FICHA TÉCNICA



Título obra El hombre, la bestia y la virtud

Autoría Luigi Pirandello

Dirección Lola Bravo

Elenco Héctor Martínez, Genaro Castelán, Carlos Bribiesca, Marisa Salinas

Espacios teatrales Teatro Félix Azuela

Notas Inauguración del Teatro Félix Azuela, de la Unidad Nonoalco Tlatelolco, Ciudad de México

Referencia María Luisa Mendoza, “¡Acá Tlatelolco al teatro”, en El Gallo Ilustrado, no 174, supl. de El Día, 24 octubre 1965, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

¡Acá Tlatelolco al teatro!

María Luisa Mendoza

Por intrincados caminos que se bifurcan, estanques y terraplenes, llega la gente, llega al Teatro Félix Azuela de la Unión Nonoalco Tlatelolco. Va a ver a Pirandello nada menos y nada más en El hombre, la bestia y la virtud, que es el relato sencillo y sutilmente complicado de la manera en que puede descomprometerse una virtud con la misma medicina traicionada. Su aparente simplicidad hace ideal a la obra para estudiantes y aficionados, ya que diamantinamente las situaciones se van ensartando con tanta lógica que ante ellas no queda otro remedio que interesarse claramente, con esa primera identificación que todo escritor bien educado regala bajo el signo de la lucidez.

Pero El hombre, la bestia y la virtud no pide más que la correspondencia gentil debida, no exige un barroquismo vital en la dirección como el que le dio Lola Bravo, esa gran luchadora del teatro, innovadora, novedosa gambusina de nuevos nervios y simpatías.

La señora Bravo imprime el tono de farsa y de vitalidad que le sobra precisamente a su trabajo, quiso darle ritmo y lo convirtió en movimiento y una rapidez contradictoria, ya que sus actores se le engolosinaban y, colgados de sus trabajos musculares, olvidaban los textos precisamente dichos con premura, acento ese sí ensartado por obligación en toda farsa intentada.

Pero no obstante esta falla, el público pudo entrar con evidente deleite en el desarrollo de la pieza, y la rió, la aplaudió, la aprobó.

Es interesante hacer notar el fenómeno que está incubándose en México y a punto de adquirir su minoría de edad: el público. De pronto milagrosamente y bajo la convocatoria del INBA, a los espectáculos dramáticos más alejados, inllegables, así como a los de fácil acceso ya sea por la vía vial, oral o tendenciosa (localización en la ciudad –plazas, teatros como el Azuela escondidos; grupos recién hechos y de dicciones defectuosas; o géneros tan alejados de la masa aparentemente, como el de vanguardia por ejemplo) los asalta una cantidad de gente que deja turulatos a los taquilleros y a los observadores del teatro. Esta gente, en verdadera bola, se distribuye por las salas, se aposenta y pide, con hambre, con buena voluntad, el arte dramático.

Nunca antes en la historia del teatro mexicano había sido vista tal cantidad, repetida, agorera, de personas que fueran a presenciar obras. En el pasado Festival de Otoño, el público dejó una estela que no será posible olvidar: de exigencia, y de bondad, de crecido número y de aguante hasta en más mediocre. Ahora, aquí en Tlatelolco, en donde se gestó el doloroso mestizaje del pueblo mexicano, derrotado (eso que ni qué) por Hernán Cortés, el público vuelve a las andadas y debería, con esta asiduidad inusitada, poner en guardia a los teatreros, a los directores, a los actores.

Estamos empezando a ver los frutos que sembró el Seguro Social (muy mal y todo, pero que trabajó un sexenio entero por el teatro, pésele a quien le pese). Y estamos también mirando cómo el Departamento de Teatro del INBA, puede diseccionar a un cadáver de herencia que le dejaron anteriores administraciones, y con respiración artificial y masaje en el corazón, revivirlo y echarlo a andar, como un Lázaro bizco, torpe, flaco y dado al catre, pero que escuchó en la tumba el “levántate” imperativo.

Así pues, bajo la lluvia, escondido el Azuela en el Tlatelolco de mis amores, se inauguró con Lola Bravo. Ambos se merecen. La sala, linda, con excelente acústica, de seiscientas butacas, escenario giratorio. La directora tan laborante, tan heroica, tan creadora de grupos homogéneos.

Con Héctor Martínez sobresaliendo y dejando ver su talento dramático. Con un Nono niño ágil y agradable –débil de voz: lástima– llamado Genaro Castelán. Con un Carlos Bribiesca (¿Jr.?) guapo y aporvenireado. Y Marisa Salinas, que demuestra talento dramático pero que se pasa de la línea típica que pide la señora Perella, de Pirandello. A esta actriz que anuncia futuras buenas interpretaciones, se le rechaza en La Virtud por su carencia de ángel, su exageración y porque, en escena, nadie le cree que pueda ser protagonista de tórridos amores, ni siquiera con ese Hombre o esa Bestia.

¡Acá Tlatelolco! ¡Haciendo teatro como de costumbre!