FICHA TÉCNICA



Título obra El inspector

Autoría Nikolái V. Gógol

Dirección Ignacio Retes

Elenco Ignacio López Tarso, Luis Jimeno, Daniel Villarán, Tomás Bárcenas, Héctor Ortega, Aarón Hernán, Jorge Mateos, Queta Lavat, Blanca Cabrera, Azucena Rodríguez

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Hidalgo

Referencia María Luisa Mendoza, “Gogol y un acto de fe del Seguro Social”, en El Gallo Ilustrado, no 139, supl. de El Día, 21 febrero 1965, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Gogol y un acto de fe del Seguro Social

María Luisa Mendoza

“Si tu rostro es feo, no eches la culpa al espejo…”
Nikolai Vasilievich Gogol

Gogol es el clásico obligado del teatro ruso, el exponedor de falsedades y putrefacciones. Después de su obra El inspector, la gloria fulminante lo visitó para siempre. Gogol asistió en vida muchas veces a la representación de la joya de la dramaturgia, y junto a él regocijada una Rusia valiente encaraba en el escenario la desvergüenza de los malos gobiernos llevada a su máxima expresión de risa: a la comedia que casi entra en la farsa. Gogol es el padre de la literatura rusa realista y tal vez el más valiente pintor de malas costumbres en el teatro.

Ante su grandeza ahora con El inspector en el teatro Hidalgo. Ante sus palabras: "En El Inspector he amontonado todo lo malo que hay en Rusia... La impresión que produjo como es sabida, fue la del espanto".

Gogol pues, va contando con maestría los manejos sucios de una administración pueblerina y su angustia ante la llegada de un inspector de San Petersburgo que viene a revistar si todo va bien. Entonces el autor descorre el velo y la autopsia empieza. Un estudio satírico terrible del correo, la cárcel, el hospital, la escuela, las plazas y los jardines. Este advenimiento de un ángel a las puertas del paraíso le da a Gogol la oportunidad de vengarse haciendo reír al pueblo a mandíbula batiente. Ahora, el Patronato del Seguro Social, en un acto de hermosa valentía, en una actitud viril de dar un mentís a las malas palabras que a su alrededor crecen y se reproducen, lleva a escena El inspector, y con ello, con este telón levantado a todos los aires, realiza en carne propia la más impresionante y valiente de las operaciones, la de la verdad dando el método para encontrarla: un inspector.

La labor menor del cronista de teatro se queda a un lado ante el acto del Seguro. Durante un sexenio se escenificaron obras teatrales en dos salas, por lo menos, de un lujo inusitado en nuestros foros, con tal majestuosa propiedad y largueza en la reconstrucción de ambientes, que sus producciones fueron las mejores de la capital, y se hicieron famosas. Hoy, un alud de opiniones divide el futuro de los teatros de los asegurados, y con esta duda sobreviene la crítica cobarde a destiempo y cuando el árbol aparentemente está caído: que si los teatros pasan a Educación, que si deben o no seguir abiertos, que si el arte teatral cura o no cura la herida o el espíritu, enseña o ni paliativo es, etcétera. Entonces sube a escena El inspector.

Con su mensaje, con su moraleja, con su enseñanza total. De frente al público la comedia explica, da razones, ejemplariza y hace reír. Pobremente vestida, es verdad, apenas con unos cuantos bastidores como decorado, con la dirección nerviosa y exagerada de Ignacio Retes, con la comedia subrayada hasta la farsa que casi es innecesaria de tan alegre el parlamento, de tan incisivo el diálogo, de tan movida la trama. Sal con sal. Pan con pan. ¿Por qué señalar la broma en trajes, maquillajes, vestuario y escenografía?... Sube fallida en ciertos aspectos, esta comedia que comedia debió quedarse, pero limpia, insólita, bella en el acto de justicia, de fe que representa. Y esto, lo vimos muy pocos y desde esos pocos se agradece.

El inspector llega a una provinciana ciudad rusa. Es borracho, parrandero y jugador, además de enamorado y buen mozo. Aquí Ignacio López Tarso de espléndida buena presencia –él que siempre se ha creído entre los feos pero enojados–, gentil, arrogante, agradable, gracioso, lleno de simpatía, suave de manera, elástica su forma elegante de hacer reír, dúctil, en pocas palabras, a la comedia, él que viene desde el drama terrible y que ha sido acusado de estático en la voz por trascendente. No es de suponerse que alguien pueda restarle méritos, o negar su absoluta presencia en el foro, su único modo de llenarlo con un gesto o la voz inmejorable dulce y de látigo. Si López Tarso se estereotipa en cine, en cambio en teatro es la perfección (por favor olvidemos a Pérez Jolote, no fue toda su culpa).

El inspector: con Luis Jimeno luciendo una madurez que ya lo aposenta en el virtuosismo y lo hace único para el futuro y el presente. Nunca antes Jimeno había brillado tanto. Aquí se ve de plano encandilante siguiendo esa tendencia farsística y sobrante que imprimió Ignacio Retes, pero que en Jimeno es natural y espontánea como en ningún otro del reparto. Porque Daniel Villarán, Tomás Bárcenas, Héctor Ortega, Aarón Hernán, Jorge Mateos y así todos, se deslizan en las aguas de salpicadoras prosopopéyicas actuaciones aunque no por esto dejen de tener momentos esplendidos muy hechos por la dirección, muy trabajados y también acierten en caracterizaciones sobre los demás, Ortega, Mateos y Ruiz.

Y si se le critica Retes el ritmo, más no la dirección atinada; si se le hace notar la preferencia a la comedia con igual labor pero menos tinte estrafalario; también molesta por logica el trabajo de Queta Lavat o el de Blanca Cabrera y en menor escala el de Azucena Rodríguez porque ella supo cuidar su presencia sin desorbitaciones innecesarias.

Julio Prieto realiza escenografía y vestuario ciñéndose a sus medios, y lo hace con la dignidad que en él es característica, el tino certero y la mayor economía de materiales.