FICHA TÉCNICA



Título obra El caso de la mujer asesinadita

Autoría Miguel Mihura y Álvaro de Laiglesia

Dirección Enrique Rambal

Elenco Lucy Gallardo, Betty Catania, Ada Carrasco, Ramiro Orci, Jorge Lavat, Enrique Rambal, Lucha Altamirano, José Peña

Escenografía José Reyes Meza

Referencia María Luisa Mendoza, “El caso de la mujer no asesinadita”, en El Gallo Ilustrado, no 145, supl. de El Día, 4 abril 1965, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

El caso de la mujer no asesinadita

María Luisa Mendoza

Para consuelo de quienes siempre creyeron que Mihura y De la Iglesia, los autores teatrales que causaron sensación en México –como todo lo de España–, hará unos trece años más o menos, eran los primitos Álvarez Quintero redivivos pero con un sentido del humor sin cascabeles, todavía sigue en pie su obra mancomunada El caso de la mujer asesinadita, la historia de un amor por traspaso.

Allí está, con la incomparable asesinadita vestida y llevada por Lucy Gallardo, que aquí en México, ya se sabe, la estrenó en un teatrito semicírculo que estaba muy orondo frente a Cuauhtémoc hecho estatua.

Otra vez Lucy y la intrascendencia, y el recuerdo de los hermanos Junco y de que dio visos de ser una linda actriz... de una pieza.

Mihura y Álvaro de la Iglesia no han vuelto a tener otro par de ases teatrales como los que les salió de la mollera para esta comedia. Y ni hace falta, porque perderían en la comparación, saldrían por peteneras –barbarizando más lo bárbaro español. Simplemente, ambos, se pusieron a contar que una mujer iba a ser asesinada. Pero lo hicieron, entonces tan bien, que casi innovaron para muchos eso que en cine es tan fácil y se llama disolvencia, y que en el teatro de vanguardia está al pie del cañón a todo momento, funcionando con una luz cenital, con un paso atrás o adelante en un foro por lo general vacío.

Mihura y De la Iglesia, además, usaron de un fino sentido del humor un tanto surrealista, un mucho la técnica de La codorniz, la revista de su mesa si usted vive en España y va al café... o iba. Entonces, en teatro comercial, así llamado porque es como los ultramarinos finos: ricos y variados, caros y deseables, fáciles de adquirir pero difíciles de cocinar, el par de autores dieron al clavo y en honor de ellos dan al género una carta de presentación que, ya se ve, ha durado sus buenos ¿qué? Diez... doce añitos.

De Lucy se puede decir mucho y repetido: que es elegante, linda, gentil, simpática, que se traga las eses cuando finge enojarse en escena, etc. De Enrique Rambal lo de siempre: que es un magnífico actor y director, que sabe lo que muy pocos: ritmo, gracia contemporánea, agilidad y ese dinamismo rápido que a él le sale como si hubiera tenido más contacto con el teatro para minorías. Rambal –el discóbolo perfecto–, ha musicado sobre todo su comedia, y el resultado es una positiva delicia para la familia reunida en una fila de butacas el sábado por la noche.

Vuelve Betty Catania. Una joven con mucho talento y que conocimos en un foro de la capital cinco años atrás formando parte de un grupo de actores argentinos llamado Los veintiuno. Betty es además muy linda y personal, lo malo –en nuestro medio– es que todavía canta como en su país, al hablar, en forma por demás exagerada. Esta chica tiene porvenir y de ella se hablará mucho, de ella misma, no de su asombroso parecido con una Audrey del cine.

Ada Carrasco cumpliendo un deber alegre y feliz. Ramiro Orci. Jorge Lavat. Enrique Rambal, Lucha Altamirano y José Peña Pepet.

Adriana Roel tiene aquí el papel segundo, digamos así, en la importancia femenina, pero posee además escenas enteras sin estar al lado de Lucy o Rambal, que son los meros meros. Entonces, y con ellos, Adriana luce su gran disposición teatral, su dicción, su bonita figura espontánea y fina. A su lado Jorge Lavat realiza otro de sus trabajos tan impecables.

Reyes Meza hizo la escenografía y es ésta una perfecta y sabrosa estancia de cualquier casa digna de que nieve sobre ella y se mate dentro de ella.