FICHA TÉCNICA



Título obra Ronda de amor

Autoría Pierre Barrilet y Jean-Pierre Grédy

Notas de autoría Carlos León y Antonio Haro Oliva / traducción y adaptación

Dirección Antonio Haro Oliva

Notas de dirección Velasco Carrillo / asistente de dirección

Elenco Nadia Haro Oliva, Alejandro Ciangherotti

Espacios teatrales Teatro Arlequín

Referencia María Luisa Mendoza, “¿Dónde estás vodevil?”, en El Gallo Ilustrado, no 159, supl. de El Día, 11 julio 1965, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

¿Dónde estás vodevil?

María Luisa Mendoza

Es muy fácil hablar de la mayoría de edad del teatro nuestro, así, viendo de ganchete y sin esculcar los cajones del ropero cerrado y que echa cardillo con sus lunas de bisel. Una cree, en esa embriaguez del retorno, que todo marcha magníficamente, que lo ideal ha comparecido al fin para felicidad atrás o adelante del telón. Pues no. Por lo pronto, para empezar con las lamentaciones, baste el renglón picaresco que se supone es el vodevil. Ese género espumoso e hipócrita que disfraza la moral con ropa interior de volantes, para salir luego con que todo era mentira y cada oveja con su pareja.

En México el vodevil se supone que está en manos de Nadia Haro Oliva y su compañía. Que el teatrito suyo es y será para siempre el rico último filón del champagne y el chisporroteo. Porque Nadia tiene buen gusto, ya que no es posible hablar de un deslumbrador talento dramático que, si ya no está a la vista, alguna vez casi surgió del trabajo de la actriz, común y bien cortado, para opacar atrevido la firma del modisto.

Conforme a las recomendaciones, laudatorias y optimistas, Ronda de amor, que es un especie de jardín de niños del vodevil, tiene lugar en la cartelera, un número de veces impresionante; ya ahora, prosigue con las marcas imborrables de las horas de vuelo, el polvo del camino y el cansancio de los viajeros agotados.

Es decir que la comedia de Barillet y Gredy es de tan primario valor dramático, que tuvo que ser aderezado por Carlos León con sus sales de costumbre, pasándose de la raya como de costumbre, y ayudado en traducir y adaptar –ojo: adaptar– por el mayor Antonio Haro Oliva. Entonces aquello se vuelve un largo sucederse de diálogos más allá de lo ramplón, de situaciones que nada tienen de equívocas –acento delicioso casi obligatorio– puesto que es imposible que los intercambios de parejas en la trama, puedan ser creídos con tan pobres motivaciones de letra y dirección.

No es ni mucho menos este un triunfo de la señora Oliva, la que exagera su tono de señorita solterona hablando grave como un sargento, en contrapunto con Ciangheroti padre (tiene este actor tantos hijos actores, que habrá ya que incluir en su apellido el envejecedor Sr. al final para identificarlo) quien desarrolla tales esfuerzos de distinta índole subrayante, que llega a molestar su amaneramiento e insistente reacción muscular a actos o palabras que lo obliguen a la simpatía o lo colocan solo en lo grotesco.

Y es una lástima, porque Nadia acabó en la fatiga y su compañero en el desbordamiento, tan capaces de calidad como lo respaldan sus respectivas carreras, tan dignos y mesurados, con tanto señorío y ahora al borde del ridículo.

En una escenografía graciosa y rápida en su función circular, la obrita corre veloz sin ninguna necesidad, porque el ritmo acertado que le dio el mayor Antonio Haro Oliva, resulta inútil, desperdiciado, para lo que dicen y cómo lo dicen, los actores. Es de suponerse que Haro Oliva, en el reino de sus cielos, como es ese encantador teatrito, pierde un tanto la perspectiva y por eso no percibe las actuaciones fuera de mesura o elegancia, distintivos estos antes correspondientes a la empresa que representa. Ni él, en las largas tiradas obvias, casi vulgares, tristemente corrientes que asestan los intérpretes al público, ni su asistente Velasco Carrillo.

Podrá Ronda de amor conseguir un récord de representaciones y ser avalada por la concurrencia de un público fiel, pero su escasez de valores, de ironía y gracia, estará en pie siempre porque ni un milagro le da ojos a quien no los tiene. Por lo visto el Arlequín, prosigue escogiendo a veces bien y otras mal, cuando de él se espera, de su cuadrícula alegre y necesaria, nada más lo mejor, porque se lo merece.