FICHA TÉCNICA



Título obra Yerma

Autoría Federico García Lorca

Dirección José Solé

Elenco Ofelia Guilmain, Aurora Cortez, Mónica Serna, Arturo Beltrán, Susana Alexander

Espacios teatrales Teatro Xola

Referencia María Luisa Mendoza, “¿Cuál imagen y cuál semejanza en Lorca?”, en El Gallo Ilustrado, no 137, supl. de El Día, 7 febrero 1965, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

¿Cuál imagen y cuál semejanza con Lorca?

María Luisa Mendoza

Siempre que el aire trae el anuncio perfumado de Federico García Lorca, de su palabras de jazmines, el alma se prepara a la renovación y al retorno, al final y al principio, porque Lorca es precisamente el sortilegio de todos los tiempos conjugados en un verbo, o millones, dos o cinco. Federico, poeta primordial al que le quebraron las alas los de la guerra, hombre al final de cuentas, que para morir pensaba en casarse y en viajar, en alejarse de su España ("Allí fuera podría hacer mi Diego Corrientes y otros poemas intensos que aquí no puedo mirar") ("voy viendo que mi corazón busca un huerto y una fuentecilla como en mis primeros poemas").

Federico es el mismo sortilegio, ese de adolescencia que agarra y ya no suelta jamás, porque su obra literaria, entera, tiene para el que lo ha descubierto alguna vez, la increíble y poco usual magia de ser eternamente nueva, obra nueva por siempre jamás y a la que se vuelve con la misma sed y se aleja con igual saciedad.

Entonces, García Lorca merece, también él, el homenaje de la renovación. Ese advenimiento de las células nuevas a las que en principio se oponen los románticos que creen que nunca se envejece lo que ellos aman, pero que si estuvieran acunados de vez en vez con vitaminas contra la geronticidad su actitud de embeleso no sufriría el menor contratiempo. La renovación es en el teatro considerado clásico, lo que los permisos y amplitudes de la iglesia –digamos para usar un ejemplo exagerado: misas en la tarde, comunión en el crepúsculo, matrimonio nocturnal, etcétera. Si a Sófocles o a Eurípides se les lleva a la aventura de la originalidad sin que por esto sufran abolladuras sus voces preclaras, así también García Lorca merece la agresiva inquietud de ofrecerlo de distinto modo sin deshilar lo compacto de su tela suntuosa.

A Federico, o se le lleva a escena con el respeto y la unción de un devoto intratable en variabilidad, y se le interpreta a la imagen y semejanza de Margarita Xirgu, en 1934, en el Teatro Español, con decorados de Burmann..., o de plano se le da una vuelta y se le falta un poquitillo al respeto quitándole madroños y aumentándole desodorantes –travesura que Federico reiría desde su hermanable, dulce, perdonadora inteligencia granadina.

En el teatro Xola de México no ha ocurrido ninguna de las dos posibilidades. Yerma, el poema trágico en tres actos que va contando el dolor de la infertilidad de una mujer que tiene metido al sol en el vientre, subió a escena con esa medianía insoportable de la tibieza y la falta de pasión.

Yerma exige sobretodo pasión contenida –como en el casi general horizonte de su obra y con pocas deliciosas excepciones. Esta pasión interior, este dolor íntimo que apenas aflora y que a veces se derrumba en la palabra y amenaza con ahogar y que sólo queda luego en el recuerdo, cuando la sequía tan sabiamente dada por Federico se aposenta.

Yerma, bajo la dirección de José Solé, se alargó en una consecuente ausencia de atmósfera poética, en una carestía de vidas interiores. Sus personajes dramáticos se quedaron fuera la noche del estreno, y sólo vimos presencias esbozadas como Ofelia Guilmain insegura, titubeante y entrando al corazón de Yerma en las últimas escenas apenas. A Solé se le escapó la irresponsabilidad de característica, de mujer pagana, de vieja bruja españolísima que debió ser Aurora Cortez y que aquí, arrancada de la campiña mexicana, olvidó o ni siquiera percibió su básico inquietante misterioso atrayente personaje. Solé tampoco miró lo extraño que resulta en escena una Mónica Serna y un Arturo Beltrán bailando el drama en frivolidad, en esa mezcla de africanas apariencias, máscaras simbólicas de un mal autor, listones y cuanto hay. Baile que se desprende definitivamente de cualquier pieza lorquiana, y cuyo contenido es una "coincidencia" en solución de aquella que dio el joven Juan Ibáñez en Divinas Palabras de Del Valle Inclán, pero sin sus aciertos. Solé permitió que Susana Alexander se desbocara, no tuviera nada qué ver con la loca de Lorca, que echara a perder la escena de las lavanderas, tan básica, tan debidamente poética, y que en el perfil de España intentara hacer reír con la mueca de los bufones franceses. Susana Alexander estuvo continuamente cometiendo disparates que Solé no quiso corregirle.

A una dirección muy desafortunada y que resulta insólita precisamente por esto, proviniendo de Solé, habrá que añadir la escenografía de pobres recursos económicos y no obstante cumplidora. Y la música, esta sí impropia en varios pasajes y que merecía un buen estudio de especialista.