FICHA TÉCNICA



Título obra Miralina

Autoría Marcela del Río

Dirección Fernando Wagner

Elenco Rosa María Caloca, Xavier Marc, Roberto Dumont, Juan Felipe Preciado, Sergio Jiménez, Enrique Becker

Eventos Festival de Otoño

Referencia María Luisa Mendoza, “Dos damas de la vanguardia”, en El Gallo Ilustrado, no 173, supl. de El Día, 17 octubre 1965, p. 4.




Título obra El 9

Autoría Maruxa Vilalta

Dirección Fernando Wagner

Elenco Raúl Dantés, Xavier Marc

Referencia María Luisa Mendoza, “Dos damas de la vanguardia”, en El Gallo Ilustrado, no 173, supl. de El Día, 17 octubre 1965, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Dos damas a la vanguardia

María Luisa Mendoza

“Nada hay tan insólito como lo trivial, lo de todos los días. Lo sorprendente está siempre a mano...”
Ionesco.

Aparece en la corta lista de dramaturgos mexicanos el nombre de Marcela del Río. Una muchacha muy joven y muy inteligente que escribe teatro contemporáneo, teatro de lenguaje simbólico, teatro profundamente significativo que nos da el deslumbramiento casi insoportable de la soledad interior. Miralina. La historia de alguien que vive un mundo de fantasías que se le escurre entre los dedos y desaparece creándole una horrenda carga interior de recuerdos y frustraciones. Es el relato medido y espléndidamente barroco del gran desamor y de cómo el ser humano va siendo castrado por las circunstancias una y otra vez mientras se empecina en vivir un pasado que le es negativo y por el cual no podrá realmente existir. Marcela del Río, con un sorpresivo conocimiento de la simbología sicoanalítica, explica lúcida su anécdota y lleva al espectador hasta el final de una neurosis o tal vez esquizofrenia –puesto que Miralina vive dos mundos ambivalentes y sin embargo apretados en cercanías fantásticas– que termina con el enfrentamiento de la protagonista a su yo verdadero, y al abandono, al entierro total de lo que la ata y no le permite volar con los pies en la tierra, no obstante.

Miralina pierde en la batalla pedazos de su nombre, sílabas. Allí descansa y empieza el hermosísimo tono de poesía que la autora imprime a toda su obra corta. Pero Marcela del Río, temerosa de que algunos ciegos del alma, torpes del alma, no la entendieran, explica antes de cada cuadro sus motivos, dentro de las leyes más rígidas del teatro, es decir: dramáticamente. No se desborda en literatura ni juega inútilmente con inventos automáticos que desencaminen al espectador. Inusitada muestra, en esta primera avanzada suya al supuesto teatro del absurdo orgullosamente amado por ella, un conocimiento muy hondo del diálogo y de la motivación, del planteamiento y del desarrollo, de los mutis y de los telones.

Precisamente por esto la fría, agresiva, vengativa y cobarde avanzada en contra de ella por parte de la crítica, indigna tanto y hace meditar. Marcela es una crítica de teatro seria y responsable, insobornable y conocedora. Su ingrata tarea la da explicando hasta lo último posible el aplauso o la reprobación, que por lógica es más insistente en vista del miserable estado del teatro mexicano. Escritora que es, presenta una obra con la tendencia que más le interesa: el teatro de vanguardia, tan correspondiente a nuestro tiempo, a su juventud, a su inteligencia, tres realidades de las que no es responsable. Entonces, despierta subconscientes oscuros en colegas varones, que no sólo destruyen un evidente talento dramático, sino que tocan aspectos de la vida privada de la autora. Esto es el colmo, y una llamada de atención a la ética no por demás otra vez, una petición de mujer a su caballerosidad de señores y compañeros. Nadie se opone a la crítica libre, pero sí a que se aluda a su biografía, a que se tache de delito su confesado amor al teatro de laboratorio, a que se nieguen a pensar en lo que sus símbolos expresan, y ante la dificultad casi ridiculicen la puesta en escena al grado de reírse de que desaparezca un árbol básico en el mundo irreal de Miralina, diáfana manera de expresar la desolación.

Rosa María Caloca da y trabaja y personaliza a la protagonista del drama con claridad, emotiva dulzura y visible enamoramiento de su perfil sufriente. Así también Javier Marc, Roberto Dumont, Juan Felipe Preciado, Sergio Jiménez y Enrique Becker. Y la dirección de Wagner los retrotrae a mejores tiempos y le devuelve muchos lauros olvidados, le merece el cálido aplauso a su imaginación y minuciosidad.

En el mismo programa Maruxa Vilalta presenta El 9, que es otra más de sus piezas cortas y muy respetable entre todas. Nos detuvimos en Miralina avaramente en el espacio, por ser la iniciación de una autora, pero no es posible dejar afuera las excelencias de ese desgarrador grito de auxilio que lanza Maruxa, tan cortante, tan aguda, tan bien influenciada, tan cercana nada menos que a Beckett o a Rice en Esperando a Godot y La Máquina de Sumar. Tiene la pieza un ritmo rápido y alucinante a pesar de estar enclaustrada en la agonía de una jornada fabril inmisericorde con el paso del tiempo. Tiene también un mensaje diamantino que no usa símbolos y por ello mismo es más fácil de percibir y atrapar. Es por esto por lo que la crítica la ha alabado, merecidamente, sirviéndose de ella como trampolín para tratar de destruir a Miralina. Y esto es una injusticia de la que ni siquiera se debería hablar a estas alturas.

Wagner dirigió El 9 admirablemente. Hay una escena de laboriosidad dentro de la prisión de las desdichadas ocho horas de trabajo que muchos soportamos, que es antológica.

Raúl Dantés, absolutamente impecable, varonil y conmovedor junto a Marc, fincando el contrapunto de pureza e ingenuidad. Hay un niño que debe dedicarse a sus estudios primarios y olvidar por completo la escena, a pesar de lo que le diga un crítico antillano entercado en convertir a México en un país de mediocridades dramáticas bendecidas por Dios...