FICHA TÉCNICA



Título obra Escuela de cortesanos

Autoría Wilberto Cantón

Dirección Héctor Gómez

Elenco Sergio Bustamante, Juan Felipe Preciado, Enrique del Castillo, Karina Duprez, Pura Vargas, Julio Monterde

Escenografía Octavio Ocampo

Iluminación Mazariego

Música Longares

Vestuario Octavio Ocampo

Espacios teatrales Patio del Palacio de la Inquisición

Referencia María Luisa Mendoza, “Escuela de cortesanos”, en El Gallo Ilustrado, no 183, supl. de El Día, 26 diciembre 1965, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Escuela de cortesanos

María Luisa Mendoza

Líos de capa y espada, de encantadoras intrigas cortesanas, noviazgos románticos en corredores coloniales, virreyes y visitadores, criados y bailarines, todo un retrato, una estampa en ocre y blanco de momentos dieciochescos en nuestro México antes palaciego.

Bajo las arcadas y el cielo decembrino, dentro del monumental patio del Palacio de la Inquisición y luego Academia de Medicina que todavía hace levantar pechos de viejos fósiles, por ahí pasaron los cortesanos redivivos.

Toda una recreación mágica de situaciones que uno quisiera haber sentido en aquel tiempo de suspiros e iniquidades. Visto por Wilberto Cantón en Escuela de cortesanos, una de sus primeras obras teatrales que ya denotaba lo que habría de preocuparlo durante toda la vida: el México de ayer vuelto a vivir con la palabra y el ingenio. Wilberto intraicionable a sí mismo ha seguido el tenor de aquel intento retroactivo, dejando en cada obra suya un poquito del pasado y tornándolo interesantísimo gracias a la pasión con la que imita al historiador sesudo, sin agobio de fechas y con la ayuda de la imaginación totalmente creadora.

Escuela de cortesanos es eso, una anécdota en farsa-ballet en donde el amor juega papel preponderante, el honor, el interés, la decepción y la honradez. Con muy buen texto romántico y de factura antigua, se ponen en tapetes y muarés cartas de juego que son vencidas por la buena ley, la bondad y la inteligencia diplomática, certera y gentil de los cortesanos.

Para ello, nada mejor que una caracterización formidable de don Astolfo de Braganza, un nuevo rico y nuevo noble que encarna con barba y nariz postizas Sergio Bustamante, acallando su preciosa juventud y ciñéndose en ejemplaridad a las debilidades de su anciano personaje, casi increíble en él, que es el clásico joven de nuestro tiempo. Bustamante fuerza voz y cuerpo y los doblega para ese vejete que se le aplaude en lo mucho que vale y pesa. Allí muy linda Karina Duprez, y simpatiquísima Pura Vargas.

También Juan Felipe Preciado luce su talento y su juventud, con Enrique del Castillo como el Virrey de Saavedra, tal vez demasiado enclaustrado en su poca edad, máxime que Bustamante le finca el camino de la vejez falsa. Sobresale Julio Monterde con su voz fuerte y su presencia. Monterde es un actor que se antoja verlo más seguido.

Al aire libre se prueba mucho la potencia de voz y la perfección de dicciones. Aquí los nombrados antes son dignos del mayor encomio por su claridad y elegancia.

A todas estas contingencias favorables para el magnífico espectáculo que se ofreció durante tres noches en el edificio de Santo Domingo, y que por distintos motivos baladíes no fue permitido de seguir diariamente o por lo menos los fines de semana, por ese excedido celo que las autoridades demuestran en el teatro y que en resumidas cuentas tanto lo agobia y lo lleva al suicidio casi (aquí se alegó que las bancas eran incómodas, que el frío era excesivo, y así se termina una vez más con funciones que tanto deben ser alentadas para bien de los pocos aficionados al arte dramático, acto cultural, lujo de un pueblo), a esto hay que añadir la increíble producción de la farsa: un vestuario poético, bello, distinguidísimo y de soluciones asombrosas ya que da la impresión de ser fabulosamente caro y no responde más que al talento y solución de un solo muchacho espléndido Octavio Ocampo, el escenógrafo más fresco y airoso con que cuenta el teatro mexicano, ya probado antes en Tepozotlán con vestuario antológico, y hoy merecedor de un premio especial por su sentido plástico tan de primera línea. Todo un ejército de actores, bailarines, caballeros, pajes, damas, etcétera, fueron vestidos por él para darle el lucimiento molieresco que tiene Escuela de cortesanos. Y se mira en la utilería, en los trastos escenográficos (espejos que bajan del corredor superior, arbolitos, una cama, mesas, sillas, candelabros, esa especie de baldaquín, etcétera) su talento deveras restallante y joven, limpio, fresco.

Héctor Gómez es el nuevo director al que se le saluda con alegría por su sentido de ritmo, precisión y alegría. Ayudado por Longares en la música y Mazariego en la iluminación.

Es de esperarse que Escuela de cortesanos continúe en enero dando realce a la cartelera y al teatro en general. Es maravillosa la puesta en escena.