FICHA TÉCNICA



Título obra Cadena perpetua

Autoría Luis G. Basurto

Dirección Luis G. Basurto

Elenco Angelines Fernández, Blanca Torres, Carlos Monden, Alberto Galán, Judith Azcárraga, Miguel Gómez Checa, Margarita Galván, Rogelio Quiroga

Escenografía David Antón

Vestuario Ignacio Aranda

Referencia María Luisa Mendoza, “Luis G. Basurto debe romper su Cadena perpetua”, en El Gallo Ilustrado, no 168, supl. de El Día, 12 septiembre 1965, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Luis G. Basurto debe romper su Cadena perpetua

María Luisa Mendoza

Que más quisiera el crítico que estar con Luis G. Basurto en todo. En su día y en su noche. No obstante, frente a la obra última, Cadena perpetua, no queda otro remedio que ser absolutamente imparcial, como siempre, y emitir la opinión más verdadera sin que en ello vaya la malquerencia ni la traición, sino por el contrario toda la lealtad que un hombre como Luis merece.

Porque por más vueltas que se le dé a la comedia en tres actos, ésta sigue quedando igual que en la primera impresión de su estreno: antigua, pasada de moda, absurda, larga y con momentos grotescos verdaderamente dolorosos. Porque a Basurto le ocurre algo muy especial: quiere contar una historia, lo logra interesando al público que mal que bien entra en su juego, pero lo hace de tal manera planteado, que echa mano de recursos inmotivantes[sic] de las situaciones, hace hablar a personajes grandilocuentemente con una gramática poco veraz, agravando el hecho con la dirección estática, acoplada al texto y subrayadora[sic] de la irrealidad, como esa primera escena en donde un mayordomo en el absolutismo de su mayordomía da lecciones de lucidez a su ama, tan ama como nuestras abuelas cuentan que eran.

Para mí Luis G. Basurto es un gran romántico del teatro. Insiste heroico en temas que en 1900 hubieran acabado con un género de elegancia para empezar a relatar "la vida misma", pero es incapaz de pasar en sesenta y cinco años el género a la vigencia, a la contemporaneidad para concretarse a seguir diciendo su anécdota como la diría un señor del siglo de las luces.

Basurto entremezcla a dos generaciones ya marcadas por una soberbia y una maldad inauditas, y las lleva hasta los gloriosos veintes casi sin envejecer y luchando por que el público crea lo que han experimentado. Y corona el asunto, en su obsesión social, haciendo que uno de sus puntales femeninos –mala y vengativa mujer que sufre un gran desamor– desemboque en el vicio del alcohol, en casi la prostitución y en la locura después de subsistir esquizofrénica y solitaria. El autor, no contento con el patético cuadro que pinta con colores firmes que provienen de Cada quien su vida, todavía se excede más y hace que, después de un pleito entre mujeres “alegres” abortado, que las dos hermanas se sitien, y una de ellas, la más sufrida, le dé una lección a la otra con el látigo de su desprecio, pero un látigo demasiado realista, lo cual provoca estupor entre el público y hasta risas nerviosas.

Tal vez si Cadena perpetua hubiera sido dirigida por otra persona que no fuera el autor la cosa se hubiera salvado en mesura y en ritmo, pero dos paternidades convocaron la exageración en Luis y dieron por resultado este interesar a pesar de todo en algo que está mal, que no puede ser admisible, que carece del mínimo buen gusto, que retrotrae al teatro a principios del siglo y se contenta con tratar problemas menores cuando la vida se abre ante Luis plagada de verdaderos quebraderos de cabeza.

Cuán respetable es la catolicidad de Basurto, qué digna de encomio en este mundo en que quedamos tan pocos con la fe. Pero lo que se le rechaza es que siempre deje caer aquí y allá acentos de religión reducida a chismes de vecindad y que en lugar de tocar el alma hacen reír y molestan por obvios.

Y si falla pues en la comedia desmesurada, en la dirección servil y sin personalidad, en cambio da –en el mismo tono, eso hay que aclararlo– una serie de buenas actuaciones que son dignas de mencionar, como la de Angelines Fernández, muy señora y muy severa en sus parlamentos de gran dama. La presentación de Blanca Torres, una nueva actriz positivamente colmada de dones teatrales, como es el talento, la temperamentalidad[sic], la proyección, pero, claro está hundida en el fondo de lo que ya no es el teatro de hoy, recordando algún tiempo ido de la gran María Tereza, situándose –y de esto debe huir en este mismo momento la nueva actriz– en la técnica de continuidad en emociones, de desajuste, de dominación total que ya nada tiene que hacer, así, en un tiempo como el nuestro. También está en su papel Carlos Monden, tan hecho a cualquier servicio de efectividad para la escena. Y en la cúspide de lo ampuloso Alberto Galán, en la mala voz inadecuada Judith Azcárraga, en la dicción pésima Miguel Gómez Checa, y sin necesidad de nombrarlos, todos los que en el último acto dan el penoso espectáculo de su presencia. Indudablemente la mejor de la noche es Margarita Galván, tan esplendida y contenida. Y uno de los acartonados e insoportable Rogelio Quiroga.

Preciosa es la escenografía de David Antón y el vestuario de Ignacio Aranda, aplaudible siempre que no vista a las señoras de cabareteras.