FICHA TÉCNICA



Título obra Astucia

Autoría Luis G. Inclán

Dirección Óscar Ledesma

Elenco Manuel Lozano, Marta Ofelia Galindo, Alfonso Meza

Notas de elenco Alumnos de la escuela de Arte Teatral del INBA

Escenografía Benjamín Villanueva

Espacios teatrales Teatro del Palacio de Bellas Artes

Productores Instituto Nacional de Bellas Artes

Referencia María Luisa Mendoza, “Astucia en teatro infantil”, en El Gallo Ilustrado, no 164, supl. de El Día, 15 agosto 1965, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Astucia en teatro infantil

María Luisa Mendoza

El teatro para niños siempre ha sido un condenado problema aún sin resolver. Se realizan inesperados y continuos esfuerzos por alcanzar la palabra en la escena que llegue al escuinclerío de hoy, más hecho a la medida de los terrores frankenstenianos, al griterío melódico de los Beatles y a las aventuras ya no digamos supersónicas, sino interplanetarias, a la ciencia ficción pues. Resulta sumamente difícil salir todavía con la caterva de hadas y príncipes azules con que asoló el foro aquel que quería decirles a los niños cosas a su estilo de sueño pasado. Ya los chamacos no creen tampoco en animales que se vuelven señores, ni en bellas durmientes, ni en payasos ni en nada.

A esto hay que añadir que el teatro infantil tiene su asiento comercial y hay que sacarlo de allí para llevarlo a las masas de estudiantes de primaria. Es decir, que el Estado se ve ante la terrible premisa de atraer a los alumnos al teatro y de paso enseñarles algo, algo que sea acorde y cercano a la educación que reciben en la escuela, y claro está, que hable de México.

Los intentos abundan. Los Niños Héroes y demás miembros del panteón de los Hombres Ilustres, han desfilado diciendo más o menos pasables, sus gestas históricas. Y ocurre que o están demasiado metidos en una trama demagógica, o se deslizan por el idioma literario para adultos sin permitir que el muchacho espectador entre en el asunto rechazándolo con larguísimos parlamentos y poca acción.

En el Palacio de Bellas Artes las temporadas para la pipiolera existen hace mucho y fueron suspendidas hace poco. Conchita Sada llenaba el teatro para hacer que descendieran buenas madrinas, cantaran herederas al trono en columpio o algunos sabios formulaban llamaradas al estilo de los trucos de la Edad Media frente a la iglesia, o al teatro del horror de las Blanch.

Hoy Héctor Azar hace que esa costumbre retome su camino aderezándola además con fructíferas acciones, como hacerles notar a los miles y miles de niños teatrófílos inaugurados, que están en el mayor teatro de México y mostrándoles, después de la función, los tesoros que Bellas Artes colecciona en nichos y paredes, ayer sólo visibles para los turistas y algunos interesados. Así, de paso, dejó en el niño la huella de las luces del foro, el telón y el valiente soldado Astucia, junto con pinturas, esculturas y salones sin cuento en donde se hace arte. El muchachito, es de asegurarse, nunca olvidará esto y volverá por sí mismo a la raíz de su vocación o buen gusto despierto precisamente ése día.

Y ofrece Azar la versión teatral del maestro Salvador Novo: Astucia, o Los hermanos de la hoja, de Luis G. Inclán. Lencho es el coronel Astucia, un adolecente de pueblo que se lanza a conocer mundo y recorre la República en aquel afán de aventuras que era antes caminar por veredas inaccesibles en busca de nuevos cerros y montañas. La adaptación de la novela está, en sus aperturas de telones, sostenida por un excelente narrador que es Manuel Lozano, o sea, un desperdicio en teatro infantil comercial, y al que todos los pequeños reconocen, o también, aquí, el propio don Luis Gonzaga Inclán, el autor. Después prosiguen tres actos cada uno más pequeño que el otro en orden consecutivo, los cuales poseen más palabra que acción lo que le resta en mucho atractivo para quienes está dirigido, ya que ellos exigen no sólo la simplicidad, sino el movimiento constante y subrayado. Es verdad que la dirección de Óscar Ledesma es muy bonita, pero tal vez imposible de acelerar por los mismos parlamentos a los que habría que darles una podadita, no por falta de calidad ni mucho menos, sino al contrario: por bastedad de la misma, llena de palabras difíciles todavía ausentes del vocabulario de los estudiantes quienes al sólo intuirlas se desinteresan y distraen. Está bien lo prosopopéyico de la dirección, pero quién sabe por qué razón divierte más a los papás que a los chicos, como la escena del baile en donde canta Marta Ofelia Galindo con buena voz y bis cómica. Entre todos sobresale Alfonso Meza por su apostura e inexperiencia. Todos los demás son alumnos de la escuela de Arte Teatral del INBA, y la escenografía notable en sus ocres y funcionalidades, de Benjamín Villanueva.

Como quiera que sea, la reanudación de las temporadas Infantiles en Bellas Artes, es bienvenida. Y ojalá que de ella salga ese nuevo teatro que estamos esperando hace por lo menos tres generaciones. O público, que ya es mucho pedir.