FICHA TÉCNICA



Título obra Rómulo Magno

Autoría Friedrich Dürrenmatt

Dirección Ignacio Retes

Elenco Augusto Benedico, Luis Gimeno

Escenografía Julio Prieto

Productores Instituto Mexicano del Seguro Social

Referencia María Luisa Mendoza, “En relación con Rómulo Magno”, en El Gallo Ilustrado, no 158, supl. de El Día, 4 julio 1965, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

En relación con Rómulo Magno

María Luisa Mendoza

Mala época esa de transición entre el frío vertical de la lluvia en primavera y el cálido amarillo del verano en Europa. Mala época para el teatro que apenas saluda al desgano, como la chamba que es en las otras dos estaciones el santo y seña de los telones. Rafael Solana no tendrá por ahora el botín de las crónicas que generosa y señorialmente recomendó a la cronista desde El Día, y para todos los días, en bien del teatro mexicano, después de todos, y antes. Porque en Francia la cartelera se aburría –muy enojada, claro está, como corresponde a los franceses que se respetan solo en la ira. Porque apenas en Italia tiene nadie tiempo de pensar en los coturnos, cuando se ha recorrido y edificado el sueño en calles y palacios que hacen sobrevenir la demencia de los sentidos. Porque en Polonia, ¡ay tan lejos! los mimos se presentan alguna vez para mostrar su inenarrable técnica de prodigio, sencilla, natural como el amor deveras (como aquel hombrecito aternurado que en Varsovia, y ante un público devoto, solo en el tablado, se deja llevar por el ventarrón que infla la vela de un paraguas de ciudad que es como capa de Eolo. Aire inexistente, músculo poderoso y gramatical), porque en Polonia, decíamos, tres días, igual a la canción de los veinte años: no es nada, y sí la estancia breve, el puro vuelo de pecho sobre la ola que salpica y uno luego dice que no es cierto, de tan plateada.

Y así el teatro de México se queda aquí trabajando y en un par de meses ha adquirido su mayoría de edad en el contraste de una Europa cansada y repetitiva, clasicona a pesar de su riente burla con la vanguardia. México tiene en su haber un movimiento de teatro muy importante y muy respetable. No nos hace falta tampoco ir tras el océano para comprobarlo, porque nuestro gobierno nos ha traído a las mejores compañías del mundo. Porque si se es adicto a esa droga insustituible que es la escena y el drama, se saben cuántos buenos actores hay aquí, qué escenografías podrían representarnos como esplendentes en cualquier parte que se piense y luego exista. Apenas podríamos decir, así a vuela máquina entorpecida en la cúspide del altiplano bien amado, que si algo nos falla es en renglón directriz... pero está por verse más claramente en la post fatiga...

Por eso volver de Europa dizque renovado y mirado el teatro –no tanto como Solana quisiera, porque quien bien te quiere te hará sufrir–, Rómulo Magno, la preciosa obra de Friedrich Dürrenmatt que presenta el Seguro Social con la propiedad y la galanura de antiguas batallas telonarias, es un deleite de bienvenida. Obra como todas las del estilístico e incomparable suizo-alemán, que vuelve a contar cosas terribles de guerras y de nazis y de futuros muy negros, usando esa ironía que solo una cabeza inteligente puede verter con el pretexto del buen humor y partiendo el alma.

Dürrenmatt dibuja a un personaje aparentemente acusado de cobardía y negligencia, enseñando esa parte positiva que los ciegos no vislumbran jamás, explicando su actitud como la de un visionario que entendiera sólo él, solo, que el mundo social tiene que cambiar. Igual que a Moctezuma II Sergio Magaña lo explicó, o parecido al príncipe que Lampedusa inventara y al que le decían por buen nombre el Gatopardo, siciliano que deja pasar al pueblo y a la República porque ya no funcionaban los almidones y las flojeras hereditarias. No por ello elude Friedrich el empleo sucesivo de grotescas situaciones que castigan la figura o la empeligran de derrumbamiento; porque Dürrenmatt así demuestra que es un jugador sin trampas exponiendo la verdad tal cual (como esas apariciones de Rómulo Magno, el último emperador romano, precedidas y subrayadas por cacareos de simbólico plumaje ponedor). Y con el pretexto del responsable Rómulo que sabe la caducidad de su tiempo, el autor conecta deliciosamente aquel pasado de columnas e invasiones germanas, con el nuestro, en el cual todavía hay entercados tiranos y por algún lado emperadores que saben que todo debe empezar a cambiar porque se lo debe, la fecha, a la historia. En fin.

Entonces Augusto Benedico es, claro está, el impecable Rómulo, con su despliegue de cinismo, gracia y soberbia humildad. Para Benedico ya se dijo antes, los calificativos envejecieron: está formidable (valga la muestra). Luis Gimeno y sus bizantinos sirvientes, sufren por ahora las embestidas de la exageración y de la falta de gusto, por su parte y del director Ignacio Retes, quien se luce en escenas chispeantes o muy laboradas, para contrastar en cambio en leves pero significativos momentos sin ritmo o faltantes de comprensión.

Julio Prieto realizó escenografía de rapidísima mutación, presencia total, giratorio escenario para él, como siempre, pan comido. También, ante la labor de Prieto, ya no hay nada qué decir de tan excelente.