FICHA TÉCNICA



Título obra Marionetas de Moscú

Dirección Serguéi Obraztsov

Grupos y compañías Teatro Bobino

Referencia María Luisa Mendoza, “Las marionetas de Moscú”, en El Gallo Ilustrado, no 155, supl. de El Día, 13 junio 1965, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Las marionetas de Moscú

María Luisa Mendoza

París, 30 de marzo.– Las Marionetas de Moscú, en Paris, son una atracción inmediata porque hombres de todo el mundo llevan dentro de sí al niño que se ríe puro con la alegría incomparable de esos hombrecitos escénicos dotados de vida absoluta, monitos amanerados que mueven los dedos, la pupila, el estómago y cantan y todo con la perfección de la carne y el hueso.

El teatro Bobino, que es la mera mata del music-hall, se renueva de pronto con el espectáculo en miniatura que sabiamente el director Serguéi Obraztsov sube a medio foro. Obraztsov, un ruso que sabe imprimir una ternura solidaria a los dedos que mueven las marionetas. Él y su familia, para iniciar la función, con un coro de unas cincuenta figurillas cantando en distintas voces y mostrando cada grupo la faz especial de aquel que o truena en el canto o lo silva casi agudamente. El público, feliz, corea la magia del tabladito, para seguir entusiasmado con un concierto de violoncello a cargo de viejecito tembleque al que soporta un pianista sufrido sensacional.

Hay parejas que bailan tango, domadores de leones, perritos bailarines, y un conjunto folklórico ironizado hasta la carcajada. Técnica perfectísima que llega a deslumbrar y que, al final cuando aparecen los dijéramos tramoyistas, los semidioses que salen debajo de la escena (primero sus manos, y fincan el contrapunto de lo inmenso) una exclamación los acoge porque son gigantes y las marionetas apenas del dedo anular al codo... y es que durante la representación crecen a tal grado que uno no se da cuenta, en momentos, de su falta de alma verdadera.

No obstante, las Marionetas de Moscú tienen un sentido de clasicismo que las empieza a amarillear. En ellas campea, es cierto, la gracia sana, pero una risa también pasada de moda, una temática que para los viejos funciona, pero en los niños –acostumbrados a la mecánica del terror, da lo interplanetario, de lo absurdo– se queda como en la inocencia perdida. Sería muy interesante para la contemporaneización de las marionetas, no el mensaje que sobra en otras ramas del teatro, tampoco la filosofía o la historia dramatizadas, sino la innovación, dejar por ejemplo, a la solista que desafina recargada en sus senos y en el piano, de lado, y plantar en su lugar pues, qué decir, algo que a la infancia la ligue más con esas marionetas excelentísimas que empiezan, tristemente, imperceptible tal vez, a dejar de ser teatrales en nuestro tiempo.