FICHA TÉCNICA



Título obra Rashomon

Autoría Ryunosoke Akutagawa

Dirección Rubén Broido

Elenco Narciso Busquets, Martha Verduzco, José Carlos Ruiz, Eduardo López Rojas, Guillermo Hernández, Aarón Hernán, Julián Pastor, Angelina Peláez, Rosa Palleres

Escenografía Swirski

Iluminación Asa Zats

Vestuario Lucille Donay

Espacios teatrales Teatro Manolo Fábregas

Productores Manolo Fábregas

Referencia María Luisa Mendoza, “Un Rashomon ejemplar”, en El Gallo Ilustrado, no 179, supl. de El Día, 28 noviembre 1965, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Un Rashomon ejemplar

María Luisa Mendoza

De los grandes riesgos que se corren al llevar a escena una obra que ya ha sido filmada, es el desinterés en el público, su carencia de ganas auténticas de saborear un tema; o por el contrario su curiosidad de ver realizado ante sí mismo lo que el cine captó con todos los recursos que tiene para superar cualquier asunto.

Rashomon se rodó en la mera mata del Japón, con su increíble y profundo tema vivido por gentes que saben lo que están haciendo puesto que lo han hecho siempre: sentir, hablar, proyectar lo japonés. Quién sabe por qué a Manolo Fábregas se le ocurriría escenificar esa historia sensacional de un mismo tema, en sus variaciones humanas de cada protagonista del drama, o mejor dicho por todos los que intervinieron cerca o lejos en esa extraña muerte de un samurái.

El motivo que llevó a Fábregas a esta empresa se ignora, pero el resultado es magnífico. Porque prueba que el teatro sigue vivo, incomparable y superándose aún sobre las posibilidades inagotables del cine. Claro que carece del "close up", pero en cambio tiene el verismo de una realidad cercana, la carga de las emociones de los actores. Fábregas, en su heroica empresa de teatro, se lleva el aplauso de la concurrencia.

Porque su primer actor Narciso Busquets está admirable y potente, se mete en el bandido inescrupuloso que acepta la muerte dando su versión desmentida tres veces por tres personas distintas, las cuales una a una se desmienten entre sí para quedar el crimen en el misterio.

Porque además pudo el empresario sacar avante la desgraciada retirada de una estrella de cine que se sintió molesta por los créditos que consideró menores, tres días antes del estreno, dejando en peligro una obra ya ensayada, faltándole al respeto al trabajo de sus compañeros, y dando la lamentable nueva lección de la gran vanidad, no sólo de su parte, sino de la de Busquets que no quiso compartir honores, o no permitió que el nombre de la señora estuviera antes que el suyo. Lo cual es lógico puesto que Busquets tiene un puesto en teatro y en cine, y ella nada más en lo último, a pesar de haber hecho el papel de la dulce Rosario la de Acuña, en lejana ocasión. Busquets no cedió ni ella, así las cosas fue reemplazada por Martha Verduzco, una joven de la Casa del Lago que pudo muy bien con la protagonización y se cubrió de magnificencia a pesar de su evidente nerviosismo que pudo dominar haciendo gala de profesionalidad, de temperamento y de deseo de sobresalir en el mejor campo de la competencia.

Pero si hay que señalar la actuación de todos y cada uno, de José Carlos Ruiz, de Eduardo López Rojas, de Guillermo Hernández, de Aarón Hernán, de Julián Pastor, Angelia Peláez y Rosa Palleres, no puede dejarse a un lado la espléndida dirección de Rubén Broido.

Este joven valor, depositó una imaginación, un conocimiento innegable del teatro clásico japonés (el Noh, el Kabuki etc.) e imprimió el ritmo más adecuado y precioso para contar, en dos actos que se van como el agua, la larga historia, siempre cambiante, siempre sorpresiva y tan asombrosa como puede ser un análisis de grupo en el que cada paciente mintiera o acomodara una vivencia a su interés propio.

Broido es hoy por hoy otra de las cartas que tiene uno que jugar en cuanto se trata de ayudar al desarrollo y a la resurrección del teatro mexicano.

La escenografía de Swirski, con trastos mutables, fue aprovechada por el director con esa sencillez del talento que hace exclamar ¡parece tan fácil! A la vista del público suben los árboles cada vez que cambia el lugar de persecución en el bosque, y así, el telar y las piernas vuelven a funcionar en toda la grandeza que le ha marcado el tiempo y que han olvidado los directores dormidos en sus aparentes laureles.

Es muy bonito asimismo sentir la influencia del teatro japonés, del teatro moderno de Brecht, del teatro de vanguardia de todo el mundo –que retoma el camino andado hace siglos– y atestiguar que el teatro es ficción, y que un hombre muerto en escena cuatro veces, se levanta y prosigue el drama fincando así la irrealidad y la fantasía tan caras a la escenificación, y tan archivadas.

Estupendo el vestuario de Lucille Donay, otra joven que debería trabajar más en teatro. Y la iluminación de Asa Zats.