FICHA TÉCNICA



Título obra Voces en el templo

Notas de autoría Miguel Sabido / selección de versos

Dirección Miguel Sabido

Elenco Eduardo Macgregor, Luis Miranda

Espacios teatrales Templo de Tepozotlán

Referencia María Luisa Mendoza, “Sabido: y las voces del templo”, en El Gallo Ilustrado, no 165, supl. de El Día, 22 agosto 1965, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Sabido: y las voces del templo

María Luisa Mendoza

Miguel Sabido encontró el oro y el moro en Tepozotlán presentando, gracias a su tenacidad, a su irrefrenable amor al teatro, a su decidida actitud de estar, vivir y morir en él, un espectáculo de voces, el año pasado, que decían lo que Calderón había pensado en la iluminación lúcida de su genio. Miguel Sabido pudo entonces confrontar las cuatro preciosas paredes de Tepozotlán y su templo barroco, para en el mejor respeto, oír hablar a mundo y Dios. Hoy sólo las voces de aquellos muros quedan.

Las Voces en el Templo. Nada más que hoy por hoy Miguel Sabido no recoge de esta sección el alud de elogios a que está acostumbrado, simplemente porque para esta humilde servidora ya hubo muchas fallas maduras que no se pueden disimular. Miguel Sabido sabe de la verdad en la palabra, entonces no podrá suponer la mentira en este no silencio.

¿Qué son Voces en el Templo? Es una selección de versos, es un conjunto de declamaciones, es el movimiento complementario y es también la luz. Todo usado malo. O simplemente ya agotado su uso y repitiendo el anterior calderoniano. Porque desde la selección es apenas afortunada, según conocedores inequívocos e inequivocables. Pero aunque ésta resistiera la inclusión de Hombres necios, para colmo de lo menos audible de nuestra Sor Juana, y muestra de profunda concesión a un público burgués que deja la televisión para ir en viaje matrimonial a Tepozotlán, en cambio no se puede dejar de sentir un apenas aliento en las uniones de versos con versos, como si Miguel de pronto perdiera el miedo a la valentía –quién sabe– y se sintiera demasiado constreñido por la serie de molestias, penas y mortificaciones que le han de poner para abrir el templo precioso de que dispone y hacer allí la magia del teatro. Quién sabe pues, pero es evidente que Sabido no alcanza la gracia, la alegría, el talento de que muchas veces ha dado prueba.

Ahora bien: sus actores. Solo entre tantos Eduardo Macgregor impecabilísimo, diciendo él como se debe decir, con qué dicción, con qué voz y tono, con qué movimiento menor del cuerpo puesto que en la exclamación lo provoca todo. Y ante su grandeza de actor, maravillosa gentileza antigua, el donaire, la picardía, la desesperación, el amor, los demás hacen gala de una angustiosa carencia de talentos, de dicción. No pronuncian bien, no dicen tampoco bien, y Sabido no puede a mí ni a nadie exigirle que le diga cómo deben sus actores hacerlo: él es el único responsable, él es el que sabe teatro, él es el que ahora falla. Y un solo ejemplo: Luis Miranda. Miranda es un muchacho que ha caminado por los foros siempre bajo la égida de buenos directores, ayer Alexandro y su excentricidad fabulosa, sus ganas de hacer todo en los telones, lo más alto. Hoy con Sabido, que es el joven refugiado en lo clásico, porque lo quiere y lo conoce y lo sabe de academia, de veras. Nada más que Miranda todavía no aprende a vocalizar, y por expresar una idea se desgañita, se mueve demasiado, se deja ir en el temperamento cuando lo que le hace falta es la técnica.

Miguel Sabido –él es la estrella, aparte del templo, él es de quien se antoja más hablar, tal vez porque se le sienta el mayor culpable, a quien no se le puede pasar nada puesto que él así lo pide–, no pudo hoy balancear sus oscuridades con sus luces, sus movimientos de actores con el texto. Ingenuo planeó una coreografía redonda, simbólica, entre la tiniebla, antes de que Dios hiciera la luz. La falta de ritmo del baile y del iluminador, provocan un desconcierto que atrapa la distracción de algunos exigentes (–no de todos, claro está, para gloria de Tepozotlán el público va y se sienta y mira y escucha y grita bravo y no falta jamás. Sabido, él lo sabe, lo sabemos, se sabrá; tiene un público fiel, como Nadia, como Alexandro, la una al vodevil, el otro a la truculencia, él, Sabido, al misticismo–).

Abusa pues de la penumbra, es inocente con el colorido de sus llamaradas de luz, y tan poco acertado en la solución de áreas ocupadas por el elenco, que el espectáculo se incoherente y a la deriva, como planeado, amasado por alguien aficionado a las letras cuando lo hizo Sabido, que sea lo de cada quién, de letras españolas si sabe.

Ahora le queda al joven director un buen compromiso, poder seguir sacándole lo bello a Tepozotlán, desde el punto de vista teatral, claro. Y conseguir que quien fue una vez retorne, con o sin Quevedo, sin San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Sor Juana Góngora. Y que al asistir de nuevo a otro espectáculo no compare, simplemente goce hasta la hondura la palabra y la persona, como pasó con Calderón, como aquí no ocurre con Sabido.

En referencia al vestuario –otra posibilidad mía de ser contraatacada, que porque soy partidaria de los anteriores escenógrafos, que quien sabe qué– con la venia de Miguel, es acertado en lo negro e inexplicable en los angelitos dorados, de cuerpo entero que cuelgan en las capas de Silena y Lisi. Como diría Cortázar: Es una lástima.