada uno de los muchachos que aparecen no son profesionales, sino unos locos enamorados de la posibilidad de implantar en México ese género tan contemporáneo y sobre todo difícil de hacer perfecto: la comedia musical aquí conocida realmente sólo tal vez con Mi bella dama y un poquito con Los novios y Ring Ring llama el amor.

Con Oklahoma vuelve a salir a la luz esa gran verdad que los triunfadores en un aspecto del arte dramático, de las tablas, olvidan con tanta facilidad: la necesidad insustituible de tener un verdadero director de escena. Careciendo de él sobreviene la visibilidad pecaminosa del aficionado lleno de fallas, manías, sonsonetes, faltas de dirección etc. Por ejemplo esa estática manera de dejar a las masas allí paradas mientras alguien canta, en un dúo, los pasitos inseguros del que escucha: tres para adelante, tres para atrás... manos sin saber dónde colocarlas. O los rostros que se escapan en emociones mal planteadas, como los ojos continuamente en blanco de la protagonista, verdadero vicio insoportable.

No obstante todo esto, resultado de la poca visión del director Javier Zavala, se diluye con los excelentes conjuntos de bailarines, coreografiados por Eugenio e Isabel Zavala, principalmente en la escena de la llegada del tren, y menores cuando las chicas bailan en ropa interior o tratan de plasmar en teatro coreografías muy propias de un cine mayúsculo, con ayuda de hielo seco y conjuntos que se tropiezan con un mal gusto y un tono pasado de moda, impropio para la delicadeza y el nervio que exige la comedia musical. Eso que ellos hacen es digno de un Ballet Theatre si acaso, impecabilísimo, y aún así se vería levemente grotesco por muy norteamericano que sea el plasmar un matrimonio deshecho por canalla sin igual.

Los setenta y tantos muchachos dejan ver una fresca edad, una gracia espontánea, y un amor de pronto nacido y en vísperas de volverse verdadero si algunos de ellos se dedican profesionalmente a hacerse actores de veras como es el caso de Guadalupe de Gual y Patricia Jiménez Pons y la chica delgadita que interpreta la canción que cuenta la imposibilidad de decir no, en el amor.

El esfuerzo de los Hermanos Zavala es digno de encomio y aplauso, por eso mismo se lamenta tanto un resultado tan pobre habiendo podido, con la misma cantidad de dinero e iguales miembros del elenco, hacer una temporada magistral y extraordinaria, sin paralelo, con un director hábil. Tiene Oklahoma muchachos guapos, masculinos todos, niñas bonitas y nunca vistas. También el escenógrafo Kramer denota talento en el diseño aunque la obra realizada deje ver poca imaginación y gusto estragado en los colores.

Los traductores Rosa Avigdor y Gisela K. de Zavala cumplen un cometido esencial dando veracidad a lo que se dice, así como Eugenio Zavala se luce entre todos traduciendo la [letra] de las canciones y adaptándose minuciosamente al tono de la música.

Una podadita a texto y canciones no hubiera venido mal ya que evitaría que el primer acto, larguísimo, se colgara y fatigara a un público tan poco acostumbrado a este género y que olvida que consiste en diálogo y canciones, platicando y distrayéndose en cuanto alguien eleva la voz hacia la canción. Esta es la clave de la comedia musical: el encadenamiento lógico, natural, espontáneo de trama y música, con aquel tronar de dedos prodigioso que en West Side Story ocurría en Nueva York, impidiéndole casi a uno respirar de tan seguido y hermoso.

Ojalá los Hermanos Zavala no se desanimen, y usen ese prodigioso sentido de organización de masas en otro intento, con ayuda de profesionales y avalados por sus talentos melódicos tan ovacionados en el mundo entero.