FICHA TÉCNICA



Título obra La precaución inútil (o El barbero de Sevilla)

Autoría Pierre-Agustin Caron de Beaumarchais

Dirección Rafael López Miarnau

Elenco Emma Teresa Armendáriz, José Peña "Pepet",Rafael Llamas, Jorge del Campo, José Baviera, Luis Gimeno

Escenografía Julio Prieto

Música Raúl Cossío

Vestuario Margarita Mendoza López

Grupos y compañías Teatro Club

Espacios teatrales Teatro Orientación

Referencia María Luisa Mendoza, “La precaución debida a lo inútil”, en El Gallo Ilustrado, no 187, supl. de El Día, 23 enero 1966, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

La preocupación debida a lo inútil

María Luisa Mendoza

De vez en vez es bonito retornar a lo clásico, en todos los aspectos, rebesarlos, abrazarlos, probarlos de nuevo. Como cuando uno se compra un traje y le enjareta galas de otros tiempos: cadenas, guardapelos, perfumes de heliotropo. Como decorar una gran casa con "todas las comodidades" y asestarle cortinas de terciopelo gatopardesco[sic]. Como escribir una carta y espolvorearla con polvos Roger et Gallete. Por eso, el Teatro Club de Emma Teresa Armendáriz y Rafael López Miarnau, es la asociación de actores más promisoria, gentil, inteligente y heroica de la escena mexicana. Se lanzan a la vanguardia (Bertolt Brecht, Albee, Adamov), con la misma entusiasta pasión que a lo conservador (digamos Ibsen, Miller, O'Neill), a lo clásico (Sor Juana Inés de la Cruz, Fernando Calderón, Calderón de la Barca, Lope de Rueda, Ben Jonson, Cervantes o Chejov), o a lo mexicano tan dejado de la mano de Dios en nuestras tablas comerciales (Carballido o Luisa Josefina Hernández).

Ahora Beaumarchais es el elegido, el parisino dramaturgo del siglo XVI, relojero y cortesano, burlador de cortes sin igual y que disfrazado de Fígaro se cuela para zaherirlas como un romántico de la sociedad, un “comunista” de su época.

Escribió La precaución inútil o El barbero de Sevilla, asunto que sirvió para la ópera de Rossini, y que es una continuidad festiva con todos los hoy llamados vicios escénicos de la época: apartes, confusión de situaciones, disfraces, ironías, romanticismos, cartitas, celos, fugas, complicaciones y demás.

Y eso es lo que actúan y además idealizan en el Orientación, dirigidos con mucha gracia ingenua por López Miarnau para sacarle el jugo necesario a la trama de inocencias e inverosimilitudes. Dirige con exageración sin eludir el viejo estilo de entonces, en donde el miedo es vistoso, la alegría más, y la mentira un dulce fácil de tragar.

Pierre Caron de Beaumarchais habría estado encantado con todos y cada uno de los actores, principiando con el más humilde, el último del reparto, con José Peña "Pepet" que en su ancianidad adorable es el verdadero gran chiste de cuanta noche toma parte. Su sola tembeleque presencia tan llena de buen humor, arranca una continua carcajada que no pide en su ruido ni el diálogo, que agradece la sola caricatura deliciosa del viejecito virolo de toda obra antigua que se respete.

Comedia verdadera, plena, este Barbero, con una Emma Teresa Armendáriz encantadora, enamorada y linda. Con un Rafael Llamas en plan de gran galán, guapo como príncipe de cuento y tan intencionado en el vestuario de la Mendoza López, que suscita un grito de admiración en la escena final en donde aparece como arrancado de La bella durmiente del bosque o algo así. Llamas aquí también da clases de lucha en contra de una seriedad que en él es su segunda persona. Lucha y gana la simpatía en buena lid. En cambio Jorge del Campo está demasiado constreñido por su tipo rubio y romántico, ya sea de los dieciséis, de los veintes o los sesentas. Es muy galán también para ser Fígaro, le falta carne (se antoja un Orea para ese perfil), le sobra sobriedad.

Muy bien José Baviera, el viejo enamorado de La carroza del Santísimo, aquí en la caracterización de un verdadero carcamán burlado. Y carcajeante, como siempre. Luis Gimeno, a quien el hada de la risa le dio la gracia de ser cómico aun cuando subrayara o le diera demasiada entrada a lo grotesco.

El trabajo de López Miarnau es sabroso, culto porque se ve en él su conocimiento del teatro de ayer, falto de respeto porque se atreve en gran plan a lo que otros temen: a sortear el ridículo con un talento innegable. Y la escenografía de Julio Prieto, reconquista de un brochazo la gran categoría que le es afín, hermana y consejera. Julio aquí vuelve en una sencillez de asombro, a conquistar la corona de primerísimo escenógrafo de México. Porque con tres centavos y mucha inteligencia atrae a una Sevilla entera por obra de su genio.

Felicitaciones a Raúl Cossío en la música, tan propia y tan alegre.