FICHA TÉCNICA



Título obra El medio pelo

Autoría Antonio González Caballero

Dirección Víctor Moya

Elenco Eric del Castillo, Magda Guzmán, Eduardo Alcaraz, Mario Delmar, Libertad Ongay, Rosario Laiz

Espacios teatrales Teatro Manolo Fábregas

Referencia María Luisa Mendoza, “Éste es el teatro en México”, en El Gallo Ilustrado, no 146, supl. de El Día, 11 abril 1965, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Éste es el teatro en México

María Luisa Mendoza

En el teatro la vida, el tiempo de vida, es distinto. Una obra para que sea muy grande, muy respetable, debe aguantar, fresca, dicharachera, mensajera, pues unos trescientos años. Ya de cien, empieza la decrepitud, cuando merecieron, claro está, cumplir el primer centenario de haber sido pergeñadas.

Un año, por tanto, no es ni balbuceo, ni paja, ni importancia. Es sólo un dato. Sobretodo en el teatro mexicano que languidece sin ramas o frutos en el puro tronco pelón de nuestros clásicos, unos ya reprobados –muy re, como recomendación no anulamiento– entre los que está nuestra Sor Juana o nuestro Ruiz de Alarcón. Otros apenas pasando el “kindergarden” como Usigli, por citar a uno de los que por poco saca seis de calificación con El gesticulador, una obra que se creyó maestra y de pronto, ante el terror de la concurrencia, empezó a amarillear espantosamente al grado tal de suspender su escenificación para mejores empeños, viajes o soliloquios.

Antonio González Caballero escribió en Apaseo, con vista a la montaña y olor a membrillo El medio pelo. Que cuenta en comedia la versión de los que creen, por millones, que eso es la vida. Que vivirla es ver su mañana y su noche sentados en sus permisos de cincuenta años, digamos. Que vivir consiste en nacer y morir, como si esta maravillosa implicación no trajera consigo, pues: eso que el resto de los hombres llama vida. Vivir en toda la extensión, leer, saber cada vez más, viajar, amar. Ser uno solo entre muchos otros. González Caballero contó en buenas palabras un viejo cuento de desamor. De esos que se saben en la cocina, por las tardes, cobijados con jorongos bajienses y boruca de zopilotes. Pero lo dijo tan distinto y tan bien, tan auténtico y tan trágico, tan realmente, que le dio de lleno un nuevo giro al teatro provincial, al de costumbres que aquí por sólo carcamonero a Emilio Carballido.

Ante El medio pelo de González Caballero, el espectador vuelve a sentir su aletazo de grandeza, su humilde, agradecible y grande carencia de soberbia su entrega llena a un ideal de teatro nacional que parecía perdido. Caballero es hoy por hoy el más auténtico de nuestros dramaturgos, el más hábil en leyendas caseras, el más veraz, el menos presumido. Sabe dialogar como muy pocos. Es barroco como guanajuatense, posee el buen gusto innato de la gente que en el campo creció, y juega, en el virtuosismo atrevido de aquel que empieza a manejar el arte deslumbrado, con una estructura bien difícil y complicada, llena de cosas, noticias y las reparte tan seguro que todas se saben y se quedan memoria.

Caballero lo dijo: pasa al teatro los exvotos, los retablos que él mismo dibuja o conoce desde niño en su tierra. Su teatro es eso: la historia de la vida, de los milagros, de los celos, de las tristezas y los logros entre serenatas, camionetas, tractores y a lejos el lomo brillante del caballo que empieza a irse al cerro en un retorno a la semilla, vacío de jinete, liberado y con los belfos hacia la indomabilidad.

Así pues, la reposición en el Fábregas, de la comedia caballeresca, es un acontecimiento. La gente, esa gente que es en masa el público, concurre. Y el milagro del teatro mexicano visto, oído y aplaudido por los mexicanos, está pasando. Estas son las empresas de las que se enorgullecen los que –como la relatora– vivimos al margen y en la cuenca del teatro de México. Vivimos por y para él. Y por eso, El medio pelo, tanto nos congratula nos hace volar.

De nuevo con Eric del Castillo en el rotundo papel perfecto de su carrera: y en donde está fuerte, alegre, sensible y en una plenitud galana que le mercería el premio de la revelación masculina. Magda Guzmán es la orgullosa celayense que ayer consagrara Carmen Montejo. En la esplendidez de Magda la traiciona no obstante su edad y su tipo de arreglo. Nadie que conozca la provincia puede creer que ella es esa viuda jamona que pretende, y es pretendida. Eduardo Alcaraz comete el pecado de meter morcillas abusando de su comicidad faltándole al respeto a una obra que será maestra para nuestra dramaturgia. Muy bien, perfecto Mario Delmar. Linda, honda Libertad Ongay. Y Rosario Laiz iniciando una buena carrera en vísperas. Víctor Moya, el director, se luce profesional y certero como nunca.